«El gran fin de Cristo», dice Richard Baxter, «era salvar a los hombres de sus pecados; pero se deleitaba en salvarlos de sus pesares.» Su corazón sangraba por la miseria humana. La benevolencia lo trajo del cielo; y la benevolencia siguió sus pasos adondequiera que fue en la tierra. Los caminos del Divino Filántropo estaban marcados por lágrimas de gratitud y suspiros de amor agradecido. Los desvalidos, los ciegos, los cojos, los desolados se regocijaban al sonido de sus pisadas. Verdaderamente podría decirse de Él: «Cuantos me oyeron me alabaron; cuantos me vieron hablaron bien de mí. Porque yo socorrí al pobre que pedía ayuda y al huérfano que no tenía quien le ayudara. La bendición del que iba a perecer vino sobre mí, e hice regocijarse el corazón de la viuda» (Job 29:11-13).
Todo corazón sufriente era un imán para Jesús. No era más su prerrogativa que su felicidad: convertir lágrimas en sonrisas. Uno de los pocos placeres que en la tierra alegraron el espíritu del «Varón de dolores» era el placer de hacer el bien: aliviar el dolor y mitigar la miseria. Junto al gozo de la viuda de Naín cuando su hijo le fue restituido, estaba el gozo en el seno del Divino Restaurador. A menudo salía de su camino para ser bondadoso. Un viaje no era gravoso aun si con él se había de consolar un solo corazón afligido (Marcos 5:1; Juan 4:4, 5). Ni sus bondades se dispensaban por intermediarios. Todos eran actos personales. Su propia mano sanaba. Su propia voz hablaba. Sus propias pisadas se demoraban en el umbral del luto o en los contornos del sepulcro. ¡Ah! ¡Si los príncipes de este mundo hubieran conocido la tierna bondad y la abnegación de aquel corazón admirable, «no habrían crucificado al Señor de la gloria»!
¡Lector! ¿Conoces algo de tal benevolencia activa? ¿Has sentido el lujo de hacer el bien? ¿Has sentido que, al hacer felices a otros, te haces feliz tú mismo? ¿Conoces algo de aquella gran ley de tu ser, enunciada por el Divino Patrono y Modelo de la Benevolencia: «Más bienaventurado es dar que recibir»?
¿Te ha enriquecido Dios con los bienes de este mundo? Procura verte a ti mismo como un medio consagrado para dispensarlos a otros. ¡Cuídate igual del atesoramiento avariento y de la extravagancia egoísta! ¡Cuán triste el caso de aquellos cuyo lote Dios ha hecho así abundante en misericordias temporales, que han ido a la tumba sin mitigar una sola gota de la miseria humana, ni de hacer más feliz uno solo de los innumerables corazones dolientes del mundo! ¡Cómo el ejemplo de Jesús reprende las bondades frías y calculadoras, las ofrendas mezquinas de muchos aun de su propio pueblo! «cuya libación no es como la suya, del borde de una copa rebosante, sino del fondo, de las hebras».
Puede que tengas poco que dar. Tu esfera y tus recursos pueden ser igualmente limitados. Pero recuerda que Dios es tanto glorificado por la pequeña dádiva de los ingresos de la pobreza como por el espléndido beneficio del regazo de la abundancia. «El Señor ama al dador alegre.»
La parte más noble de la benevolencia cristiana no son las donaciones cuantiosas ni los sacrificios financieros muníficos. «Él anduvo haciendo el bien». La visita misericordiosa, la palabra amistosa, la mirada de simpatía, el vaso de agua fría, el pequeño servicio sin ostentación, el dar sin pensarlo ni esperar recompensa, el bondadoso «considerar a los pobres», anticipar sus necesidades, velar por sus comodidades: ¡esto es lo que Dios valora y ama! Son «préstamos» hechos a Él mismo, arroyos tributarios del «río de sus delicias». Al final serán reconocidos como tales: «De cierto os digo: todo lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, ¡a mí me lo hicisteis!»
«Armaos asimismo con la misma mente.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: BENEVOLENCE
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.