HERMOSA CON SANDALIAS
HERMOSA CON SANDALIAS
"¡Cuán hermosos son tus pies con sandalias, oh hija de príncipe!" —Cantares 7:1
Soy muy consciente del tratamiento puramente secular que el Cantar de los Cantares de Salomón ha recibido de parte de no pocos eruditos en estos días modernos.
No me disuadirán, sin embargo, ninguna escuela ni doctrina teológica, de utilizar un precioso Libro del Canon sagrado para la más alta instrucción espiritual. Y esto, además, sin apelar a ninguna "teoría de acomodación" que lo desvíe de un pobre sentido terreno para injertar pensamientos y lecciones piadosos que nunca tuvo el propósito de ofrecer ni sugerir. Concedamos que tenga una base histórica; concedamos que su propósito primario y original fue servir como "Canto nupcial", o que su estructura literaria asuma la forma de una epopeya romántica; con todo, esto no es sino el engaste de una Joya más preciosa. Posee un valor intrínseco más verdadero que el de ser meramente un producto y ejemplar escogido de la poesía pastoral hebrea. Sus capítulos han sido, para decenas de miles de los más santos y mejores de Dios, desde Orígenes, Jerónimo y Teodoreto entre los Padres, hasta nuestro propio Samuel Rutherford, como "manzanas de oro en cuadros de plata". Uno de ellos lo ha llamado "el Lugar Santísimo del santuario de la Biblia". En ningún momento parecen más convenientes y apropiados los temas de la Gran Alegoría que cuando forman parte del culto de un sábado de Comunión.
En un pasaje notable inmediatamente anterior a nuestro texto, Cristo es figuradamente considerado como descendiendo al "huerto de nueces" (la Iglesia en la tierra) para tener comunión con sus miembros; ellos transportando sus carros de fe y amor hasta las puertas del cielo para acelerar su llegada: "antes de que yo me diera cuenta, mi alma me transportó (margen) en los carros de un pueblo dispuesto" (6:12).
El gran Redentor, el Esposo celestial, aparece ahora bajo el emblema principal del Libro, contemplando las bellezas y excelencias de su desposada. "Vuélvete, vuélvete, oh sulamita; vuélvete, vuélvete, para que te contemplemos". Asombrada ante su condescendencia, ella responde: "¿Qué veréis en la sulamita?" "¿Qué, oh mi Salvador, veréis en mí?" perdida por naturaleza, incurriendo con mis transgresiones diarias tu desagrado; mi amor tan débil, mis resoluciones tan vacilantes: "¿Qué veréis?" Nada sino un corazón dividido; "la compañía de dos ejércitos". La gracia por un lado, la corrupción por el otro; la fe por un lado, la vista y los sentidos por el otro; los restos de la mente carnal aún en enemistad contra Dios, la carne que lucha contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.
¿Y no "cubriste mi cabeza en el día de la batalla"? ¿No peleaste por mí la buena batalla de la fe; restringiste a mis enemigos y refrenaste mis afectos inconstantes? De otro modo hace tiempo que solo habría podido hablar de un ejército; que estaba aliado del lado de Satanás contra ti; víctima indefensa de mis propios pecados en legión, mis actuales tiranos, mis futuros verdugos. Aun ahora, con toda tu maravillosa misericordia y benigna paciencia, siento con demasiada frecuencia y demasiado lamentablemente la tendencia del corazón malo de incredulidad. Postrada y condenada por mí misma, ¡ay! no necesito otros labios que los míos para atestiguar la humillante realidad: no ves sino "como la compañía de dos ejércitos" (2:13).
Su Señor responde en el versículo del texto. Todo el capítulo es una apóstrofe a ella. Ella es en sí misma plena de consciente indignidad: manchas y deficiencias que parecen empañar sus mejores servicios y su más alta consagración. Pero él la ve vestida con el atavío nupcial de su propia justicia, sin "mancha ni arruga ni cosa semejante", y en vez de reprenderla por sus imperfecciones reconocidas, comienza con las palabras: "¡Cuán hermosos son tus pies con sandalias, oh hija de príncipe!"
Permítaseme esta tarde hablar, con la bendición de Dios, sobre estos dos puntos.
I. El NOMBRE de la Iglesia o del creyente — "Hija" e "hija de príncipe".
(1.) Ella es llamada "HIJA". Esto señala la tierna relación que existe entre Cristo y su pueblo. Cuando Jehová en el Antiguo Testamento habla con más ternura de su antigua Iglesia, la llama "la Hija de Sion". Emplea, en efecto, múltiples figuras, todas indicativas de un afecto fuerte y ardiente. "Como aquel a quien consuela su madre". "¿Se olvidará la mujer de su niño?" "Como el padre se compadece de sus hijos". "Yo seré para vosotros un Padre".
¡Con cuánta gracia se adapta también a sus circunstancias especiales y a sus diversas experiencias! Descendió a Abraham (el peregrino y advenedizo) en una tienda. Vino a Moisés (cuando Israel estaba en el horno de la dura prueba) en una zarza ardiente; ardiente, mas no consumida. Josué combatía: era un hombre de guerra; su Señor vino a él con una espada desenvainada en la mano. Zacarías se hallaba en una medianoche profunda de angustia nacional: los horrores de la discordia interna y del derramamiento de sangre inminentes; su Defensor Todopoderoso se le apareció de noche, como "un hombre que cabalgaba sobre un caballo rojo", con las insignias de la batalla y las garantías de liberación.
En el texto, el creyente necesitaba un trato delicado. La sulamita, representada en el humilde huerto o valle de nueces, el valle de humillación, es comparada a una granada en flor (6:11); gracias débiles, que requieren las influencias benignas del sol, o las brisas balsámicas del viento sur invocadas anteriormente (capítulo 4:16). Era necesario expresar la ternura de la misericordia perdonadora de Dios y de sus propósitos. No la tratará como a un hijo, exigiendo una corrección más audaz y severa, las muestras más rigurosas de la disciplina paternal. Pero manifestará y concederá toda paciencia y amor. ¡Llama a ese creyente honrado "Hija"!
(2.) Pero además, ella es "HIJA DE PRÍNCIPE". Él le recuerda su linaje. No es un nacimiento ordinario. Es una de los hijos adoptivos del "Rey de reyes", aquellos que, en virtud de su relación espiritual con el Príncipe de los reyes de la tierra, su Hermano Mayor, ellos mismos son "hechos reyes y sacerdotes para Dios". Su gloria es la gloria de él. Sus vidas están, por esta unión mística e indisoluble, "escondidas con Cristo". Él siente lo que se les hace con la misma sensibilidad que si se le hiciera a él mismo. ¡Oh pensamiento admirable! Dios no solo los reconoce como a sus hijos, sino que los incluye en el mismo afecto paternal que profesa a su propio y amado Hijo. Y Cristo, el Hermano en su naturaleza, los mira con una medida e intensidad semejantes de amor: "Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado".
Las palabras conclusivas de su memorable oración de despedida figuran entre las más maravillosas de la Biblia: "Para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos". Bien podemos hacer nuestro el desafío: "¿Qué Dios como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto las transgresiones del remanente de su heredad?" "Él levanta del polvo al pobre, y al mendigo levanta del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes, y hacerlos heredar el trono de la gloria".
¡Ojalá pudiéramos comprender toda la grandeza de estos privilegios reales que nos han sido ratificados hoy en la Mesa Sacramental! Repito: no consideremos el lenguaje del versículo que ahora consideramos como una mera figura de la poesía oriental, sino más bien como una gloriosa realidad divina; y aquellos en cuyo corazón Dios ha enviado su Espíritu, capacitándolos para clamar "Abba, Padre", saben que así es. Bendiciones celestiales en Cristo en posesión, y, en expectativa, la perspectiva de ser introducidos en la cámara de la presencia del Rey; según la descripción del Salmo 45: la hija del Rey "toda gloriosa por dentro", su vestido "de oro labado" (la textura áurea de una justicia inmaculada que no es suya), ataviada con "vestido de bordado" (las gracias de una vida y un carácter divinos entretejidos e incorporados por el Espíritu Santo en el alma); "las vírgenes sus compañeras que la siguen", fila tras fila de ángeles asistentes, ministros de los herederos de la salvación, introduciéndola con gozo y regocijo en el Palacio Celestial; allí, como príncipes e hijas de príncipe, reinar para siempre jamás.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: BEAUTIFUL WITH SANDALS — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.