Debemos tener ideas verdaderas y correctas acerca de la Cena del Señor. Es una ordenanza sagrada. Nos lleva a pensar en la muerte de nuestro Amigo más querido, y siempre somos reverentes en presencia de la muerte, o al pensar en ella. Es la muerte del Hijo de Dios la que este memorial nos lleva a recordar, y aquella fue la muerte más admirable que jamás tuvo lugar en esta tierra. Cuando muere un rey, toda la tierra se mantiene de luto; ¡cuál debe ser nuestra emoción cuando el Hijo de Dios inclina la cabeza y muere! El propósito de su muerte debe añadir sagrado a nuestros ojos. Él murió por nosotros, para salvarnos.
A los cristianos Pablo escribió: "Cuando os juntáis, no es la cena del Señor la que coméis." ¿Por qué? A causa del espíritu con el que se reunían. Había disensiones y contiendas entre ellos. Además, no había reverencia en su reunión. No comprendían el verdadero sentido de la Cena del Señor. No tenían idea alguna de su santidad. Se reunían para comer y beber, como si fuera una fiesta desenfrenada la que celebraban, más bien que un acto solemne de adoración. Era imposible comer la Cena del Señor de esa manera. Nosotros no tenemos tal tentación en estos días. En todas partes este sacramento está investido de santidad y se observa con reverencia, al menos en cuanto a la forma. Sin embargo, aun este abuso desmedido no está sin sus lecciones para nosotros.
Sólo podemos recibir verdaderamente la Cena del Señor cuando la tomamos con corazones en plena consonancia con su santo significado. La contienda y la amargura nos indisponen para ella. Debemos tener amor los unos por los otros, sin resentimiento, sin enojo, sin celos ni envidia. El rico y el pobre se reúnen en la mesa del Señor, y debe ser en verdad como hermanos. El más alto y el más bajo en posición terrenal se sientan aquí lado a lado, y debe haber la más dulce armonía de espíritu. Delante de Dios, son uno. Sin ninguno de los desórdenes desenfrenados que deshonraron la Cena del Señor en Corinto, es no obstante posible, aun con toda nuestra decencia, convertirla en una burla. Si la hacemos sólo una forma vacía, sin amor, sin fe, sin discernimiento del cuerpo del Señor, sin dependencia alguna de la expiación de Cristo, sin recepción espiritual alguna de las cosas representadas en los sagrados emblemas, ¿es nuestro recibirla algo que agrade a Dios? ¿Es posible que, al reunirnos así, comamos la Cena del Señor?
El apóstol entró en detalles respecto a los pecados que les impedían recibir la bendición que Jesús dispuso para los que comen en su mesa: "porque cada uno se adelanta para tomar su propia cena, y uno tiene hambre y otro se embriaga." Los que tropiezan tanto con la palabra "indignamente" en el versículo veintisiete, deben estudiar con cuidado este versículo, pues da el sentido de "indignamente" tal como allí se usa. La Cena del Señor fue muy tristemente profanada por estos primeros cristianos. Cuando llegaba el momento, mientras los pobres presentes pasaban hambre, sin haber tenido parte alguna en el "ágape" que precedía, otros, por el contrario, estaban realmente embriagados por el exceso. Es fácil comprender lo que Pablo quería decir con comer y beber indignamente, teniendo presentes estas escenas corintias.
Otra sugerencia es que la penetración de la Iglesia con el espíritu de Cristo no fue un logro repentino, sino gradual. Nuestra actual y elevada concepción de lo que los cristianos deben ser y cómo deben vivir es el fruto del crecimiento de siglos. No todos los "buenos días" están detrás de nosotros, como algunos murmuradores nos dicen.
Pablo subraya el carácter sagrado de la Cena del Señor refiriendo su historia. Pablo no estuvo presente en la institución de la Cena del Señor. No fue cristiano sino algún tiempo después de la muerte de Cristo. Sin embargo, no obtuvo su conocimiento de aquella noche admirable de los apóstoles que estuvieron en la mesa. Lo recibió directamente del Maestro mismo. Esto nos da una insinuación de la relación de Pablo con Cristo, de su intimidad con Él y de la realidad de su comunión con Él. A menos que hagamos de Pablo un impostor, es una de las evidencias más fuerte de la resurrección y de la vida gloriosa de Cristo que Él se diera a conocer a él y le hiciera importantes revelaciones. Parece haber hablado con este apóstol con familiaridad, como quien habla con un amigo. Entonces Pablo se convirtió en un testigo para nosotros de la resurrección, ascensión y gloria del Salvador.
Debe notarse el momento de la institución de la Cena del Señor. No fue en un día grato a la orilla del mar, cuando el sol brillaba intensamente, las aves cantaban dulcemente y el corazón del Maestro se alegraba por la bondad de la gente. Las palabras, "la noche en que fue entregado," cuentan toda la historia del tiempo. Fue justo antes de salir al Huerto. Él sabía todo lo que tenía delante: que el traidor ya había salido, durante la cena de la pasión, para arreglar su entrega; que antes de la mañana sería arrastrado como un criminal ante el Sanedrín, y que mañana, antes de las nueve, estaría colgado en una cruz en la vergüenza. Sin embargo, sabiendo todos los terribles acontecimientos que se amontonarían en aquella noche y en el día siguiente, dedicó toda la primera parte de la noche a la dulce y amorosa comunión con sus amigos. Se sentó con ellos en la cena de la Pascua. Luego, al final de ésta, instituyó la cena memorial, después de lo cual se sentó y habló con ellos de manera tierna y amorosa, y luego oró con ellos y por ellos.
Todo esto muestra el absoluto olvido de sí mismo de nuestro Señor. No permitió que su propio sufrimiento y muerte inminente arrojaran sombra alguna sobre los corazones de sus discípulos. Al contrario, su amor hizo de aquellas últimas horas las más sagradas que jamás habían disfrutado con Él. Hay aquí una lección para nosotros. Debemos hacer como Jesús hizo, y nunca permitir que nuestro dolor nos vuelva egoístas. En todos nuestros propios sufrimientos, debemos esconder nuestro dolor y derramar sólo el amor purificado de nuestros corazones sobre los demás. Nos llega desde la misma noche de la angustia de Cristo. Es un memorial de sus amargos sufrimientos.
En medio de su dolor, Jesús dio gracias. Luego partió el pan y dijo: "Esto es mi cuerpo, que por vosotros es." La acción de gracias de aquella noche, en medio de toda la aflicción que se cernía, es muy notable. Ciertamente debemos dar siempre gracias por nuestras misericordias, aun en las horas más oscuras de nuestra vida. Ningún don debe ser tomado de la mano de Dios en ningún momento sin gratitud. Supongamos que hay un gran duelo en su hogar, o que la sombra de un pesar abrumador se cierne sobre su casa; cuando se reúnen en la mesa para la comida familiar, eleven sus corazones y den gracias a Dios por lo que les ha dado. La Cena del Señor debe comerse siempre con acción de gracias, aun en la hora más oscura.
El partir el pan también era sugestivo. Así, también, su cuerpo estaba a punto de ser quebrantado. Nos alimentamos de pan partido. Muchas de nuestras más dulces bendiciones nos llegan de o en cosas quebrantadas. "El trigo es quebrado." No comemos el trigo entero, sino molido. El vaso de alabastro fue quebrado para que el perfume contenido en él fluyera para ungir a Cristo y llenar la casa y el mundo con su fragancia. Recibimos las bendiciones del perdón y de la gracia divina sólo cuando nuestros corazones están quebrantados. "Mi cuerpo, que por vosotros es." Esto lo dice todo. Pone al descubierto el mismo corazón del Salvador.
Jesús pidió a sus discípulos que comieran en memoria de Él. Somos criaturas muy olvidadizas. Una de las exhortaciones del Salmista es a su propia alma, en el Salmo Ciento Tres, para que no olvide los beneficios de Dios. ¡Pero eso es justamente lo que más pronto hacemos! No apreciamos el verdadero valor de los monumentos o memoriales para mantener vivo el recuerdo de hechos pasados o grandes acontecimientos. No sabemos cuánto de nuestro vivo pensamiento de la muerte de Cristo se lo debemos a la Cena del Señor, que se observa con tanta frecuencia. La razón principal por la que Cristo la dio a su Iglesia fue que nunca olvidáramos su amor, sus sufrimientos, su muerte por nosotros.
Una mañana un joven inglés, que en aquel tiempo vivía en Filadelfia y asistía a la misma iglesia de la que yo era pastor, entró en mi estudio, y sacando de su bolsillo una carta, la abrió, mostrándome, entre los pliegues, algunas flores prensadas. "Estas son de la tumba de mi madre en Inglaterra," dijo. Luego, con suma ternura, habló de su madre, de su dulce vida, de su amor, de su solicitud, de su confianza en Cristo, de su hermosa muerte. La carta que sostenía era de su hermana en su hogar, y ella había arrancado estas flores de la tumba de la preciosa madre y se las había enviado al otro lado del mar. No es extraño que le trajeran de nuevo a la memoria toda su dulce vida. En el servicio de comunión tenemos flores de la tumba de Cristo, y nos devuelven todos los tiernos recuerdos, ayudándonos a pensar de nuevo en su amor y en su gran sacrificio por nosotros.
Después de partir el pan, Jesús dio la copa, con la explicación: "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre." La Cena del Señor es un sermón silencioso, que declara al mundo que Cristo murió, y que nosotros somos sus seguidores. No es una proclamación de nuestra propia bondad, de que somos mejores que otros. Al tomar nuestro lugar en la mesa de Cristo, decimos a todos los hombres que somos pecadores, que Cristo murió por nosotros, y que nuestra única dependencia está en los méritos de su sangre. Algunos se retraen de la confesión pública, como si fuera ponerse ante el mundo como mejores que los demás, como si fuera pregonar su propia piedad. Pero no es una "profesión de religión" lo que hacemos cuando nos unimos a la Iglesia y venimos a la mesa del Señor, sino una "confesión de Cristo." Hay una gran diferencia entre estas dos frases. Aquí es una proclamación, no de nuestra propia bondad, lo que hacemos en la comunión, sino de la muerte de Cristo. Honramos a Cristo, nos humillamos, pues nos ponemos detrás de la muerte y de la cruz de Cristo, y nos escondemos allí. No somos vistos en absoluto; es la muerte de Cristo por los pecadores lo que se ve.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Lord's Supper
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.