Vosotros, los que habéis participado de la comunión, habéis huido de nuevo hoy en busca de refugio a la «Roca de los siglos». Habéis entrado por un breve tiempo en esta Arca de las Ordenanzas, alejándoos del trabajo y del deber, de recorrer los campos necesarios de la ocupación cotidiana, ¿diremos acaso para bañar de nuevo vuestro plumaje revuelto y manchado en la Fuente de la salvación? Más bien, habéis deseado, en uno de los sacramentos por Él establecidos, mantener una comunión más cercana, más entrañable y más confidencial con Cristo, comprendiendo con mayor devoción que en Él tenéis vuestro mejor, vuestro más seguro y vuestro más dichoso hogar. Lejos de las turbaciones y las ansiedades de la tierra, de sus pecados y de sus pesares, en esta gloriosa hendidura de la Roca habéis estado plegando vuestras alas cansadas. Una comunión terrenal es el anticipo y el presagio de un refugio más seguro y más duradero; la prenda de un día de reposo más feliz y más bienaventurado, cuando os hundiréis para siempre en las hendiduras de la verdadera Roca.
Es una característica propia de la paloma que, por muy lejos que vuele, aunque se halle a cientos de millas de distancia, regresará con certero instinto, con seguridad y sin error, a su morada. Así sucede con «la paloma de Cristo». Todo verdadero creyente, nacido de Dios, nacido de lo alto y para lo alto, atravesando toda nube y toda tempestad, alcanzará al fin el verdadero hogar celestial. «El espíritu volverá al Dios que lo dio».
(5.) La nube de palomas que vuelan hacia sus ventanas nos recuerda a los jóvenes comulgantes.
En la Septuaginta, las palabras de este versículo son notables: «¿Quiénes son estos que vuelan como palomas con sus crías?» Las palomas vuelan a su palomar, pero no solas: llevan consigo a sus polluelos.
No es lo menos hermoso de un domingo de comunión el espectáculo de las palomas jóvenes: aquellos que acaban de alzar el vuelo desde sus posaderos de los albores, los posaderos de la mañana de la vida, y se encaminan, radiantes y sin mancha, ¡hacia la Roca! Si los comulgantes ancianos pueden compararse a las palomas cuyas alas, dice el Salmista, están cubiertas de «oro amarillo» (doradas por la edad), ¿no podemos comparar a los jóvenes comulgantes con aquellas alas que, en el mismo versículo, se describen cubiertas de plata; plateadas por el brillo blanco de la piedad temprana y de la consagración juvenil?
«¿Quiénes son estos que vuelan como palomas con sus crías?»
Si un padre o una madre experimentan alguna vez en su vida un gozo sagrado y santificado, es sin duda en la hora en que ven a sus pequeños junto a ellos, en la mesa sacramental. Huyendo juntos; ala tocando ala; acercándose juntos a la misma Arca; juntos en las hendiduras de la misma Roca eterna. Sí, para los padres sentir, cuando en el curso de la naturaleza se ven obligados, con alas ya ancianas e inválidas, a caer del vuelo; o más bien, cuando llegan a entrar finalmente por las ventanas de aquel Palomar del cual no hay retorno, que dejarán tras de sí a quienes proseguirán su camino, año tras año, hacia «el Arca del testimonio».
¡Oh, mis queridos jóvenes amigos, vosotros que sois hoy las palomas jóvenes en este glorioso vuelo, sed fieles y leales a vuestro Dios! Conservad vuestro plumaje sin mancha. Que ninguna pluma se ensucie con el pecado. Muchas alas entre nosotros habrían sido más veloces, más ligeras, más sublimes, si no hubieran sido quebradas o lastimadas por alguna caída anterior.
La nube de palomas de la que habla este versículo se iba acercando cada vez más a sus ventanas. Que así sea con vosotros en un sentido espiritual más noble; y que las palabras conocidas sean a la vez vuestra oración y vuestra experiencia:
«¡Mi canto siempre ha de ser:
Más cerca, oh Dios, de ti,
Más cerca de ti!»
(6.) Otro pensamiento más nos lo sugiere el recuerdo de una gran clase de personas que siempre se hallan en el sacramento de la comunión: me refiero a los afligidos.
Esta imagen de palomas que vuelan hacia sus ventanas nos habla de tormenta. Se las vio volar, arrastradas como una nube tempestuosa. La paloma vuela a su palomar o a las hendiduras de la roca cuando se avecina la tormenta; quizá, de no ser por la tempestad, se habría quedado en campo abierto y se habría enredado en el lazo o la trampa de los que hablaba el Sabio. ¡Pero la nube negra está en los cielos! Se oye el trueno, gime la tempestad, descienden los torrentes de lluvia. Sobre las alas de la tempestad, la tímida criatura dirige su vuelo hacia el escondite protector.
¡Afligidos y acongojados! y en especial cuantos, como comulgantes, participasteis de los sagrados emblemas con pesadumbre de espíritu, llorando la pérdida y la ausencia de «aquellos que ya no están», ¿no podría ser esta vuestra experiencia santificada de los tratos divinos? ¿Acaso aquella tormenta desoladora, que derribó vuestros amados palomares y refugios terrenales, no os ha conducido a volar con mayor rapidez, constancia y perseverancia hacia el único Refugio que jamás podrá ser asaltado por los huracanes de la dura adversidad, ni por las tempestades más oscuras y lúgubres del duelo y de la muerte? Sí, paloma que lloras, tú que hoy notas con fidelidad los huecos en medio de la bandada de alas vivas que te rodean, ya sea la paloma de plumaje de plata que echa de menos a la de plumaje dorado de la ancianidad, o las de plumaje dorado de la ancianidad que echan de menos a sus jóvenes, ¡alégrate si esa «tempestad y viento borrascoso» te ha acercado más a Jesús, te ha arrojado de lo perecedero a lo Imperecedero, y ha templado tus labios y tu corazón para el canto de un Ministro inspirado:
«Me agito, contiendo, jadeo por ser libre,
me siento cautivo lejos de ti:
Peregrino y extraño el desierto recorro,
y miro al cielo y anhelo mi hogar.
Ah, allí la fiera tempestad ha de cesar,
ninguna ola turbará aquel refugio de paz;
la tentación y la aflicción igual habrán de partir,
toda lágrima de los ojos y todo pecado del corazón.»
Es por medio de la aflicción como Dios ha preparado siempre a sus palomas para el vuelo y para el cielo. Sin aflicción, podrían haber sido para siempre criaturas rastreras. Es con la espina en el nido como Él las impulsa al vuelo. De otro modo se habrían contentado con una porción más pobre. Es uno de los más bellos mitos o leyendas de la antigua Asiria que, al morir su gran reina Semíramis, fundadora de su imperio, fue transformada en una paloma. ¡Cuántas veces la muerte, la muerte de amigos amados, obra una transformación semejante en las almas en duelo, infundiéndoles el espíritu de la paloma y el remontarse hacia lo alto!
Conceda Dios que muchos de nosotros, jóvenes y ancianos, hayamos visto respondida hoy la oración anhelante: «¡Oh, si yo tuviera alas como de paloma, volaría y descansaría!» (Sal. 55:6). Desde nuestro presente tema de meditación, con sus imágenes y sugerencias de refugio y reposo; desde los emblemas y las prendas del amor redentor en la mesa sacramental; desde todo lo que allí vieron nuestros ojos del Verbo de vida; de Aquel que ha templado nuestros corazones, inspirado nuestros pensamientos y dado sentido a nuestros votos; desde sus labios moribundos en la cruz y desde sus labios glorificados en el trono, oímos su bendita y palomera palabra de bálsamo, que se desliza en el aliento del atardecer como un campaneo del Santuario celestial: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: A FLIGHT OF DOVES — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.