Más especialmente, cuando somos visitados por la enfermedad y amenazados con una pronta terminación de la vida, el poder del Salvador sobre las llaves de la muerte debe reprimir o mitigar esas violentas ansiedades acerca de la probabilidad de muerte o de recuperación, y esas inquietantes especulaciones sobre el resultado de la enfermedad y el modo de su tratamiento, en las que somos propensos a dejarnos llevar hasta el punto de dejar la mente inhabilitada para los ejercicios serios de la religión, propios de un tiempo de aflicción personal. ¿Quién no ha sentido, en las horas de debilidad y enfermedad, que esos pensamientos dolorosos y desconcertantes eran aún más atormentadores para su mente que la presión de la enfermedad misma, y que desviaban su atención, en gran medida, de la provechosa contemplación de las cosas divinas?
Ahora bien, además de que son perjudiciales, pues tienden a desviar la mente de lo cierto hacia lo que necesariamente debe ser incierto hasta que el evento lo revele, e inútiles, pues son incapaces de determinar o alterar el resultado futuro, es nuestro privilegio, como cristianos, saber que tales ansiedades son del todo infundadas. Pues la enfermedad no puede matar, ni la medicina curar, sin el designio de Aquel que tiene en sus propias manos las llaves de la vida y de la muerte. Y si él ha fijado el resultado de esta enfermedad, ¿por qué debemos angustiarnos?
Si la muerte está en nuestra copa, ¡esa copa ha sido puesta en nuestras manos en el tiempo fijado por sabiduría infalible y amor infinito! Y si la puerta de la muerte se abre para nuestra partida, es porque el tierno Salvador, a quien amamos y en quien confiamos, nos está llamando para estar con él para siempre.
¿Nos rebelaremos, entonces, contra su designio? ¿Dudaremos del amor y la sabiduría de su determinación? O, tan ignorantes como somos de lo que nos espera en este mundo y de lo que realmente concierne a nuestro mayor bien, ¿podemos albergar el deseo de que el poder de determinar el tiempo de nuestra muerte sea arrancado de sus manos y puesto en las nuestras?
Es cierto que podemos tener muchos lazos que nos atan a este mundo. Podemos ser jóvenes y, con la esperanza optimista de la juventud, aferrarnos a la vida. Podemos ser prósperos y estar rodeados de muchas comodidades. Podemos tener una familia joven y encantadora, a la cual no queremos dejar atrás a las frías caridades del mundo. Podemos tener muchos dependientes de nuestra industria o generosidad, quienes lamentarán amargamente nuestra pérdida. Pero ¿imaginamos que esas consideraciones no son conocidas por el Redentor, o que él no las ha pesado todas? Y si, no obstante, es su voluntad llamarnos al hogar, ¿no estamos dispuestos a rendir nuestro juicio falible a su infalible sabiduría?
La misma consideración debe impedir o reprimir la ansiedad que con frecuencia se siente respecto al modo y las circunstancias de nuestra muerte, no menos que respecto al tiempo de su ocurrencia. Una mente pensativa es propensa a sentirse oprimida por presagios melancólicos acerca de la situación en que la muerte pueda alcanzarla, y a meditar sobre las mil posibilidades que la imaginación pueda conjurar en la oscuridad del futuro, ¡hasta quedar abrumada por ansiedades de su propia creación!
Fuente y atribución
Autor original: James Buchanan
Título original: The Key of Death — parte 7
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Buchanan, publicado originalmente en Grace Gems.