La Hora de Silencio

La batalla no es mía, sino de Dios

En medio de la lucha espiritual, la oscuridad del alma y la preocupación por la salvación de otros, el creyente aprende a estar quieto y ver la salvación del Señor.

«¡La batla no es vuestra, sino de Dios!» 2 Crónicas 20:15

Hay muchos momentos y circunstancias en los que toda mi seguridad consiste en estar quieto y ver la salvación del Señor.

He de hacerlo así cuando me encuentro cara a cara con antagonistas espirituales.

Los pensamientos impuros que me atormentan,

las palabras incoherentes que se escapan de mis labios,

los viejos hábitos malignos que vuelven siempre para molestarme y mancillarme

— nunca serán vencidos por mis esfuerzos denodados solos. Cada día debo recurrir, cada día debo recibir de la inagotable tesorería de la gracia de mi Dios, si he de vencer y prevalecer.

He de hacerlo también cuando estoy en tinieblas de mente y alma. No puedo labrar por mí mismo la salida de estos períodos de sombra. Debo, aun cuando parezca haber retirado Su presencia amorosa y vivificante, seguir mirando a Él en mi soledad y esperando hasta que tenga misericordia de mí. Es Él quien hará huir mi medianoche y restablecerá el sol y el estío.

He de hacerlo — una vez más — cuando me preocupa la salvación de otros. En verdad, puedo hablarles. Puedo orar por ellos, de rodillas, en el lugar secreto. Puedo advertirles noche y día con lágrimas. Mas cuando se ha probado cuanto mi sabiduría y mi amor pueden sugerir, debo reconocer los límites de mi poder. Soy incapaz de salvar a mis amigos. ¡Solo Dios puede dar el crecimiento! (1 Corintios 3:6).

Así, a lo largo de toda mi carrera cristiana, desde el momento del nuevo nacimiento hasta el momento de la coronación, la batalla no es mía, sino de Dios.

«¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!» Filipenses 4:13

Fuente y atribución

Autor original: Alexander Smellie

Título original: The Hour of Silence — 2 Chronicles 20:15

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Alexander Smellie, publicado originalmente en Grace Gems.

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