LA CONFIANZA DEL PEREGRINO
“Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados, y yo os daré descanso.”
“Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.” Mateo 6:32
¡Qué descanso es este para los caminantes cansados y cargados! Es la seguridad no solo de una “necesidad” en cuanto les sucede, sino de que todo son disposiciones de su Padre celestial.
“¡Vuestro Padre celestial!” Nos aferramos con amor a la creencia de un “Dios sobre todas las cosas”; de un Dios “en todos los lugares de su dominio”; de un Dios desde el centro hasta la circunferencia del espacio y del ser; el Regente divino, que penetra con su presencia el gran sistema orgánico que ha formado; en la poesía de la Escritura, las nubes su carro, la luz su vestidura; su poder ciñendo los collados y afirmando los montes —y, con tierno cuidado de lo minúsculo y lo humilde, haciendo crecer la hierba para el ganado, delineando la flor, esculpiendo la guirnalda de nieve, velando por la caída de los gorriones y alimentando a los cuervos jóvenes; el Pastor que no duerme, guardando sin cesar, velando y protegiendo, ya bajo el azul infinito del día, ya bajo la noche con sus galaxias estrelladas.
Podemos dejar que la ciencia y la filosofía hablen de la Naturaleza como algo que en sus decretos es severo, inflexible, regido por fuerzas simples y complejas, todas propias de ella; sujeta, esclava de una ley inexorable, de la cual, salvo por milagro excepcional, no puede haber ni evasión ni desvío —la revolución de las estaciones, la alternancia del día y la noche, la gravitación, los procesos de crecimiento y decaimiento, etc. Pero hay, en todo caso en el mundo moral, por mucho que alguien lo niegue, fuerzas independientes de las materiales, por encima y más allá de la ley material. Estamos bajo la supervisión y la dirección de un Dios personal, “porque en él vivimos, y nos movemos, y somos.” Aunque los misterios y perplejidades son demasiado manifiestos por doquier, podemos, no obstante, confiar en la seguridad de que sus tratos no son arbitrarios, regidos por el capricho, señalados y mal dirigidos por la ceguera y la ignorancia humanas, sino los dictados de una sabiduría infalible y de un amor inmutable y sempiterno. Su naturaleza y su nombre no son los que encierra la palabra de la Escritura “Zefanía” (el Señor es oscuridad), sino más bien los de “Uriel” (Dios es mi luz). “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” Los cargados, los enlutados, el huérfano, la viuda, y “aquel que no tiene ayudador”, están amparados y cubiertos por la divina paternidad: la Columna de Nube en el día de la prosperidad, la Columna de Fuego en la noche de la adversidad. Notad las palabras del Salvador. No son “mi Padre celestial”, sino “vuestro Padre celestial.” Él quiere que cada hijo conozca su afecto y su piedad individuales y particulares, y que, a pesar de las providencias desconcertantes, se aferre al amor inolvidable de Dios. Dichosos aquellos que así se contentan con aceptar confiados las “todas estas cosas” necesarias aquí mencionadas; que han escuchado la invitación del Salvador y la han aceptado sin titubeo: “Venid a mí.” A salvo dentro del Refugio edificado sobre Él mismo, la Roca de los siglos, pueden cantar la canción de cuna de un antiguo viajero peregrino, impertérritos en medio de los lamentos de la tempestad: “En el tiempo de la tribulación me esconderá en su pabellón; en lo secreto de su tabernáculo me esconderá; me pondrá en alto sobre una roca.”
“Lo que tan oscuro a tu vista torpe aparece, puede ser una sombra, bien mirada, que hace doblemente brillante alguna luz. El rayo que derribó tu árbol, que ya no te abriga, deja que el suelo azul del cielo brille donde nunca antes brilló. El grito arrancado por el dolor de tu espíritu puede resonar en alguna lejana llanura, y guiar a un errante de vuelta a casa.”
“Soy como un portento para muchos; pero tú eres mi refugio fuerte” (Refugio).
“¿Por qué murmuré bajo la noche, cuando la noche tenía puentes de dorados escalones hacia ti? ¿Por qué grité desconsolado por la luz, cuando todas tus estrellas se inclinaban sobre mí?”
Oh bendito Redentor, ¿qué más necesito que esta, tu propia bendita palabra: que todo lo que sucede a tu pueblo es medido por Aquel que es demasiado bondadoso para mezclar ni una gota innecesaria o superflua en su cáliz de dolor? El que murió por mí lo dice; y lo dice de “mi Padre y vuestro Padre, de mi Dios y vuestro Dios.” A veces Él usa el cincel para dar forma al bloque arrancado de la cantera. Él ve las posibilidades de forma y de belleza en aquella masa tosca de piedra o mármol, aunque ello implique en el momento quebranto y laceración.
“Así pienso que las vidas humanas deben soportar el agudo cincel de Dios, si el espíritu anhela y se esfuerza por la vida mejor que no se ve; pues los hombres no son más que bloques a lo sumo, hasta que el cincel saca a la luz todo lo demás.”
Acudo con gratitud a este Refugio del Evangelio. No necesito otro. Sus ventanas miran por encima y más allá de todas las nubes tempestuosas hacia el cielo azul del firmamento. Sus muros atesoran esta promesa especial de la omnisciencia y el amor combinados de un Padre. Señalándolo puedo decir devota y confiadamente: “Acuérdate de la palabra a tu siervo, en la cual me has hecho esperar.”
“Este es el reposo: dejad descansar al cansado. Este es el lugar de reposo.” Isaías 28:12
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE PILGRIM'S CONFIDENCE
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.