Hay en el hombre un olvido obstinado de Dios; de modo que el Ser que lo hizo está habitualmente ausente de sus pensamientos. Para que él sea de nuevo traído cerca, debe haber una puerta abierta de entrada por la cual la mente del hombre pueda acoger la idea de Dios y entretenerla de buena gana; por la cual la imaginación de la Deidad se vuelva soportable, e incluso grata para el alma. De modo que, cuando está presente a nuestro recuerdo, debe ser la presencia sentida de quien nos ama y está en paz con nosotros.
Ahora bien, solo es por la doctrina de la cruz que el hombre puede así deleitarse en Dios y, al mismo tiempo, estar libre de ilusión. Este es el camino de acceso para que el hombre entre en amistad con Dios, y para que el pensamiento de Dios como Amigo entre en el corazón del hombre. Y así es que el sonido del amor de su Salvador lleva consigo un encanto fresco e incansable al oído del creyente. Es el precursor de un acto de comunión mental con Dios, y es saludado como el sonido de los pasos que se acercan de Aquel a quien sabes que es tu Amigo.
Cuando la mente, abandonada a sí misma, toma su propio camino espontáneo e indirigido, es seguro que se aparta de Dios. De ahí que, sin esfuerzo y sin vigilancia, caiga en un estado de insensibilidad con respecto a él. Mientras en el corrupto y terrenal marco de nuestra actual tabernáculo hay una constante gravitación del corazón hacia la impiedad; y, contra esta tendencia, es necesario aplicar el contrapeso de una fuerza tal que actúe sin intermisión, o por impulsos frecuentes y repetidos.
La creencia de que Dios es tu Amigo en Cristo Jesús es justamente el restaurador por el cual el alma es traída de nuevo del letargo en que había caído; y el gran preservativo por el cual se sostiene para no hundirse de nuevo en las profundidades de su alienación natural. Es alimentando esta creencia, y por una constante recurrencia de la mente a esa gran verdad que es el objeto de ella, como se mantiene en el seno un sentido de reconciliación, o la cercanía sentida de Dios como tu Amigo.
Y si la mente no va, por sus propias energías, a recurrir constantemente a esta verdad, es bueno que la verdad sea frecuentemente obtruida a la atención de la mente. "Regocijaos en el Señor siempre; otra vez digo: regocijaos." Si hay una propensión en el hombre, que sin duda la hay, a dejar escapar las cosas que pertenecen a su paz, es bueno estar presentándole siempre estas cosas ante su vista, y exhortarle a que les preste atención seria. No es que su juicio sea por ello informado, ni que su imaginación sea por ello recreada, sino que su memoria será despertada, y su tendencia práctica a olvidar o dormirse con respecto a estas cosas será de ese modo combatida. Y así hay ciertas cosas cuya repetición constante, por parte de los escritores cristianos, no debe pensarse que es gravosa, y de cualquier modo es segura.
Y hay una tendencia perpetua en la naturaleza no solo a olvidar a Dios, sino también a malentenderlo. No hay nada más firmemente entretejido con las constituciones morales del hombre que un espíritu legal hacia Dios, con sus aspiraciones, sus celos y sus temores. Deja que la conciencia se ilumine de algún modo, y un sentido de múltiples deficiencias respecto a la regla de la perfecta obediencia es del todo inevitable; y así hay siempre agazapado en los recovecos de nuestro corazón un temor y una desconfianza acerca de Dios: la secreta aprehensión de él como nuestro enemigo, una cierta desconfianza de él, o sensación de precariedad; de modo que tenemos poco consuelo y poca satisfacción mientras acogemos el pensamiento de él.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Chalmers
Título original: The Necessity of Repetition of Gospel Truths — parte 4
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.