En la parábola de nuestro Señor, es comerciando como se aumentan los talentos. Los talentos son capacidades. Se nos dan solo como posibilidades, y requieren ser desarrollados. En una mano puede estar la habilidad del artista o del músico, pero debe ser sacada a la luz, y la única manera de hacerlo es mediante una práctica larga y diligente. En un cerebro puede estar el don del poeta, del inventor, del comerciante, pero tiene que ser llamado a manifestarse, y no hay otra forma de lograrlo sino usando el talento en sus pequeños comienzos, hasta que crezca hasta alcanzar todo su vigor.
Lo mismo ocurre con los talentos espirituales. Se nos enseña que debemos crecer en gracia, es decir, en todas las hermosas cualidades que pertenecen al carácter cristiano.
Tomemos la paciencia, por ejemplo. Si queremos crecer en esta gracia, debemos comenzar de inmediato a practicar la paciencia en todo. Es una lección, o un arte, que debe aprenderse; no nos es entregada ya completa, como un regalo.
Tomemos la bondad. Todo cristiano tiene la capacidad de la bondad, pero hace falta una larga práctica de esta gracia antes de que crezca hasta llegar a ser la más verdadera y la mejor.
Tomemos la simpatía, de la cual hay tanta necesidad en todo servicio cristiano. Existe la impresión de que cualquiera puede simpatizar. Casi cualquiera puede sentir pesar junto a alguien que está en angustia, pero esto es solo una pequeña parte de la simpatía que verdaderamente ayuda. Simpatizar es ser capaz de entrar profunda e intensamente en la experiencia de los demás, y luego añadir la fuerza de la propia vida para hacerlos más valientes y más fuertes, para ayudarlos a ser victoriosos. La simpatía sabia es fruto únicamente de la experiencia.
Así pues, la única manera de crecer en las gracias y las virtudes de la vida cristiana es ejercitar esas gracias manteniéndolas en actividad.
Lo mismo se aplica a la actividad cristiana en todas sus formas. Al principio no es fácil tomar parte en una reunión religiosa, hablar u ofrecer una oración; y por lo regular uno no comienza con mucha fluidez ni de una manera que resulte especialmente edificante para los demás. Pero si el principiante continúa fiel y persistentemente ejercitando su gracia, esforzándose siempre por mejorar, al fin llega a ser capaz de hablar o de orar, no solo con facilidad, sino con provecho para sus hermanos de adoración.
Al principio no es fácil confesar a Cristo ante el mundo. El temor al ridículo es una cruz pesada de llevar. La atmósfera de la escuela, de la calle, del patio de recreo o del lugar de negocios es tan distinta de la de la iglesia, que lo que era un deleite y una alegría en la comunión afín parece casi imposible entre quienes son poco amigables. Pero también aquí la gracia apacible crece fuerte y vigorosa con la práctica paciente y habitual, hasta que, poco a poco, el joven cristiano tímido es conocido en todas partes como un amigo callado pero fiel y consecuente de Jesucristo.
En todo lo bueno que podamos aprender a hacer tenemos que empezar como simples principiantes. Todo tiene que aprenderse en la experiencia personal. Al principio no podemos hacer nada bien, nada que valga la pena. De ahí que la obra cristiana sea el mejor medio de gracia; en realidad, es el único medio de desarrollar, para mucho servicio útil, las gracias y los poderes que existen en mayor o menor medida en toda vida cristiana.
Muchas personas piadosas leen el relato del hombre del un talento, que lo envolvió en un paño, y suponen que la aplicación es para quienes viven en pecado y rechazan a Cristo. En realidad, sin embargo, la lección es para todo el que no pone su talento a trabajar a fin de que crezca. Hay miles de talentos envueltos y escondidos en los corazones, las manos y las mentes de los miembros de la iglesia: dones, capacidades para el servicio y la utilidad, que nunca llegan a nada porque nunca se ejercitan.
Esta enseñanza es sobrecogedora cuando se recuerda que debemos rendir cuenta de nuestros talentos y capacidades, no simplemente devolviéndolos sin desperdiciar, sino trayéndolos de vuelta desarrollados hasta su pleno poder. Aún resulta más sobrecogedor cuando sabemos que las capacidades que no usamos se pierden del todo al final.
Nunca haremos nada que valga la pena con nuestra vida a menos que nos aferremos con empeño a los deberes y las actividades cristianas. La devoción tiene su lugar. Nos inclinamos sobre nuestra Biblia, vemos visiones de belleza celestial y escuchamos impulsos hacia servicios de amor. Nos postramos en oración, y somos llevados a una comunión arrobada con Cristo, y hallamos gran gozo en su amor. Asistimos a la iglesia, y nuestros corazones se encienden con un fervor mientras escuchamos las palabras conmovedoras del predicador. Nos sentamos a la mesa del Señor, y al recordar el amor de Cristo y su devoción hasta la muerte por nosotros, cantamos:
«Fuera el vasto mundo de la naturaleza mío,
sería un regalo demasiado pequeño;
¡Amor tan asombroso, tan divino,
demanda mi alma, mi vida, mi todo!»
Todo esto es correcto y apropiado. Pero si permitimos que tales sentimientos y emociones se desvanezcan sin madurar en acción, hemos recibido solo daño y no bien. Todo joven cristiano debe entrar pronta y gozosamente en alguna línea de servicio cristiano, comenzando de inmediato a seguir a Cristo en la obra para el bien de los demás. Todos debemos esto a nuestro Maestro y a nuestros semejantes, y, además, solo de esta manera podemos crecer hasta ser cristianos fuertes y útiles.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Help from Christian Work
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.