Los senderos de la vida

Grande ante los ojos de Dios

La verdadera grandeza no se mide por el aplauso humano sino por lo que Dios ve en el alma; el ejemplo de Juan el Bautista nos enseña a ser fieles, valientes y olvidados de sí mismos, y a descubrir todo lo que podemos llegar a ser en Cristo.

Pocos hombres han recibido un honor más alto que el que Cristo concedió a Juan el Bautista en su estimación. "Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista", fueron las enérgicas palabras que brotaron de los labios del Maestro. Fue algo muy grande que nuestro Señor pronunciara semejante alabanza. Él conocía lo que hay en los hombres, y nunca pronunció una palabra insincera.

Las estimaciones humanas de la grandeza son a menudo defectuosas, y a veces falsas. Los hombres solo ven la apariencia exterior. Muchas personas no son tan grandes como parecen. Practican artimañas que engañan al mundo. Pasan por grandes, cuando en realidad son muy pequeños en su carácter. Quítenles su vistoso oropel, y poco quedaría.

Hay, sin embargo, otras personas más grandes de lo que parecen. Carecen de las cualidades populares que atraen la atención y ganan el aplauso. Pero son grandes en su alma, grandes en las cualidades espirituales, en el poder del corazón, en los elementos de la verdadera hombría, en la fortaleza moral. Hay, no obstante, un Ojo que lo ve todo tal como es. Penetra todos los delgados disfraces, llega hasta el meollo de las cosas, y discierne el alma marchita y pobre que se oculta bajo el brillo externo. Por otro lado, ve en la vida humilde —que apenas recibe elogio de los hombres, cuya apariencia exterior es tosca y sencilla— el verdadero valor, las cualidades y el carácter que llevan las marcas de la divinidad.

Es bueno que a veces nos detengamos a pensar cómo aparecemos ante Dios, qué piensa Dios de nosotros. Uno dice: "Hay algo en el corazón de cada hombre que, si lo conociéramos, nos haría odiarlo". Tal vez esto sea cierto; pero también es cierto que hay algo en cada hombre cristiano, aun en el más repulsivo, que, si lo conociéramos, nos haría amarlo.

Tal como Dios nos ve, somos a la vez peores y mejores de lo que parecemos a cualquier otro par de ojos en todo el mundo. Él ve las faltas ocultas y las manchas secretas; ve también los anhelos débiles que al final serán cualidades espirituales espléndidas.

El cuadro del artista nace en su mente. Al principio es solo una visión, pero andando el tiempo se yergue sobre el lienzo, y miles lo admiran. En todo corazón verdadero hay nobles sueños de un carácter hermoso, solo sueños por ahora, visiones tenues, aspiraciones y anhelos sombríos. Todos ellos, al fin, se harán realidad y se alzarán sobre el lienzo de la vida como logros. Me gusta pensar en este lado de la vida de mis semejantes: no en los pobres y manchados fragmentos de ser que mis ojos ahora ven, sino en lo que serán cuando la obra de la gracia de Dios en ellos se haya consumado. Todos somos más grandes en las posibilidades de nuestra vida de lo que soñamos.

¿Cuáles fueron algunos de los elementos en Juan que llevaron a Jesús a pronunciar esta maravillosa alabanza de él? Conviene que lo sepamos, pues de un carácter tan altamente encomiado por Cristo, bien podemos tomarlo como modelo para nuestra imitación.

Juan fue grande en su nacimiento. Una gloria singular pendía sobre su cuna. Un ángel se apareció al buen sacerdote mientras ministraba en el altar, anunciándole que un niño nacería en su hogar, al que debía llamar Juan, y que traería a su padre gozo y alegría. "Él será grande delante del Señor", dijo el ángel. Pocos hombres han sido tan honrados antes de su nacimiento con el anuncio anticipado de su grandeza por medio de un ángel.

Juan fue grande también en su lugar entre los profetas. Él fue el precursor inmediato de Cristo. Hubo una larga sucesión de hombres santos antes de Juan, todos los cuales anunciaron al Mesías. Abraham vio su día, pero entonces distaba dos mil años. Moisés anunció la venida de Cristo, como aquel Profeta más grande, semejante a él, que el Señor enviaría. David cantó la gloria de su Hijo más grande, que se sentaría sobre su trono para siempre. Isaías pronunció profecías sublimes del Mesías que habría de venir a traer liberación; cuyo nombre sería Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz; que llevaría los pecados de su pueblo y cargaría con sus dolores, y por cuyas heridas serían sanados. Zacarías anunció el lugar del nacimiento del Mesías: la pequeña aldea de Belén, que desde entonces sería engrandecida en la tierra por este acontecimiento maravilloso. Malaquías, el último de la línea de profetas antes de Juan, habló del Señor que vendría de repente a su templo, y se sentaría como refinador y purificador de plata.

Todos estos fueron grandes hombres, altamente honrados en la línea de los heraldos y profetas del Mesías. Pero Juan fue más grande que cualquiera de ellos, porque fue el precursor inmediato de Cristo. Fue su privilegio ir al desierto y llamar al pueblo a prepararse para la aparición del Mesías, que ya entonces estaba entre ellos, aunque sin ser reconocido, y que estaba a punto de darse a conocer. Fue su privilegio ir poco delante de la aparición del Mesías y preparar el camino a sus pies. Fue su privilegio, un día maravilloso junto al Jordán, bautizar a un joven sobre quien el Espíritu Santo descendió entonces en forma corporal, como una paloma, sobre quien los cielos se abrieron, revelando un destello de gloria, y de quien una voz divina declaró: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Fue privilegio de Juan presentar al Mesías al pueblo como el Cordero de Dios, y testificar a todos los hombres acerca de su gloria y grandeza. Así, Juan ocupó el lugar más alto en la gloriosa línea de profetas. Él fue la estrella de la mañana que anunciaba el sol.

Juan fue grande también como predicador. Su formación fue singular. No asistió a las escuelas como los demás maestros. Se fue al desierto. Vivió como ermitaño. Vestía un manto de pelo de camello. Nunca se cortó el cabello ni la barba, pues era nazareo. Comía langostas y miel silvestre. Así vivió en el desierto, apartado de los hombres. Dios fue su único maestro. En su corazón ardían las grandes verdades de la enseñanza divina. Por fin salió de su retiro y comenzó a predicar. Durante cuatrocientos años, desde los días de Malaquías, no se había oído voz de profeta que hablara a los hombres de parte de Dios.

El pueblo fue entonces despertado de su sueño espiritual por los acentos insólitos que llegaban a sus oídos. ¡Ningún hombre había hablado jamás como hablaba este hombre extraño venido del desierto! Les habló de sus pecados. Dijo que el Mesías venía, y que él había sido enviado a preparar el camino delante de Él. Los llamó al arrepentimiento, a apartar el mal de sus vidas, a volver sus corazones a Dios para obtener perdón, a fin de que estuvieran listos para recibir a su Rey que venía.

La obra pública de Juan fue breve. El tiempo se contó en meses, pero en ese breve lapso comprimió una intensidad de vida y de palabra que cambió la historia moral del mundo. La vida no se mide por el número de sus años, sino por lo que uno pone en ellos. Un día de intensa vida, lleno del Espíritu Santo, abrasado de amor, vale más que todo un año de esa vida tibia, indolente y floja que demasiados de nosotros damos al mundo. Un joven puede morir a los treinta y tres años, como Juan, como también Jesús, y, con todo, dejar en la vida del mundo impresiones que den mayor sentido a toda la historia humana de los años venideros.

Juan fue grande también como hombre. Fue grande de corazón. Su fuerza varonil le hacía alzarse majestuoso por encima de los hombres de su tiempo. Para ser un gran predicador, hay que ser primero un gran hombre: grande en todos los elementos que pertenecen a la verdadera hombría. Las palabras poco valen si no hay un alma noble detrás de ellas. Es el carácter el que da fuerza a lo que un hombre dice. Es el carácter el que impresiona al mundo. Es lo que un hombre es lo que se exhala en ese misterioso impartir de vida que llamamos "influencia". El carácter de Juan fue grande.

Juan fue grande en valentía. Se alzó ante las multitudes, en las que estaban los más religiosos, los más instruidos y los más poderosos, y les habló de sus pecados. Y no lo hizo en frases delicadas y recatadas, sino en el lenguaje más crudo y llano. Poco después, cuando Herodes hubo cometido una grave ofensa contra la pureza y contra la santidad del matrimonio y del hogar, fue Juan quien lo enfrentó con la denuncia de su pecado. Juan sabía bien lo que estaba haciendo. Conocía el mal corazón de Herodes y la perversa furia de la mujer que era cómplice en el pecado de Herodes. Pero no vaciló en su fidelidad como predicador de la verdad. Le costó muy caro. Fue arrojado a un calabozo en la "Fortaleza Negra", donde yació entre sombras y cadenas. Andando el tiempo, le quitaron la vida para satisfacer la venganza de la mujer cuyo deshonor él había condenado con tanta fidelidad.

Todo esto fue el costo y la consecuencia de su fidelidad. Pero jamás se arrepintió de haber sido intrépido y verdadero. Nunca lamentó haber alzado su voz por la justicia. Es por tales fidelidades como la causa de la verdad avanza en el mundo. No importa cuánto cuesten, que vidas nobles perezcan al ser fieles: el resultado vale el precio pagado. Pareció, en verdad, un precio terrible que pagar: el apagar de esta gran luz, el brutal degüello de este hombre noble, el cortar de esta vida útil en su misma plenitud, el fin prematuro de esta carrera digna, en sangre; todo como consecuencia de una sola palabra fiel pronunciada contra el pecado; pronunciada en vano, además, al parecer, pues el reproche, al parecer, no hizo ningún bien.

"¡Qué desperdicio!", solemos decir. No, no fue un desperdicio. Herodes y Herodías siguieron viviendo en su relación pecaminosa como si Juan no hubiera hablado. Pero el testimonio de Juan hizo un poco más pura la atmósfera moral del mundo. El derramamiento de la sangre de Juan en el calabozo enriqueció la tierra. El fiel testimonio de Juan no se perdió, sino que se hizo parte de la gran fuerza espiritual del mundo. La vida de Juan no se desperdició, aunque terminara de modo tan trágico; su espíritu vive en la vida del mundo, su alma sigue marchando.

Otra cosa hermosa en el carácter de Juan fue su absoluto olvido de sí mismo. En la cumbre de su popularidad, la gente comenzó a pensar que él era el Mesías. Acudían a él preguntándole si era el Mesías. Un hombre débil y sin escrúpulos habría aceptado el homenaje. Pero Juan al instante lo rechazó. "¡Oh, no!", dijo, "yo no soy el Cristo. Soy solo una voz que clama en el desierto: 'Enderezad el camino del Señor'". Así se ocultó de la vista y puso el honor sobre el Mesías que había de venir.

Durante todo su ministerio fue lo mismo. Cuando Jesús vino y comenzó a predicar, las multitudes se apartaron de Juan y acudieron a oír al campesino galileo, cuyas palabras llenas de gracia eran música para sus oídos. ¿Le fue fácil a Juan soportar este menguar de su propio poder y popularidad ante el atractivo más seductor del nuevo predicador? Fue muy duro, pero el noble espíritu de Juan resistió la prueba. Cuando sus discípulos le dijeron: "Maestro, aquel a quien tú das testimonio está predicando, y todo el mundo va tras Él", su respuesta fue la más hermosa: "Vosotros mismos recordáis que dije: 'Yo no soy el Cristo, sino solo uno enviado delante de Él. Yo soy el amigo del novio. Mi gozo se cumple al verlo a Él honrado. Él debe crecer, y yo debo menguar'".

Es difícil, cuando uno ha sido el primero, pasar a un segundo lugar. Es difícil, cuando uno ha sido por un tiempo el centro de atracción en cualquier círculo, y otro llega y ocupa el lugar preferido, que el primero ceda con gracia y mantenga la dulzura. Es difícil, cuando uno ha liderado por un tiempo en alguna obra importante, descender a la oscuridad y, sin embargo, seguir trabajando allí con la misma fidelidad y el mismo ahínco que antes, mientras otro ocupa el antiguo puesto. Pocas pruebas del carácter son más grandes que esta. El hombre que solo hará su obra cuando está en una posición prominente, y que se ofusca si se le pide trabajar en un lugar oscuro, carece de un elemento de la más fina hombría.

Se ha dicho que el instrumento más difícil de tocar en toda la orquesta es el segundo violín. Pero alguien tiene que tocarlo, y ha de ser un buen ejecutante. Los lugares más difíciles de cubrir en todas las relaciones de la vida son los segundos; y, sin embargo, deben cubrirse, y cubrirse bien, con quienes sepan hacer una obra hermosa. Bienaventurados quienes cumplirán su deber, y lo harán bien y dulcemente, dondequiera que sean designados a estar. Trabajamos para el ojo de Dios, y los obreros más piadosos, tal como Él los ve, son los que cumplen su parte con la mayor conciencia y el mayor deleite, aun sin elogio ni reconocimiento. Jesús dijo que quienes sirven mejor son los más grandes en su reino.

Habiendo hablado con alabanza tan generosa de Juan, Jesús añadió: "Sin embargo, el que es el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él". Evidentemente, no quería decir que en todos los elementos de la grandeza, el cristiano más débil sea superior al Bautista. Hablaba de las dos dispensaciones. Juan fue el más grande en la antigua. Pero Cristo, con su vida, sus enseñanzas, su muerte y su resurrección, elevó a la humanidad a una altura más alta que la que jamás había ocupado. Reveló el amor de Dios, la paternidad de Dios y el privilegio de la filiación divina para toda alma arrepentida. El más pequeño en el reino de los cielos es partícipe de toda la bienaventuranza celestial. No nos damos cuenta de la exaltación que la gracia de Cristo otorga a un cristiano. Maravillosas son las posibilidades de la vida en Cristo. Si solo entendiéramos cuán grandes podemos llegar a ser, encendería nuestras almas de celo y fervor, y nos impulsaría a los vuelos más sublimes y elevados.

Un escritor reciente expone verdades solemnes en forma de sueño. Soñó que había muerto, y un espíritu guía lo condujo hacia el tribunal de Dios. Vio ante sí lo que parecía la figura de un hombre, dotado de maravillosa belleza, gracia y fuerza. En cada rasgo estaban trazados la nobleza y el valor. Su guía le preguntó quién creía que era. "Jesús", respondió, casi vencido por el asombro. "No", dijo el guía; "no Jesús, sino tú mismo". "¡Yo mismo!", replicó, pensando que su guía solo bromeaba. "Sí", dijo el guía, "tú mismo, lo que habrías podido ser si siempre hubieras obedecido la Palabra de Dios".

Entonces vio desplegado ante sí un panorama de su vida, que le mostraba cada punto en que había elegido el camino equivocado. Vio lo que había perdido y cómo lo había perdido. Allí estaba lo que habría podido ser.

A la noche siguiente volvió a soñar. De nuevo fue conducido a la presencia divina, y apareció una figura; mas, ¡oh, cuán diferente de la que había visto la noche anterior! Todo lo malo parecía vivir en sus rasgos. Odió y aborreció a aquel miserable como a su enemigo. "¿Quién es?", preguntó el guía. "Satán", respondió. "Satán, el padre de la mentira, el príncipe de todo mal". "No", exclamó el guía, "¡eres tú mismo!". Él se indignó. "Sí; eres tú mismo, lo que serás, aquello hacia lo cual te encaminas". De nuevo toda su vida pasó ante él, y vio el fin, la culminación, la madurez de todas las elecciones egoístas y erróneas que había hecho, de todos los malos sentimientos, apetitos y pasiones que había abrigado. Fue una visión de lo que al final llega a ser una vida pecaminosa.

Ante cada vida humana están estas dos mismas posibilidades, tan apartadas entre sí como el cielo y el infierno. En Cristo podemos crecer hasta toda fortaleza, nobleza y belleza. Si vivimos apartados de Cristo, al final nos veremos horrendos en toda la espantosa cosecha y fruto del pecado. O seremos santos, llevando la imagen de Cristo, con toda la nobleza de la verdadera hombría y toda la hermosura de la santidad; o demonios, llevando el despliegue de toda vileza, maldición e impiedad.

Contempla esa figura de amorosa radiantez que se alza ante ti cuando piensas en Jesús. Toda nobleza está en sus rasgos. Todas las cualidades varoniles brillan en su carácter. No hay mancha, no hay tacha. ¡Cuán rica, cuán hermosa, cuán radiante es la vida! ¿Quién es? Eres tú mismo: lo que puedes llegar a ser en Jesucristo.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Great in God's Sight

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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