Bondades póstumas
No guardes las cajas de alabastro de tu afecto selladas y apartadas — hasta que tus amigos hayan muerto. Llena sus días de ternura. Pronuncia tus palabras de elogio mientras sus oídos aún puedan escucharlas. Las cosas que piensas decir cuando ya no estén — dìlas antes de que se vayan. Las flores que piensas enviar para sus ataúdes — envíalas con anticipación, para alegrar y perfumar sus hogares antes de que salgan de ellos.
He dicho a menudo — y sé que hablo por miles de otros cansados y tenaces trabajadores — que si mis amigos tienen guardadas vasijas llenas de los perfumes de la simpatía y el afecto, que piensan quebrar sobre mi cuerpo muerto — preferiría con mucho que las sacaran a lo largo de mis días de fatiga y las abrieran, cuando puedo disfrutarlas y ser reanimado por ellas.
Las bondades póstumas no reconfortan al espíritu agobiado. Las lágrimas que caen sobre la frente helada de la muerte hacen un pobre y demasiado tardío desagravio por la frialdad, la negligencia y el cruel egoísmo de los largos y penosos años de la vida. El aprecio, cuando el corazón ha sido silenciado por la muerte, no trae ningún aliento para el espíritu. La justicia llega demasiado tarde cuando se pronuncia únicamente en la elegía funeral. Las flores apiladas sobre el ataúd no proyectan fragancia hacia atrás, sobre los días cansados.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Post-mortem kindnesses
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.