La soledad endulzada

La amistad eterna que tendremos con los santos en la gloria

Todos los unidos a Cristo se reunirán en la gloria, donde conoceremos a los santos sin mancha y nuestro mutuo deleite nacerá de su semejanza al Cordero.

Nos gusta trabar amistad con hombres grandes y famosos, y a veces lamentamos la muerte de algunos antes de nacer nosotros, y nuestra distancia de otros mientras vivimos. ¡Qué placer me habría dado haber conocido a los primeros varones del mundo! Haber disfrutado una hora de compañía y conversación con el primer hombre, el padre de todos nosotros; haber conocido al divino Enoc, que fue trasladado sin muerte a la gloria; a Noé, el predicador de justicia; a Abraham, el padre de los fieles; a Moisés, el varón de Dios; a Isaac y Jacob, herederos de una misma promesa; al profundamente afligido y ensalzado José; a Elías y Eliseo; a Samuel, David y Salomón; en una palabra, a todos los profetas, apóstoles, evangelistas y mártires, y a todos los varones del Nuevo Testamento hasta nuestros días. Digo, haber conocido a todos estos grandes hombres, ¡qué secreto placer habría dado! ¡Qué instrucción de su conversación, y qué gozo contemplar tantas gracias resplandecientes en cada uno! Pero esto es lo que jamás puede suceder; sin embargo, hay un pensamiento que suple abundantemente la pérdida: que todos los que están unidos a la Cabeza viviente se reunirán en el estado de gloria eterna.

Allí veré a Adán, no en aquella angustia vergonzosa que sintió al ser echado del paraíso terrenal, sino con una plenitud de gozo propia de quien ha entrado al paraíso celestial para la eternidad. Allí veré a Enoc caminando de verdad con Dios, y gozando eterna e ininterrumpidamente de aquella comunión que le deleitaba abajo. Allí veré a Noé, no predicando a un mundo inatento, sino alabando en concierto con todos los que en el arca del pacto fueron salvados del diluvio de ira que arrastró a los impíos. Allí veré a Abraham, no viajando a los montes de Moria para ofrecer a su hijo, sino morando en el monte de Dios para ofrecer su cántico, su sacrificio de alabanza, poseedor de una gloria mayor y bendiciones más nobles que las que aun su fe más fuerte pudo esperar.

Allí veré a Isaac y Jacob, no peregrinando en tierra extraña, sino morando en la tierra de Emanuel, ¡sin tener ya que mudarse de un lado a otro! Allí veré a José, no en aquella angustia de espíritu que sintió al ser vendido por esclavo, sino en una condición más noble que cuando gobernaba sobre Egipto. Allí veré a Moisés, no luchando con un Israel rebelde en un desierto aullante, sino triunfando con el verdadero Israel, en quien no se halla iniquidad, y entrado en posesión del Canaán celestial para la eternidad.

Allí veré también a Samuel el reformador, a David el íntegro y a Salomón el sabio; junto con todos los profetas y apóstoles, evangelistas y mártires, ¡resplandecientes con lustre adicional y gloria inconcebible! Sí, ni uno solo de todos los santos de Dios, aunque los nombres de miles de ellos jamás se hayan oído en el mundo, dejaré de conocerlo, y sabré todo lo que pueda manifestar la gloria de Dios y las alabanzas del amor redentor. Sabré quiénes y qué fueron en el mundo, de dónde vinieron y cuánto padecieron por su nombre.

Si hubiera conocido a los santos en su estado terrenal imperfecto, la corrupción en ellos podría haber refrenado mi afecto hacia ellos, o la corrupción en mí podría haber entibiado mi cariño por ellos. Pero mi conocimiento con ellos será cuando tanto ellos como yo nos hayamos despojado de toda corrupción, ¡y estemos tan sin mancha como los ángeles de luz!

¿Cómo, pues, he concluido que todos los varones del mundo antiguo se han ido para siempre de mí, cuando dentro de poco entraré en su compañía, en su asamblea, para no apartarme jamás? Además, lo que endulzará todo, es que mi conocimiento con ellos será en y por Cristo, en quien todos sus santos son uno. Y mi deleite en ellos nacerá de su semejanza a Cristo, y crecerá según el grado de esa semejanza. Entonces, como tantas estrellas, reflejarán la gloria del Sol de Justicia; y el que más gloria refleje será la estrella más brillante. Además, así como el Cordero es la luz de la ciudad santa, así él será la plenitud de la casa celestial, llenando a todos los habitantes, que tendrán a Cristo en ellos, antes «la esperanza de gloria» y entonces «la cosecha de gloria»; y con ellos como tales tendré trato. De este modo Cristo será para cada uno todo en todos, aun en su deleite y conocimiento mutuo; porque, amando a aquel que engendra, suprema y eternamente, no pueden sino amar a los que son engendrados conforme a la misma semejanza divina.

¡Qué oficio tan amistoso, pues (aunque para la mayor parte de la humanidad es ingrato), desempeña la muerte, en mano de Cristo, para sus escogidos, reuniendo a los santos de los rincones más remotos, reinos esparcidos y edades distantes, y, con semblante sonriente, conduciéndolos no solo a la presencia unos de otros, sino a la de su común Redentor!

Por otra parte, ¡cuán miserables deben ser los impíos, cuya amistad con los grandes, de la que ahora tanto se enorgullecen, a la hora de la muerte cesará para siempre! Porque seres en tormento no pueden ser compañía entretenida unos para otros, sino que, por haber sido una vez compañeros en el pecado, mutuamente aumentarán su horror y agravarán su angustia para siempre.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Acquaintances

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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