Las vigilias nocturnas

Joyas preciosas del Dios eterno

Dios convierte a pecadores redimidos en sus joyas amadas, pulidas por la prueba y guardadas en el corazón de Cristo.

«¡Mis joyas!» (o, ¡mi tesoro especial!) ¿De qué criaturas favorecidas habla así Jehová? ¿De los serafines? ¿De los ángeles? Paréceme que ante tal título aun ellos tomarían el polvo de la humillación y, cubriéndose el rostro, clamarían: «¡Inmundo! ¡Inmundo!» Pero, ¡maravilla de maravillas! Son pecadores redimidos de la tierra, una vez piedras toscas y sin forma, yacentes en «el pozo espantoso y el lodo cenagoso», entre los escombros de la corrupción, los que así son buscados por la gracia divina, comprados por el amor divino, destinados por la eternidad a ser puestos como joyas en la corona del Dios eterno. «¡La porción del Señor es su pueblo!» Hay aquí una revelación superlativa de amor. Grande, indeciblemente grande, es el privilegio del creyente de poder mirar al Jehová eterno y decir: «¡Tú, Señor, eres mi porción!» Pero ¿qué es esto comparado con la respuesta de la Omnipotencia al hijo del polvo: «¡Tú eres mío!»? Lector, ¿has aprendido a balbucear tu parte en este admirable intercambio del amor de pacto: «¡Mi amado es mío, y yo soy suyo!»?

¡Qué conjunto de títulos admirables pertenecen a los santos de Dios, dados además por Dios mismo en su Palabra! Los llama: ¡Hijos! ¡Hermanos! ¡Príncipes! ¡Amigos! ¡Herederos! ¡Joyas! ¡Mi porción! ¡Míos! ¿Y cuándo llegan a ser así de amados para Él? Pecador, cuando lloraste a la cruz de Jesús y te uniste en pacto con Dios, te convertiste en su joya. No, desde la eternidad pasada: «¡Te ha amado con amor eterno!» Cierto, aún no estás engastado en su corona. Aún estás bajo el proceso de pulido. La aflicción te está preparando; se necesita la prueba para quitar toda la aspereza y los defectos de la naturaleza y hacerte apto para el uso de tu Maestro. Pero, ¡bendito pensamiento! «Ahora bien, es Dios quien nos ha formado (literalmente, cincelado o pulido) para este mismo propósito, y nos ha dado las arras del Espíritu». Sí, el propio Dios, el poseedor que valoró tanto aquella joya terrenal que dio a cambio de ella la «perla de gran precio» del cielo, tiene el pulido en su propia mano. No tratará con demasiada dureza ni rudeza.

¿Y dónde, mientras tanto, está el estuche en que estas joyas se guardan hasta que llegue el día de la coronación, cuando la corona de su Iglesia triunfante (cada santo una gema) sea puesta sobre la cabeza de Jesús? Es Él, su Comprador, su Propietario, quien los preserva. Son «guardados por el poder de Dios». Nuestro gran Sumo Sacerdote, el verdadero Aarón, los tiene engastados en su pectoral; los lleva sobre su corazón en cada acercamiento al trono. Son las piedras preciosas engastadas en oro sobre el efod. Y aunque los pecados de su pueblo y los designios de Satanás se conjugan para hacer cuanto pueden por destruirlos, Él declara que nadie los arrebatará jamás de su mano ni de su corazón.

¡Una joya en la corona de Emanuel! No solo levantada del muladar para ser puesta entre príncipes, sino para engalanar por la eternidad la Frente que por mí fue una vez coronada de espinas. ¿Murmuraré, acaso puedo murmurar, ante cualquier modo que mi Salvador juzgue conveniente para pulirme y prepararme para un honor tal? Déjame hundirme en mi almohada nocturna vencida por el pensamiento; y al oír a mi Dios de pacto susurrarme al oído los asombrosos acentos: «¡Tú eres mío!», bien puedo responder: «En paz me acostaré y dormiré, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado». — Salmo 4:8

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE JEWELS OF GOD

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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