¡Pobre hombre! Caminas en tinieblas, aunque te rodean por todas partes los rayos del mediodía. Debes encomendarte a tus semejantes, y por ellos ser conducido de puerta en puerta. ¿Quién puede sino simpatizar con tu condición y tenerte lástima? Un veneno que tú desconoces puede ser vertido en tu copa. Puedes caer en el fuego o en el agua, o en un foso. Puedes tropezar el pie contra toda piedra, y tener la espada desnuda blandida contra tu pecho, sin saber siquiera tu peligro.
¡Cuán melancólico, entonces, el caso de aquellos que son espiritualmente ciegos! Que beben el cruel «veneno de áspides»; que caen en todo foso de pecado; que corren a todo peligro; y oponen su endurecido pecho a la punta desnuda de la flamante espada de la justicia. ¡Y cuán triste que las personas en tal condición, ignorantes de su peligro, se burlen de la ira y hagan escarnio del pecado!
Si oyéramos de naciones enteras heridas de ceguera, sin que quedara uno para guiar a otro, sino todos pereciendo en esta deplorable situación, ¡cómo nos compadeceríamos de ellos con el más tierno sentir! Pues bien, ¿no hay naciones enteras que se sientan en región y sombra de muerte, que palpando en tinieblas nunca hallan el camino al cielo? Por ellos, por tanto, deberíamos sentir del modo más tierno, desde el fondo mismo de nuestras almas. ¿No debieran todos los cristianos esforzarse hasta lo sumo por difundir el conocimiento salvador de un Salvador entre los gentiles? Si un hombre pudiera sanar a los ciegos, ¡con cuánta gratitud aceptarían la cura y bendecirían la mano sanadora! Pero, en una tierra donde la vida y la inmortalidad han sido traídas a luz, ¡cuántos se sientan en tinieblas y no abandonarán su lóbrega celda por todas las bellezas del día! Felices aquellos que tienen los ojos de su mente abiertos, y en su luz celestial ven la luz con claridad; que ven la deformidad del pecado, la hermosura de la santidad, la excelencia de la verdadera religión, la necesidad del nuevo nacimiento, la preciosidad de Cristo, la gloria de las realidades eternas; y que, en breve, en la luz de la gloria, verán así como son vistos.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: On a blind beggar
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.