Muchas de las mejores cosas de la vida se encuentran en los senderos. Los cartógrafos nos muestran las grandes arterias, pero no prestan atención a los caminos rurales ni a las veredas que atraviesan los prados, los bosques y los jardines, y que trepan por las laderas de las montañas. Sin embargo, muchas de las cosas más hermosas de la naturaleza se encuentran a lo largo de estos senderos. Gran parte de la belleza del mundo se oculta en rincones apartados, adonde rara vez llegan los pies humanos. Algunas de las flores más dulces de la tierra crecen en peñascos escarpados, o en las hendiduras de rocas frías y grises, donde apenas se esperaría hallar rastro alguno de vida. La naturaleza no se atavía de hermosura simplemente para ser vista por los hombres; pues en lo profundo de los grandes bosques y en los valles inaccesibles entre altas montañas, donde ningún ojo humano las ha contemplado jamás, las flores son tan ricas en su belleza como en los jardines por donde multitudes pasan y admiran sin cesar.
También hay senderos en la vida. Hay unas cuantas personas distinguidas a quienes todos procuran conocer y cuyas alabanzas son llevadas por cada brisa. Pero, entretanto, en la lista de los desconocidos para la fama se hallan incontables vidas tan nobles, valientes, santas, desinteresadas y útiles como muchas de las que reciben la aprobación del mundo. El verdadero valor de la vida de los hombres y de las mujeres no se mide por la magnitud de su fama terrenal. La popularidad misma es muchas veces tan solo el capricho de un día, destinado a ser reemplazado mañana por el olvido y el abandono, ¡y quizá por la execración!
Hay un cuadro de Tintoretto que muestra a Jesús en su cruz. Luego, cuando el observador mira con atención, ve al fondo un asno que se alimenta de hojas marchitas de palma, las palmas que habían sido agitadas el Domingo de Ramos. Este rasgo del cuadro pretende evocar el clamor de la entrada triunfal, en contraste con la exigencia del pueblo, cinco días después, ¡de la crucifixión de Jesús!
La fama es a menudo solo el brillo de una hora. Y aun cuando nace del amor y es el mérito justo de un verdadero valor, no lleva en sí ningún menoscabo de otras vidas que no reciben alabanza humana. Muchos de los no alabados gozan de tanta estima ante Dios como aquellos a quienes los hombres aplauden. Muchos de los héroes anónimos de la tierra son héroes más grandes a los ojos de Dios que aquellos a quienes se les erigen monumentos en las plazas públicas y cuyas hazañas se conmemoran en discursos y cantos. Muchos de los santos sin nombre del mundo tienen mayor honor en el cielo que aquellos cuya devoción, servicio y sacrificio se encierran en la memoria inmortal de la iglesia.
Si pudiera verse toda la vida de un día cualquiera, parecería que en los senderos apacibles, en los hogares humildes y entre los pobres hay miles de hijos de Dios que viven con nobleza, hermosura y abnegación, haciendo barrios enteros más puros y más dulces, sin escuchar ni una sola palabra de alabanza humana. Permanecen cerca del corazón de Cristo. Cada mañana salen de su presencia, con sus vestidos mismo desprendiendo aroma de mirra, áloes y casia, de los palacios de marfil. Recorren sus humildes quehaceres cotidianos en el espíritu del amor. Derraman bendiciones en los caminos comunes por dondequiera que se mueven, haciendo el mundo un poco más dulce, más feliz y más santo por su permanencia en él. ¡No sabemos cuánta de la sanidad del mundo reside en sus santos anónimos!
Hay senderos de utilidad. En cada comunidad hay unas cuantas personas que se distinguen por sus grandes obras de caridad, por sus valiosos servicios o por su disposición personal a ayudar. Son como la sombra de una gran peña en tierra cansada para los atribulados y afligidos que acuden a ellos. Son consoladores en cada hogar de dolor. Su influencia es una bendición sobre todo un vecindario. Tienen parte en toda buena obra.
Pero hay muchos otros que, en silencio y sin reconocimiento, derraman bendiciones apenas menos ricas y provechosas. El círculo en que se mueven es más estrecho; las cosas que hacen parecen más pequeñas; sin embargo, ministran continuamente en el nombre de Cristo, y no buscan ser ministrados. Brillan como luces calladas que iluminan un pequeño espacio a su alrededor.
Algunas de las cosas más divinas que se hacen en esta tierra las hacen los pobres para otros que son pobres. Hacen sacrificios y gastan sus fuerzas prestando ayuda personal en tiempos de angustia. El otro día, en la casa de una mujer enferma, se encontró a otra que había caminado tres millas, llevando a un niño en brazos y con otro tirando de sus faldas, con el propósito de poner en orden la casa de su vecina, preparar algo de comida y hacer cuanto pudiera para el consuelo de la enferma. Los ricos dan su dinero, ¡pero los pobres se dan a sí mismos! Nada hay más santo que tal ministerio, y, sin embargo, no recibe alabanza terrenal.
Mary Lyon solía decir a sus alumnas el día de su graduación: «Mis queridas muchachas, cuando elijan sus campos de labor, vayan adonde nadie más esté dispuesto a ir». Siempre hay abundancia de obreros para los lugares destacados. No hay dificultad para hallar pastores para las grandes iglesias de la ciudad, que pagan grandes salarios. Después de haber pasado por la experiencia de considerar las pretensiones y cualificaciones de los candidatos a uno de estos lugares conspicuos y atractivos, jamás se pensaría que los obreros son pocos. Parece haber muchísimas personas que procuran conseguir su campo de labor ¡allí donde todos los demás quisieran ir!
Pero, entretanto, ¿qué hay de los senderos del servicio y la utilidad? Siempre hay espacio suficiente aquí para todos los que se consagren a tal obra para el Maestro, y hay también aquí un campo para la mayor medida de utilidad. No hay multitud en la puerta, presionando solicitudes, urgando dones brillantes y trayendo pilas de recomendaciones y elogios, compitiendo por el privilegio de hacer la obra del Maestro en estos lugares oscuros y sin salario. No son muchos los que de veras procuran ir adonde nadie más está dispuesto a ir. Aquí, en efecto, se comprueba que aún cabe hacer el lamento del Maestro: «La mies es mucha, pero los obreros pocos».
Sin embargo, en todo el mundo no hay campos más ricos para el servicio de Cristo que los que se hallan en estos senderos. ¡Nadie puede actuar con más sabiduría que elegir un lugar y una obra que ningún otro desea tomar! Hace años vivía y trabajaba en Italia un gran artista en mosaicos. Con pedazos de vidrio y de piedra podía producir las obras de arte más impactantes, obras que alcanzaban un gran precio. En su taller había un muchacho cuyo oficio era mantener el lugar en orden. Un día se acercó a su maestro y le pidió que le dieran para sí los pedazos de vidrio roto que se arrojaban al suelo. El pedido del muchacho fue concedido. «Los pedazos no sirven para nada», dijo el maestro; «haz con ellos lo que quieras». Día tras día se veía al niño examinar las piezas, desechar unas y apartar otras con cuidado.
Un día el maestro se topó con una hermosa obra de arte en un cuarto desusado. El pobre muchacho, con alma de artista, había usado los fragmentos rechazados y, con paciencia y amor, los había convertido en ¡una verdadera obra maestra! Así pueden hacer quienes eligen servir en los senderos de la vida, haciendo las cosas de amor que ningún otro se anima a hacer. Estos son los ministerios más semejantes a Cristo. Cuando el Maestro venga, se verá que los que han obrado en estos caminos humildes se han preparado para sí mismos un registro de bendición cuya gloria será eterna.
Hay otra clase de servicio cristiano que puede llamarse ministerio al borde del camino. Gran parte de la mejor obra de la vida es de este orden. No planificamos hacerla. Salimos a hacer otras cosas, y, de camino, esta se nos pone a la mano, la hacemos, y resulta llena de ayuda y de bendición.
Muchas de las acciones más hermosas de amor en la vida de Jesús fueron ministerios al borde del camino. Un día iba con un padre atribulado a sanar a su hijita moribunda. Al pasar entre la multitud hubo un toque tímido en el borde de su manto. Había en el toque un clamor del corazón, la súplica de una pobre mujer que pedía sanidad. Al instante Jesús se detuvo, sin importarle la mirada suplicante de los ojos del padre angustiado, y con paciencia y dulzura ministró a la necesidad de la sufriente que se había arrimado tímidamente detrás de Él. La sanidad de esta mujer que tocó el borde de su manto es uno de los más interesantes de todos los milagros de Jesús; y, sin embargo, fue un pedazo de ministerio al borde del camino, que entró, por así decirlo, por accidente, sin propósito, en su vida, ¡y se realizó mientras Él se apresuraba a otra diligencia!
La conversación con Nicodemo parece haber sido también un pedazo de ministerio al borde del camino. No parece haber sido planeada como parte del trabajo del día. Podemos suponer que una tarde el Maestro llegó a la casa de un amigo, cansado de las fatigas y los conflictos del día. Se preparaba para una velada tranquila y descansada, cuando se anunció un visitante. Nicodemo, el gobernante, entró y deseó conversar un rato con el «Rabí». Entonces siguió aquella maravillosa conversación que ha probado ser tal bendición todos estos años, y que no fue sino un fragmento de charla espontánea al borde del camino.
Otra vez el Maestro estaba muy cansado tras un largo viaje bajo el calor, y se sentó en el brocal de un viejo pozo para descansar, mientras sus discípulos iban a un pueblo cercano a comprar comida, pues tenía hambre además de cansancio. Apenas se había acomodado para un momento de descanso tranquilo, cuando llegó una mujer al pozo a sacar agua. Su gran necesidad apeló a su pronta simpatía, y Él se dispuso a ayudarla. La conversación que tuvo lugar, una de las verdaderas joyas del evangelio, fue también una hora de charla al borde del camino.
Estos incidentes ilustran y confirman la afirmación de que gran parte del servicio más valioso en la vida de Jesús fue ministerio al borde del camino. Mientras iba y venía en sus diligencias propuestas, estas oportunidades de ayuda irrumpían continuamente en Él; y jamás rechazó a ninguna. No hubo un solo día, por lleno que estuviera, que no estuviera atestado de bondades comunes para con los que encontraba en el camino, pedazos de hermosa obra al borde del camino. A veces obraba milagros, a veces predicaba, pero siempre, dondequiera que iba, servía de mil maneras tiernas.
Hay una leyenda que dice que cuando Jesús resucitó de su sepulcro y salió del huerto de José, lirios blancos florecieron en sus pisadas, de modo que por dondequiera que iba brotaban flor y hermosura. La leyenda ilustra apenas lo que fue verdad de Él todos sus días en la tierra. Las bendiciones seguían sus pisadas. Los enfermos eran sanados, los desanimados eran animados, los afligidos eran consolados, y los cansados recibían inspiración y fortaleza de sus palabras.
En nuestra menor medida, debido a la pequeñez de nuestras vidas, todos nosotros podemos realizar continuamente un ministerio al borde del camino mientras vamos en nuestras diligencias propuestas para Dios. Tenemos nuestras tareas asignadas para el día, y estas bastan para llenar nuestras manos. Pero esto no tiene que convertirnos en máquinas. Tenemos corazones humanos, y, aunque estemos ocupados, sin perder un momento, nuestra simpatía y nuestro amor pueden fluir hacia todos los que encontramos o tocamos. Podemos ser amables con nuestros semejantes que trabajan a nuestro lado. Podemos ser atentos en el hablar. Nuestro rostro gozoso puede llevar en sí una bendición para todo el que pase. Nuestro mero apretón de manos y nuestro alegre «¡Buenos días!» pueden estar llenos del amor sincero de Dios, y enviar a quienes saludamos a un día más luminoso, más valiente y más feliz.
Tales bondades al borde del camino jamás nos estorbarán en la tarea del día. Jesús mandó a sus discípulos que no saludaran a nadie en el camino cuando salieran en sus diligencias. Ello era porque en tierras orientales se tardaba mucho en hacer semejante saludo, y el tiempo empleado de manera tan insensata se desperdiciaba, cuando vidas humanas aguardaban la llegada del mensajero y la palabra de misericordia que llevaba. Pero nosotros podemos derramar nuestras bendiciones de amor mientras recorremos los senderos de la vida, sin perder tiempo ni entretenernos en el camino. ¡Ni siquiera necesitamos aflojar el paso ni perder un momento!
Además, aun si a veces los servicios de amor irrumpen en nuestros días atareados y nos estorban en cierta medida, ¿no podría ser que estos sean fragmentos de la voluntad de Dios, pedazos de la obra de Dios, enviados para que nosotros los hagamos, aun al precio de interrumpir nuestros propios planes y de romper nuestro propio programa? Esta es la única manera en que el Maestro puede lograr que algunos de nosotros hagamos alguna obra suya, pues nuestros corazones y nuestras manos están tan llenos de nuestras propias cosas que no tenemos tiempo para tareas para Él. Nunca hemos de temer que nuestras manos estén menos llenas al final porque de cuando en cuando hayamos aflojado un poco el paso para hacer algún pequeño servicio al borde del camino por Cristo.
Hay la historia de uno que era el corredor principal de una carrera. Pero a la larga se detuvo a levantar a un niño caído y a ponerlo a salvo, perdiendo así parte de su ventaja. Más adelante, un compañero desmayado apeló a su simpatía, y él se apartó para ayudarle a levantarse. De nuevo detuvo un poco sus pasos para guiar a una mujer débil a lugar seguro. Siempre que el deber lo llamaba o el dolor apelaba, dejaba su camino escogido para dar ayuda o consuelo. Así se quedó atrás, y otro ganó el premio que podría haber sido suyo. Quedó al final inadvertido, sin corona, con las manos vacías. Pero ¿quién dirá que a los ojos de Dios no fue el verdadero ganador de la carrera? Había perdido el premio, pero había iluminado todo el camino con tiernos ministerios de amor.
Mucho de lo que a los hombres les parecen fracasos probará, en la gran manifestación, haber sido los mayores éxitos divinos. Ser verdadero y esforzarse de verdad es tener éxito, aunque nada parezca resultar de ello.
Puede ser que quienes viven una vida de amor en este mundo, mientras también cumplen bien su parte en los quehaceres de los días que pasan, a veces parezcan perdedores. No han progresado tanto en el mundo como sus competidores. ¡Sin embargo, su pérdida es la ganancia más verdadera! No vale la pena vivir en absoluto si se deja fuera el amor. El sacerdote y el levita se ahorraron algo de demora, algo de molestia y algo de coste al pasar de largo cuando vieron al herido junto al camino; pero ¿quién dirá que el buen samaritano no sacó más provecho de su oportunidad aquel día que ellos? El sacerdote y el levita descuidaron la obra al borde del camino en favor de la humanidad que se les ofrecía, ahorrándose molestia, pero perdiendo la recompensa de la fidelidad y la bondad. El buen samaritano se detuvo en su viaje para hacer el servicio del amor, lo hizo bien, se sacrificó personalmente para hacerlo; pero jamás se arrepintió de ello, ni fue más pobre por lo que le costó.
Los senderos y las orillas del camino de la vida están llenos de oportunidades para el servicio noble. ¡Sabio es quien no teme dejar el sendero trillado y la tarea propuesta para hacer la obra de Dios allí donde ella espera!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Life's Byways and Waysides
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.