La Biblia procura de todas las maneras posibles que los hombres conozcan el amor y la misericordia divinos. Un gran novelista, en una de sus historias, cuenta de una niña que huyó de su casa. Cada noche, al oscurecer, se colocaba una vela en la ventana del antiguo hogar y se dejaba arder allí toda la noche, para que la perdida, si alguna vez volvía a rastras, arrepentida, deseando regresar, pudiera ver la luz y saber que significaba una bienvenida para ella, que el lugar del amor se le guardaba dentro.
La Biblia es como un gran palacio levantado sobre la cima de algún monte, en el centro de un mundo oscuro. Tiene mil ventanas abiertas hacia todos los lados, y en cada una de ellas brilla una luz resplandeciente, para decir a los perdidos y cansados de la tierra, que vagan en las tinieblas, que hay un hogar donde pueden hallar acogida, si tan sólo se acercan a su puerta.
El capítulo quincuagésimo quinto de Isaías es una de esas ventanas de la Biblia. El capítulo se abre con un llamado que cae sobre el oído del perdido como una dulce música: «¡Hola! Todos los sedientos, venid».
Se cuenta la historia de un viajero sediento que vagaba por el desierto. Tenía una brújula en la mano, pero no sabía si su aguja apuntaba hacia un lugar de refresco o hacia un sitio donde tendría que tenderse y perecer. Estaba completamente desesperado. Para cualquier lado que se volviera, le parecía que solo se alejaba más y más de la esperanza. Se había hundido en las arenas del desaliento, cuando una pequeña hoja, arrastrada por una brisa pasajera, vino y cayó junto a él. La recogió, y una nueva esperanza se apoderó de su corazón. La hoja le hablaba de vida. No podía haber venido de lejos, pues aún estaba fresca y verde. Del lugar de donde procedía debía de haber agua, sombra y alimento. Conocía también la dirección, pues la brújula la había traído la brisa. Así, con la pequeña hoja firmemente apretada en su mano febril, se levantó y se apresuró en la dirección de donde había venido la hoja, y pronto descansaba al abrigo de un árbol verde y apagaba su sed en los manantiales que brotaban a las raíces del árbol. Como esa pequeña hoja verde, que cae del cielo, así llega el llamado de Dios en las palabras iniciales de este capítulo a los que están cansados y sedientos en espíritu. De donde procede, allí debe de haber agua, alimento y descanso. ¡Es el amor divino quien lo envía!
El clamor de atención, «¡Hola!», es un llamado a la vida. Reclama atención. Pretende detener aun a los más descuidados, a los que viven indiferentes y despreocupados. Tiene también un mensaje; no es un clamor vacío. «¡Venid a las aguas! Y el que no tiene dinero, ¡venid!». La invitación es universal: «Todos». Es para el pobre tanto como para el rico: «El que no tiene dinero». Satisface la necesidad universal humana. Se ajusta al anhelo real de los hombres: «¡Todo sediento!». ¿Quién no tiene sed? ¿Quién no tiene profundas necesidades ardiendo en su alma?
La bendición ofrecida se adapta con precisión a la necesidad: «¡Venid a las aguas!». Lo que el agua es para la sed física, Cristo lo es para las necesidades espirituales de los hombres. Las vanidades de este mundo no satisfacen, pero lo que Cristo da apaga toda sed.
Luego hay más que agua, más que refrigerio: «¡Vino y leche!». Son símbolos de nutrición y deleite. Y todo es gratuito: «¡Sin dinero!». No hay que pagar nada por estas bendiciones. En verdad, ningún dinero podría comprarlas. Solo los bagatelas de la tierra pueden adquirirse con oro o plata. Sin embargo, aunque son gratuitas, hay un sentido muy real en que estas bendiciones de la salvación deben comprarse: «Comprad y comed». El dinero no las comprará, pero, como el hombre que vendió todo lo que tenía para comprar el campo con el tesoro escondido, debemos renunciar a todo para ganar a Cristo. debemos pagarnos a nosotros mismos, nuestra vida, para ganarle a Él.
Una de las cosas más tristes de la vida humana es la búsqueda afanosa de cosas que no satisfarán las necesidades reales de los hombres: «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?». Realmente parece extraño que los hombres nunca aprendan la locura de intentar encontrar pan para su naturaleza espiritual en lo que este mundo puede dar. Tienen anhelos profundos y tratan de satisfacerlos con dinero, poder, placer o fama. Pero estas cosas no son pan para el alma, y vidas inmortales no pueden alimentarse de ellas. Un hombre hambriento no se sacia encontrando oro o perlas: lo que quiere es pan. ¿Qué puede hacer el dinero por uno que está en profunda angustia espiritual, o cuando el remordimiento amarga su vida, o cuando se sienta en hondo dolor junto al ataúd de su muerto, o cuando, enfrentando él mismo la muerte, mira hacia la eternidad? ¡En tales momentos nada basta sino Cristo! Un ángel no puede alimentarse de los manjares de la tierra. Así también, un alma humana no halla satisfacción en la posesión de las baratijas de este mundo.
Lo que el evangelio ofrece es pan verdadero, porque satisface los anhelos del corazón. La bendición de Dios nos llega por la Palabra de Dios: «Oíd, y vivirá vuestra alma». Debemos escuchar las invitaciones de la gracia divina. Pero hay un tiempo en que debemos prestar atención a estos llamados divinos, o será demasiado tarde: «Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado; llamadle en tanto que está cercano». La vela arde ahora en la ventana, pero no arderá siempre allí. «Cualquiera que quiera, puede venir», dice la invitación de la Biblia, pero llegará un tiempo en que será demasiado tarde para responder al llamado, un tiempo en que Dios no podrá ser hallado, en que no estará cercano, en que la puerta estará cerrada.
Solo hay una manera de aceptar la invitación. No podemos aceptarla y conservar nuestros pecados: «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová». No podemos ser salvos y al mismo tiempo seguir guardando en el corazón nuestros pensamientos malos y proseguir en nuestros caminos malvados. Dios está muy dispuesto a tomar nuestros pecados, apartándolos para siempre, pero no tomará nuestros pecados sin tomarnos a nosotros. debemos renunciar a nuestros caminos malos, aun a nuestros pensamientos equivocados, y servir a Dios.
Los corazones de los hombres son por naturaleza duros, como campos pisoteados. Pero aun al corazón más duro la gracia de Dios puede ablandarlo: «Como desciende de los cielos la lluvia y la nieve... así será mi palabra». Todos sabemos cómo la lluvia ablanda el terreno seco y endurecido. Sus gotas descienden hasta las raíces de la hierba marchitada y de las flores que se marchitan, y pronto aparece nueva vida por todas partes. Así sucede cuando la Palabra de Dios cae sobre una vida humana. Hace fructífera la vida estéril. A veces reposa como la nieve sobre la tierra, sin derretirse durante un tiempo. Los resultados de la santa enseñanza no siempre aparecen de inmediato. Pero así como al fin las nieves se derriten y llenan arroyos y ríos, así la Palabra de Dios en una vida algún día encontrará el camino hasta el corazón y lo bendecirá. Lecciones celestiales han reposado durante decenios sin producir efecto alguno; sin embargo, al fin, cuando el amor cálido de Dios tocó la vida, ésta produjo hermosos frutos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Gracious Invitation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.