Religión entre semana

El verdadero varón: firmeza y ternura unidas

Una exhortación a un carácter cristiano que combine virtudes pasivas y activas, integridad, veracidad y generosidad, siguiendo el modelo de Cristo.

La vida cristiana es más que un sentimiento tierno. El carácter cristiano es más que mansedumbre, paciencia, humildad, amabilidad. Hay hombres que poseen estas cualidades y carecen de los rasgos más robustos de la virilidad. Son débiles, enervados, sin carácter. Carecen de valor, de fuerza, de energía y de esa cualidad indefinible llamada entereza. Su mansedumbre es la mansedumbre de la debilidad. No son hombres varoniles. Sus virtudes son de tipo pasivo, y carecen de aquellos rasgos activos y positivos que dan a los hombres poder y los hacen fuertes para mantenerse firmes e irresistibles cuando se mueven. Tales personas no tienen fuerza de convicción. Sostienen sus opiniones con ligereza y su asimiento a ellas se afloja con facilidad.

Son notables por su paciencia y mansedumbre, ilustrando así una fase del verdadero carácter cristiano, pero solo sirven en la sociedad como amortiguadores morales, para amortiguar la fuerza del choque producido por las pasiones de otros hombres. No generan movimiento, no encienden entusiasmo, no inspiran valor, no avanzan contra las huestes del mal del mundo. Son hombres buenos. Tienen la paciencia de Job, la mansedumbre de Moisés, la amabilidad de Juan, pero les falta la audacia de Pedro, el entusiasmo de Pablo y el heroísmo moral de Lutero, añadidos a sus virtudes pasivas para hacerlos hombres verdaderamente fuertes.

Hay otra clase de defectos que a veces se hallan en hombres de espíritu muy amable. Poseen muchas de las cualidades de disposición que más se encomian en las Escrituras. No se irritan con facilidad. Pronuncian la respuesta suave que aplaca la ira. Soportan bien las asperezas de la vida. Son amables con todos y están llenos de bondad, y sin embargo carecen de la cualidad de la veracidad perfecta. No son falsos ni deshonestos en las cosas grandes, pero en innumerables asuntos menores se caracterizan por un descuido de aquella exactitud en la verdad que la religión de Cristo exige. No son cuidadosos en cumplir sus compromisos. Prometen con facilidad cualquier favor que se les pida, no tienen el valor de decir "¡No!" a una petición, pero con frecuencia dejan de cumplir lo que tan fácilmente prometen. Son personas impuntuales, que llegan tarde a las reuniones, que hacen esperar a otros en las citas, y que a menudo dejan de presentarse del todo aun después del compromiso más positivo de asistir. Podemos perdonar con facilidad la crueldad de aquel editor jocoso que escribió hace poco un "In memoriam" lacrimoso de uno de estos impuntuales, hablando de él como del "difunto señor Fulano".

Estas personas impuntuales con frecuencia son descuidadas también en el pago de las pequeñas deudas. Con caridad, creo que "descuidadas" es la palabra adecuada, pues no intentan defraudar a nadie, sino que se han permitido caer en un hábito flojo de hacer negocios. Hacen pequeñas compras o piden prestadas pequeñas sumas de dinero a sus amigos, prometiendo con toda fidelidad pagar o devolver el monto en uno o dos días, pero descuidando hacerlo, hasta que poco a poco el asunto se desvanece del todo de su memoria. También piden libros prestados si acaso tienen inclinación literaria, y otros artículos de diversa clase, comprometiéndose a devolverlos en muy poco tiempo; y más de un lugar vacío en una biblioteca y más de un artículo desaparecido en un hogar proclaman, o muchas malas memorias o una penosa falta de conciencia en los prestatarios.

Hay todavía otra clase de manchas para las que no puedo hallar designación más suave que la palabra mezquindades. Ningunas otras faltas restan más a la nobleza de la virilidad, y sin embargo debe confesarse con vergüenza que pocas son más comunes. Un hombre parece poseer un carácter excelente visto desde cierta distancia. Tiene muchos elementos de poder, rasgos de utilidad, quizá aun de grandeza; pero al acercarse a él en relaciones personales íntimas, se descubren evidencias de bajeza que antes no se sospechaban.

Como amigo, es insincero. A través de toda la apariencia de buena profesión, asoman las marcas del egoísmo y del interés propio. Usa a sus amigos para promover sus propios intereses personales, y no le importa que ellos sufran pérdida, con tal de que él mismo salga beneficiado. No es leal a quienes profesa devoción inquebrantable, sino que habla con libertad en voz baja a otros de las faltas de ellos, divulgando muchos asuntos que le fueron confiados o que él conoció en la santidad de la amistad cercana. Si desea que se haga algo que entrañe riesgo para su reputación, pone a otra persona adelante para hacer el trabajo desagradable, para soportar el oprobio o recibir las burlas y el reproche, mientras él se escabulle tranquilamente para recoger la ventaja.

En los negocios es tacaño y duro. Nunca paga una deuda con gusto, sin protesta ni discusión. Trata a cada acreedor como si fuera un enemigo o un conspirador, y como si sus cuentas fueran fraudulentas o injustas. Aprovecha toda ventaja en un trato. Regatea hasta el último centavo cuando él ha de pagar, y hasta el más alto cuando él es quien vende. Cuenta las fracciones de centavo a su favor. A sus empleados les paga el mínimo de salario, mientras que les extorsiona el máximo de trabajo. Es suspicaz de la honradez de todos, citando a menudo el viejo aforismo de la bajeza: "Mientras no sepas que un hombre es honrado, trátalo como un pícaro."

Su bajeza asoma también en muchas cosas muy pequeñas. Acepta cumplidos, cenas y otros favores y atenciones, pero nunca los devuelve. Pide prestado el periódico del vecino para ahorrarse el gasto de comprarse uno. Pero a nadie es tan mezquino como al Señor y a su iglesia. Cuando se pasa la bandeja de la ofrenda, escoge la moneda más pequeña de su bolsillo para dar. Cuando se piden suscripciones, anota la menor cantidad que se acepte, y luego, si es posible, al final evade el pago del todo. Es un hombre de alma mezquina, agarrado, de espíritu estrecho. Vive solo para el YO, y aun su egoísmo se sobrepasa a sí mismo, pues a los ojos de toda la humanidad nada hay más despreciable que la bajeza, y nada produce rendimientos más pobres y más mendigos.

Todas estas son cualidades poco varoniles. No responde al caso decir que son faltas menores, que no debemos ser hipercríticos, que debemos tener aquella caridad generosa que cubre aun multitud de manchas. Cuando están en juego el bien y el mal, no hay cosas pequeñas. Una estrella parece un mero punto a nuestra pobre visión, pero ante el ojo de Dios es un vasto sol ardiente. Los males que tenemos por tan minúsculos son infinitos a la vista del cielo. Solo hay un modelo según el cual debemos formar nuestras vidas, y en él no hay ninguna falta. La Palabra de Dios, en sus requerimientos divinos, no hace provisión para manchas, aun cuando sean las más pequeñas.

Luego, un poco de reflexión mostrará a cualquiera que aun las más triviales de estas cosas no solo afean la hermosura del carácter ante los demás, sino que también destruyen la influencia de la persona en la comunidad. Un hombre que llega a ser conocido como infiel a sus promesas y citas, o como descuidado en cumplir sus obligaciones, en pagar sus deudas y en devolver lo que ha pedido prestado, pronto se gana una reputación muy poco envidiable. Tal hombre no tiene poder para el bien. Puede predicar el evangelio o exhortar en las reuniones o enseñar en la escuela dominical, pero sus palabras no aprovechan nada, porque su carácter está carcomido y ha perdido la confianza y el respeto de sus vecinos. Toda su bondad y buena intención no valen nada, mientras aun en los asuntos más pequeños se le sabe falaz y deshonesto, que evade el pago de sus deudas o aun que es descuidado con sus promesas y compromisos.

¿Quién no ha visto la utilidad de muchos hombres por lo demás excelentes, del todo destruida por una negligente falta de atención a sus obligaciones y compromisos? ¿Quién tiene verdadero respeto por un hombre tan bajo? La bajeza frustra su propio objeto y gana desprecio. Aun como cuestión de política mundana es una imprudencia fatal. Nada gana el aprecio de otros como la generosidad. Y en cuanto al carácter varonil, es una mancha muy despreciable. El mundo olvidará y perdonará casi cualquier cosa antes que la bajeza. Una sola exhibición de tal espíritu en un cristiano hace daño incalculable a su influencia, y la bajeza habitual, en poco tiempo, malgasta del todo su poder de utilidad. ¿Cuánto tiempo puede una persona furtiva, evasiva, chismosa tener verdaderos amigos o conservar el respeto de quienes la conocen?

Podemos llamar a estas manchas triviales, y puede parecer duro que, siendo un hombre bueno en lo fundamental de su carácter, deba sufrir por tales faltas menores, mera negligencia de hábito quizá, o meros accidentes de educación; pero el hecho nos mira de frente y debe aceptarse como inexorable. Aun la ética del mundo condena estas cosas como poco varoniles, y el carácter que se permite empañar por ellas debe pagar la pena en influencia menguada o del todo destruida para el bien.

Vale la pena estudiar de cerca el carácter de la verdadera virilidad, tal como tenemos su tipo y modelo en la vida de nuestro Señor. Pronto aprendemos que, si bien en él el amor floreció en todo lo rico y bello de la ternura y la suavidad humanas, no lo dejó débil y sin fuerzas. Nunca ningún otro hombre fue tan lleno de compasión, tan piadoso con los que se habían descarriado, tan paciente para soportar el mal, ni tan perdonador con sus enemigos. Pero se busca en vano en toda su vida el más leve rastro de debilidad moral. Para él, el pecado en cualquier forma era inefablemente aborrecible. La verdad brillaba en cada rasgo de su alma.

Fue la encarnación del valor. Todas las virtudes activas, lo mismo que las pasivas, se exhibieron en él. No fue solo un paciente sufriente; puso en marcha en el mundo las fuerzas más poderosas de la divinidad, fuerzas cuyo impulso irresistible ha penetrado toda la vida del mundo y que aun a la distancia de diecinueve siglos no han perdido nada de su energía o vitalidad. No fue un hombre débil, arrastrado por las fuertes corrientes de las pasiones del mundo a un destino inevitable. Así aparece a veces a la observación superficial, pero así no fue. Cada paso fue voluntario. Fue la marcha sublime de un rey. Tenía todo el poder y estuvo siempre activo, nunca pasivo aun en lo que parecen las horas más desvalidas de su vida. Él dio su vida; tenía poder para darla. Aun al morir estuvo activo, dando voluntariamente su vida.

No podemos estudiar lo bastante esta fase a veces descuidada de la vida de Cristo: la fuerza y el carácter positivo de su persona. Paciente para sufrir, había sin embargo poder bastante en su palabra más suave para hacerla una influencia viva durante incontables siglos. Sus momentos más pasivos estuvieron marcados por exhibiciones de omnipotencia. Sometiéndose a la banda que venía a prenderlo, extendió no obstante la mano para obrar un milagro de sanidad. En su cruz, abrió las puertas del cielo a un alma penitente.

Y fue en todo sentido el más varonil de los hombres, de corazón grande, de espíritu noble, generoso hasta el último extremo del sacrificio. Ningún ojo microscópico puede hallar en toda su vida un rastro de egoísmo ni una muestra de bajeza.

Tal es el Modelo, y un hombre cristiano debe ser fuerte así como tierno. Las virtudes activas deben cultivarse lo mismo que las pasivas. La mansedumbre no debe ser debilidad. La palabra suave no debe ser el tímido balbuceo de la debilidad moral. Como el poderoso motor que puede pulir una aguja o cortar una barra de hierro, un hombre cristiano debe tener un toque tan suave como el de un infante, y sin embargo poseer el valor de un héroe para herir el mal y hacer la obra del Señor. Con la caridad que todo lo soporta y todo lo soporta, debe tener la fuerza de carácter que hará de su influencia un poder positivo y poderoso para el bien. La verdad debe estar labrada en la misma veta y fibra de su virilidad. Su palabra debe ser tan pura como el oro. Sus promesas más ligeras deben guardarse con tanta sacralidad como sus compromisos más solemnes.

Debe ser un hombre de corazón grande y generoso, desinteresado, de espíritu noble, por encima de toda sospecha de bajeza. Debe ser escrupulosamente exacto en todos sus tratos, devolviendo con prontitud lo que ha pedido prestado, pagando sus deudas el mismo día en que vencen, sin procurar jamás evadirlas, sin olvidarlas jamás, ni aplazar el pago hasta el último momento. No debe ser un hombre duro, exigente, opresivo, dominante, despótico. En una palabra, debe combinar una integridad inquebrantable, una puntualidad y prontitud invariables y una veracidad concienzuda, con generosidad y liberalidad.

Tal hombre llegará a ser un poder admirable en la comunidad en que vive. La gente creerá en su religión porque la vive. Nadie se burlará cuando exhorte a otros a ser honrados, rectos y veraces, puntuales y solícitos, y fieles con la más escrupulosa meticulosidad a sus compromisos. Su vida es un cristal sin defecto. Es un hombre varonil. Aun los enemigos de la religión lo respetan. Sus palabras más sencillas tienen peso. Toda su influencia es a favor de la verdad y la nobleza. Su vida diaria es un sermón. Dios es honrado, y el mundo es bendecido por su vida.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Manly Men

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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