como ocupación y placer principal del mundo venidero. Las mentes devotas, así avanzando hacia la perfección, se apresurarán a atribuir a Dios, el dador de todo bien, la gloria de su progreso, y se complacerán en adorarlo por todas sus puras sensaciones de deleite alto y compuesto.
Cada nuevo descubrimiento,
cada dicha acrecentada,
cada pulsación de gozo,
cada avance hacia la excelencia,
despertará el recuerdo de aquella bondad infinita que ha desplegado un banquete de tan inmerecidas liberalidades; impulsará a los bienaventurados a desahogar su gratitud, a derramar sus arrobamientos ante el escabel del Dios eterno, que, siendo así el centro y la suma de su felicidad, será para ellos —como lo ha descrito el apóstol— "todo en todos."
Ni la gratitud y la devoción serán sentimientos mudos. Aunque el corazón es su oratorio predilecto, aunque haya todavía un pensamiento sin voz, un sentimiento inefable, la confesión más elocuente de la insuficiencia de la expresión, ¡no será, sin embargo, a la celda secreta del corazón a donde se confinen estos ardientes sentimientos!
Órganos corporales nuevos, aunque glorificados, no son dados a los espíritus inmortales sin la intención de que sean empleados. Y aunque los sentimientos devotos hallarán a menudo expresión en la adoración menos embelesada de un lenguaje resplandeciente y sublime, cual la fantasía poética jamás dispuso, ni el labio tocado por el fuego de la profecía jamás derramó, es principalmente en las melodías elevadas de las voces celestiales donde las alabanzas y la adoración de Dios resonarán por las cortes de la inmortalidad.
Que los ángeles y arcángeles, y toda la hueste del Cielo, loarán y magnificarán el nombre de Dios en la devoción de "arpas e himnos"; que los afectos santos serán expresados por música santa, música ya suave como el sonar de las esferas, ya henchida como la lira de los vientos, ya recia como la artillería del cielo, lo somos informados por aquel apóstol a quien el Salvador llamó, y que llama a cada uno de nosotros en sus revelaciones: "Sube más arriba, y yo te mostraré las cosas que han de ser después."
Y si la combinación de voces bien ajustadas y de diversos instrumentos afinados en armonía brinda al oído en la tierra una gratificación más que terrenal, si eleva y purifica los afectos del ánimo, ¡a qué santo rapto será levantada el alma por el himno que estalla de la multitud que nadie puede contar, de miríadas de ángeles y la asamblea general de los primogénitos, con laúdes de oro y vasijas llenas de fragancias, circundando el trono del eternamente bendito, y cantando un cántico nuevo, y exclamando: "¡Tú eres digno de tomar el libro, porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación!"
No podemos, en verdad, dudar de que "alabadle con adufe y danza; alabadle con instrumentos de cuerda y órgano" es una expresión mística, y alude a alguna medida aérea, suave y creciente, acorde al circuito laberíntico que recorren las bandas inmortales mientras, como planetas que giran con su pompa de satélites, contemplarían por todos lados las perfecciones de la Divinidad.
Pero si un mortal pudiera atreverse a entrar en el Cielo de los cielos, y, como apoderándose del murmullo de su cántico sublime, pudiera impartir a oídos de carne una tenue concepción de su grandeza, ¡cuál no será el verdadero estruendo del culto celestial, el pleno concertar de los coros inmortales, el estallido de muchas voces, como el fragor de muchas aguas, que rodará en lo alto por la bóveda de la inmensidad, clamando y respondiendo siempre: "¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Porque el Señor Dios Omnipotente reina!"
Fuente y atribución
Autor original: Johnson Grant
Título original: 4. praise and worship
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Johnson Grant, publicado originalmente en Grace Gems.