es otra porción de nuestra esperada felicidad. Que aquellos que en la vida hayan estado unidos por los lazos del afecto serán reunidos en su estado beatífico puede inferirse de la declaración hecha por nuestro Señor a sus apóstoles, de que él y ellos se reunirían en el mismo lugar, así como de muchos pasajes en las revelaciones de Juan y otros de los libros sagrados; por no hablar de nuestros instintos acariciados, de nuestras esperanzas naturales de hallar este ingrediente en nuestra felicidad; por no hablar de nuestra convicción de que la Providencia no infundiría tales vistas sin intención de realizarlas, o del revestimiento de cada espíritu separado en un cuerpo glorificado, como enseña Pablo a los corintios, doctrina que, al establecer una identidad futura, ofrece una prenda segura del reconocimiento.
Asumiendo, pues, el hecho, paso a observar que esta comunión renovada será mucho más refinada que la más pura amistad terrenal, pues las ideas intercambiadas serán más elevadas, y las experiencias compartidas serán necesariamente experiencias de una felicidad más pura y elevada. Ni es menos obvio que los deleites del conocimiento y del culto se verán realzados al ser gozados en unión con una sociedad santa y glorificada, puesto que ya el más ordinario de los placeres imparte una gratificación duplicada cuando se convierte en un vínculo que liga mentes afines en las bandas de la santa hermandad y de la concordia virtuosa.
Pero, además, tales lazos, reconectados entre seres humanos que hayan sido recibidos en las mansiones eternas, serán productores de un gozo mayor que el suyo original, a consecuencia de las disposiciones mejoradas de los asociados. Estarán igualmente exentos de aquellas alienaciones temporales que proceden del amor propio, los celos, la sospecha, el orgullo, los intereses contrapuestos, los arranques de pasión, y de aquellos impedimentos a su perfección presente que presentan las ligeras diferencias de opinión, gusto, conocimiento, temperamento, principio, o las temporadas inevitables de ausencia. Ningún accidente, ninguna inestabilidad, ningún temor de futura interrupción o separación amortiguarán sus goces puros.
No es, sin embargo, a este círculo estrecho solo, con quienes antes compartimos nuestra confianza, hasta donde pueden esperarse que se extiendan nuestros afectos sociales. Aquella comunión de los santos en la que profesamos nuestra creencia unirá en comunión celestial a todos los devotos y fieles que han vivido en edades diferentes desde el principio del tiempo, y a todos aquellos contemporáneos nuestros con quienes la unión en la tierra pudo haber sido impedida por diferencia de rango o por la lejanía de la situación local.
Estos, purificados de las imperfecciones de la mortalidad, vueltos en todo dignos del más bondadoso respeto, y unidos en una asociación santa y feliz, están destinados a ser nuestros compañeros inmortales y consocios en el culto. Proveyéndose así en abundancia objetos para la más cálida y más amplia efusión del afecto social, todos ellos, simpatizando con el gozo de cada uno. Y, como los reflejos sin fin de espejos opuestos, la paz y la dicha de cada individuo siendo una y otra vez participados y gozados y reverberados por todos los que lo rodean, la benevolencia circulará por las cortes de Dios, y el Cielo será hallado, en el sentido más exaltado, el lugar de la perfecta concordia.
Pero si a algunos, en consideración a su servicio más celoso y a su obediencia más uniforme, se les asigna una mejor recompensa en especie o en grado, los otros, lejos de envidiar, hallarán un aumento de su propia felicidad en regocijarse en el bien de sus consiervos y en contribuir a su adelanto.
Con seres así glorificados...
iluminados por el conocimiento,
perfeccionados en la virtud,
inmortales en la existencia,
estamos designados a mantener dulce, amorosa, refinada, perpetua comunión. "Y todos serán uno", "un rebaño bajo un pastor", con un solo corazón y un solo espíritu. Caminando en la luz y teniendo comunión unos con otros, para ellos está reservada la feliz experiencia de que, cuando la fe se pierda en la visión y la esperanza en la posesión de sus objetos, el amor nunca deja de ser.
Fuente y atribución
Autor original: Johnson Grant
Título original: 5. Fellowship with the heavenly inhabitants
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Johnson Grant, publicado originalmente en Grace Gems.