Pero el espíritu del hombre es demasiado fuerte para su cuerpo. Ahora, y bajo estas condiciones de pecado y maldición que hemos heredado, nuestros pensamientos, deseos y a veces nuestras necesidades son mayores que nuestros poderes. Saltamos, y saltamos, y saltamos tras las uvas del bien, pero cuelgan demasiado alto para nosotros, y nuestro único consuelo es persuadirnos de que están agrias. Nos esforzamos, y nos esforzamos, y nos esforzamos bajo nuestra carga, pero con gusto nos tenderíamos a su lado. Trabajamos, trabajamos, trabajamos en nuestro problema, hasta que el cerebro arde, late, se marea, y el ojo se niega a ver. Esto es la debilidad.
Pero no hay debilidad en el Cielo. Completamente emancipados del pecado por la purificación de la muerte, no tendremos más que deseos, propósitos y ambiciones rectos, y nuestros poderes serán iguales a todos ellos. No habrá afanes tras un bien ilusorio; no habrá esfuerzo agotador por alcanzar nuestro fin. Pensaremos en los días en que solíamos decir, con qué amargura de tono, amargura destilada de lo más hondo del corazón: «¡Ojalá pudiera hacerlo! ¡Oh, cómo quisiera poder hacerlo!»
Pero no lo diremos nunca más. Lo recordaremos como el maestro de alguna ciencia recuerda sus días de escolar, cuando los rudimentos de ella eran para él tareas casi imposibles.
Que habrá ocupación en el Cielo, no puede dudarse. ¡Será un trabajo espléndido, glorioso! Pero nada que nos haga encogernos ante él, como ahora; ni mirarlo atrás con un suspiro o una maldición, como algo que nos ha agotado el placer y las fuerzas. No habrá allí contrapartida del jornalero que mira con ansiedad qué tan bajo está el sol en su sendero, anhelando el regreso de la noche; ni del estudiante que sujeta su cabeza con la mano, porque la verdad misma, en el proceso de su obtención, es un tormento y un dolor; ni del grande y amable sacrificado que se entrega a sí mismo, que vuelve a casa de sus labores cristianas y dice: «He hecho tanto, pero he tenido que dejar tanto sin hacer.» Esa tarea incompleta diluye terriblemente el gozo de lo realizado.
En el Cielo nuestro trabajo nunca nos cansará. Nuestra tarea no entrañará dolor. Nuestra adoración nunca nos agotará; nuestro servicio nos dejará tan aptos como antes para seguir sirviendo. Sin duda cesaremos y cambiaremos. Nuestra vida tendrá su infinita variedad. Pero el cambio será tanto más deleitoso por no ser necesario como una especie de descanso. Será sencillamente la gratificación del gusto y la inclinación, que entonces serán sinónimos del deber y de lo recto. Ni habrá nada demasiado grande o demasiado alto para nosotros. Habrá aún gradación de poder, de función y de rango, y muchos que ahora son últimos, entonces serán primeros.
Pero cada uno de nosotros conocerá su lugar y lo conservará. Sus pensamientos de deseo estarán del todo contenidos dentro de su órbita de poder, y la llenará con tanta facilidad como los mundos siguen sus giros. Sin duda todo esto está incluido en aquella idea de «un cuerpo perfecto», igual a todas las necesidades del alma que lo habita y gobierna. Todo esto lo recogemos verdaderamente de la verdad: «¡No hay noche en el Cielo!»
¡Pero hay más! Hace un momento he hablado de la noche y el sueño como el descanso del ímpetu de la vida. No habrá necesidad de eso en el Cielo. Su vida estará perfectamente equilibrada y ajustada; será recta y verdadera. Un rasgo incesante de nuestra vida presente, una de sus grandes leyes, cuya acción me atrevo a decir que todos hemos sentido, es que, a medida que perseveramos en la práctica o el estudio de algo, nos interesamos más en ello, nos entusiasmamos más, somos más capaces respecto a él. Es una ley hermosa y buena; pero, como toda otra ley, por nuestro pecado obra dañinamente. Pues actúa en nosotros con independencia de nuestros fines y propósitos. Rige para el mal lo mismo que para el bien.
Aun para fines buenos, la noche es una provisión sabia y misericordiosa para nuestras imperfecciones. Dios viene y nos dice cada noche: «Detente un poco y empieza de nuevo; mira tu obra; no la hagas a ciegas; infúndele nueva vida y nuevo principio; hazla a partir de algo mejor que la fuerza del hábito; ensancha tu propósito; amplía tu alcance; te doy cada día un nuevo centro desde el cual trabajar, o más bien, poder para elegir tu centro y así mejorar tu círculo si lo necesitas.»
Fuente y atribución
Autor original: George Conder
Título original: No Night in Heaven — parte 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de George Conder, publicado originalmente en Grace Gems.