La soledad endulzada

La corrupción que contagia la compañía impía

La compañía de los impíos contagia corrupción al alma; el creyente debe tratar lo necesario del mundo sin intimidad pecaminosa, y purificar diariamente su camino por el arrepentimiento y la justicia de Cristo.

Bajo la ley, quien tocaba cualquier cuerpo muerto quedaba contaminado. Y quien tenía una llaga que manaba, aun cuando lavara sus vestidos y se bañara en agua, quedaba inmundo hasta la tarde. Ahora bien, si aquello que solo representaba el pecado contaminaba bajo la ley ceremonial, ¡cuánto más el pecado mismo, fuente de toda inmundicia, ha de contaminar por doquier! ¡Ay! Así como aquel quedaba inmundo con solo tocar, aun sin advertirlo, el lecho donde yacía el que tenía la llaga, así yo soy contaminado, no solo por el pecado que surge en mi propio pecho, sino por oír y ver el pecado de otros. Pues la corrupción de mi naturaleza es tan grande, que estoy pronto a contraer el contagio. Y si no lo detesto, lo odio y lo aborrezco como debiera, entonces quedo contaminado por él.

¡Cuán perniciosa es, entonces, la presencia de los impíos! ¡Cuán dignos de evitarse son estos necios, cuyos compañeros están destinados a la perdición! ¡Cuán lúgubre aquella compañía, y cuán desagradable entrar en ella, donde Dios nunca llega, donde su gloria nunca resplandece! Ciertamente la gracia más bien necesita aceite para sostener su llama, que agua para apagar su fuego; pero agua es todo lo que puedo esperar de los impíos. ¡Oh, miserable del hombre que no tiene otro con quien caminar de día, ni otro con quien conversar de noche, ningún otro con quien tratar fuera, ni con quien discurrir en casa! Sin embargo, fuera del mundo hemos de salir, a menos que tengamos trato con los hombres del mundo. Sea esto, con todo, solo en los asuntos comunes de la vida; despáchese con poco gasto de tiempo precioso y sin contraer una íntima amistad con ellos, salvo con miras a hacer bien a sus almas inmortales. Y aun así, que los santos, los excelentes de la tierra, sean los compañeros escogidos de mi vida.

Hasta aquí, ¡ay!, he sido ignorante de mi peligro; pues los impíos están siempre arrojando flechas, teas y muerte, con sus burlas a la verdadera religión y sus frivolidades ante un mundo venidero. ¿Entre tales locos no he de ser herido? Por tanto, guárdeme cada día de que su inmundicia se me pegue; y báñeme en la justicia del Hijo de Dios por la fe; y purifique mi diario caminar, que, como la carne bajo la ley, es propenso a recibir la infección, mediante un arrepentimiento sincero; para que, al atardecer de mi vida, no me acueste contaminado en el sepulcro, y me levante en la mañana de la eternidad con la putrefacción del pecado.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: The company of the wicked corrupts

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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