"Bienaventurados todos los que en él confían." Salmos 2:12
La confianza y la fe no son, hablando con propiedad, actos idénticos. Más bien hemos de considerar la confianza como el resultado de la fe. Una ilustración familiar nos ayudará a comprender la distinción entre ambas. Un viajero llega a una ciudad donde es un completo desconocido. Allí cae enfermo. De los médicos del lugar, no sabe nada, pero averigua a quién convendría acudir. Recibe un informe muy favorable acerca de la habilidad y la experiencia de uno de ellos. Quienes dan este testimonio, concluye él, no tendrían ningún motivo para engañarlo, y parecían conocer bien el carácter de la persona que recomendaban. Cree su testimonio; ¿y qué sigue? Envía a buscarlo; y no solo eso, sino que se confía a él. He aquí la confianza en el médico, como resultado de creer lo que ha oído acerca de él.
Y así ocurre con el Gran Médico. A medida que creamos el testimonio que Dios da de él en su Palabra, habrá, como fruto de esa fe, la confianza del alma y su acercamiento a él, y una confianza en él sin titubeos.
La importancia de este espíritu se deduce de la frecuencia con que se nos exhorta a ejercerlo. Una y otra vez se nos llama a confiar en el Señor. Hemos de confiar en él con todo el corazón, y no apoyarnos en nuestra propia prudencia. Y hemos de confiar en él en todo tiempo, especialmente en el día de la angustia. Confiar en él cuando todo es próspero, cuando el cielo sobre nuestras cabezas está claro y sin nubes, y cuando todo luce un aspecto soleado, es cosa comparativamente fácil. Pero cuando todo es oscuro y tormentoso; cuando sopla el viento helado de la adversidad; cuando los afectos más entrañables del alma se rompen; cuando pasamos de ser hermosos y florecientes a ser como el árbol del desierto, sobre el cual se abate la tempestad, dejándolo sin hojas ni ramas, mero esqueleto de lo que antes fue, todo desnudo y devastado; entonces confiar en él, entonces alabarle y adorarle: ¡oh, eso sí es confianza! La confianza de quien dijo: "Aunque él me mate, en él esperaré."
¡Pero ay! ¡cuán poco se halla este espíritu de confianza! ¡Cuántas veces hemos deshonrado a Dios al desconfiar de él! Es común en muchos lugares encontrar escrito en las barras de los peajes: "Aquí no se fía." En algunos caminos, cada barrera lleva la temible sentencia: "¡Aquí no se fía!" Esto llama la atención casi de continuo. ¡Ah! Hay otro lugar, además de la barrera del peaje, donde tales palabras podrían inscribirse. ¡En cuántos corazones podría escribirse: "Aquí no se fía"! En todo lo que concierne a Dios, a sus promesas y declaraciones, este sentimiento está ausente. Con los impíos ocurre así por completo; y aun con muchos que tienen algún fundamento para esperar que el gran cambio ha tenido lugar, ocurre así en medida demasiado grande.
¡Oh, sí! Sobre tu corazón, que profesas ser uno de los hijos e hijas del Señor Todopoderoso, podría escribirse: "Aquí no se fía"; es decir, no hay aquí tal confianza como debería haber. ¡Oh Señor, aumenta mi fe, y con ello aumenta esa confianza que es uno de sus primeros frutos! No permitas que sea tan extraño a ese espíritu de confianza sencilla, de reliance implícita, de confianza de niño, en el cual tu Palabra pone tanto énfasis. Al cultivar tales sentimientos, hazme ansioso de honrarte más y más; y entonces podré esperar ser honrado por ti en respuesta.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Believer's Confidence
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.