Atardeceres sobre los montes hebreos

Esteban: orar por sus verdugos y morir en paz

En su muerte, Esteban imita a Cristo: ora por sí mismo, intercede por sus asesinos y se duerme sereno contemplando al Hijo del hombre que lo recibe.

1º, Oración por SÍ MISMO. Él levanta los ojos hacia aquel mismo Hijo del hombre, todo glorioso; pero, sabiendo que la Deidad infinita está unida a la humanidad, invoca su apoyo, no como hombre, sino como Dios. Mientras lo apedreaban, Esteban oró: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Semejante a Cristo en su serenidad y mansedumbre, se asemeja a Él también en esta oración final. Fue casi una repetición de las últimas palabras del Salvador mismo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Como ya hemos señalado, es posible que Esteban hubiera sido espectador de aquella escena espantosa en el Calvario. Puede que haya estado entre el grupo del que leemos que estaba «cerca de la cruz de Jesús»; y la oración de su amado Señor puede haber moldeado la suya propia en una hora semejante.

2º, Su otra oración fue también semejante a la de Cristo, más notable aún que la anterior. Habiendo implorado la misericordia del Salvador para sí mismo, procede a implorarla también POR SUS ASESINOS, y otra vez, (como si bebiera su inspiración de los recuerdos del Calvario,) «se arrodilló y clamó a gran voz», y al menos en el espíritu de las palabras de su Señor por los que lo crucificaban: «Señor, no les imputes este pecado».

¡Oh, aquí hay más que naturaleza! Que se acerquen a este lecho de muerte espantoso los que desprecian la palabra GRACIA, los que la tratan como un invento y una ilusión, y que digan: «¿No hay algo más que humano en la caridad divina y perdonadora de este héroe torturado de la verdad?» Sabemos lo que la naturaleza habría hecho en tales circunstancias. Conocemos su mirada de desafiante furia, el ceño de la venganza maliciosa. Sabemos cuál sería su maldición sobre aquella multitud perversa. Cómo sería su último grito: «¡Que mi cuerpo destrozado no sea arrojado sin venganza a su tumba; que ningún asesino vaya aquí a su sepulcro en paz!»

¡Cuán diferente! Sus últimos momentos de conciencia los pasa orando por aquellos asesinos culpables. No es de extrañar que se diga: «Él, lleno del Espíritu Santo». Era el Espíritu de Dios, el bendito Espíritu de paz, el que, como una paloma, revoloteaba en torno a él en esos momentos de agonía. Pocos años después, las legiones romanas, bajo el victorioso Tito, se habrían de formar en el mismo lugar donde Esteban yacía entonces; y estas puertas y murallas, templo y torre, habrían de caer bajo el asalto terrible. La conquista de Jerusalén fue, incluso para un romano, un logro del que enorgullecerse. Pero una victoria más noble, aunque de otra clase, estaba siendo alcanzada por aquel solo héroe cristiano, cuando, sangrando y destrozado, se levanta de rodillas y ora por sus asesinos; pues «el que domina su espíritu es mayor que el que toma una ciudad» (Prov. 16:32).

Y observen, en el carácter de Esteban, una noble combinación de cualidades. En verdad, como se ha señalado acertadamente, no hay nada más impresionante que la manera viril e inflexible con que denuncia el pecado de sus perseguidores, y la manera amorosa y tierna con que ora por ellos mismos. No olvidemos jamás esta distinción refinada y hermosa. Sean tan audaces como quieran en la denuncia de toda iniquidad; resistan de frente siempre que haya conducta que deba reprobarse; pero traten con ternura y espíritu perdonador a las personas y al carácter de los ofensores. Ninguna filosofía pagana inculcó jamás una máxima como esta: «Amad a vuestros enemigos». No hay testimonio más brillante de la realidad de la religión que cuando esa máxima se pone por obra.

Podemos estar seguros de que, en el caso de Esteban, aquel extraño proceder, semejante al de Dios, no se perdería sobre los espectadores, ni siquiera sobre sus propios asesinos. Sabemos, al menos, que allí había uno, espectador pasivo, pero no indiferente, de la escena, de quien quizá dice con verdad Agustín: «La Iglesia debe a Pablo la oración de Esteban». Aquella maravillosa oración moribunda por el perdón no pudo entrar en vano en el oído del joven de Tarso; aquel rostro angélico que vio en Esteban, unido a esos últimos débiles acentos de perdón cristiano, puede haber flotado ante él cuando la voz de «aquel mismo Jesús» alcanzó su propia alma: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Pudo haber contribuido mucho a mover la respuesta: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?».

Una vez más, observemos la PARTIDA SERENA de Esteban.

«Se durmió». El sueño es una imagen y un tipo hermoso de la muerte; pero, ¿no parece extraño usar la figura con referencia a una muerte como esta? Podemos comprender su belleza cuando el lecho de muerte está rodeado de corazones que laten con tierno afecto, ojos amables que miran al alma que lucha, manos amables que alisan la almohada; pero es difícil pensar o hablar de la muerte como «un sueño» en medio de una horda de asesinos. Sin embargo, ¡el sagrado historiador, con sencillez y conmovedoramente, describe así la escena final de Esteban!

¿Cuál fue el secreto de aquel reposo tan apacible, de un despedirse tan suave del espíritu, en medio de circunstancias tan espantosas?

Fue la visión de Cristo. Esto le había permitido triunfar sobre todo lo que externamente era repulsivo; aquella visión en el salón del Sanedrín serenó y suavizó aquella almohada de muerte tan espantosa. Así como hemos visto un glorioso Alpe, con su diadema de nieve virgen bañada en los matices del sol poniente de púrpura, mientras su base se ceñía de nubes de tormenta y quedaba marcada por el paso de la reciente avalancha, así también, aunque las tempestades rugen en torno a su cuerpo que perece, el gran Sol de Justicia brilla sobre el alma que parte y la dora de un esplendor inmortal. «¡HE AQUÍ!», exclama, (como si la visión fuera algo tan abrumador que, aunque se hallaba solo, sin nadie que compartiera sus emociones de arrobamiento, no podía resistir proclamarla aun a la multitud indiferente de perseguidores,) «¡He aquí, veo al Hijo del hombre EN PIE! Está esperando, con los brazos extendidos, para recibirme y darme la bienvenida, a mí, su pobre siervo. ¿Puedo acaso temer a la muerte bajo cualquier forma, si ella es el portal que me une a este Señor siempre vivo y siempre amante?»

Y ¿no es este el secreto del sostén en diez mil lechos de muerte aún hoy? Es, en verdad, delicioso pensar, como en la parábola del rico y Lázaro, en escuadrones de ángeles que revolotean en torno a la almohada del santo moribundo, esperando llevar su espíritu al seno de Abraham. Pero más consolador aún es pensar en Aquel que tiene en su cinto «las llaves de la muerte y del Hades», el Hijo del hombre en el trono; pensar en Él que se inclina desde las alturas del cielo y pronuncia la oración: «Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria».

Alégrese cualquiera que esté lamentando la pérdida de amigos cristianos fallecidos; ellos están «con Cristo», lo cual es «mucho mejor». Su ausencia puede ser una privación dolorosa para la Iglesia en la tierra; pueden dejar un vacío triste en el hogar; los devotos (como en el caso de Esteban) pueden hacer gran y amargo lamento por ellos; pero ellos «se han dormido en Jesús»; no: a la hora de la muerte, Cristo se inclinó desde su trono para recibir sus espíritus. La suya fue una entrada inmediata. ¡La puerta de la muerte y la puerta del cielo fueron una sola!

Solo son dignos de compasión y de luto los que, mientras viven, viven una vida de muerte; y los que, al llegar a morir, (¡oh, triste contraste con la partida del primer mártir!), no pueden tener visión celestial; ningún «Hijo del hombre» en pie para recibirlos; ningún ángel que espere para conducirlos a la gloria y entonar el réquiem: «¡Así da a sus amados el SUEÑO!»

Lector, quienquiera que seas, si aún estás sin estas esperanzas «llenas de inmortalidad», ¡Cristo se inclina ahora desde su trono hacia ti! Está de pie, con sus brazos extendidos de reconciliación y de amor, llamándote a que te «reconcilies con Dios». ¡Oh, no pospongas hasta la hora de la muerte el responder a sus ofertas de misericordia! Ten por seguro que todos los lechos de muerte son iguales en esto: ya sean lechos de plumas o yacentas de paja, ya bajo el techo de paja o bajo techos dorados, no pueden dar alivio alguno a la cabeza que duele, si hasta entonces se ha aplazado la gran cuestión de la salvación. Sea tuyo vivir la vida del justo, si quieres morir su muerte. Que la existencia sea una sola misión sagrada de «agradar a Dios», y entonces la tuya será una «PUESTA DE SOL» apacible. El último enemigo no puede presentarse ni demasiado súbita ni inesperadamente. Ya se te asigne una temporada de enfermedad prolongada y consumidora, ya «en un momento», con la rapidez del relámpago, llegue el llamamiento, en cualquiera de los dos casos podrás, con fe humilde y confianza, apropiarte aquella bienaventuranza trazada por el dedo de Dios el Espíritu, una bendición mejor que todos los epitafios esculpidos por invención humana: «¡Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor!»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: STEPHEN — Parte 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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