Una antigua leyenda decía que el Calvario estaba en el centro de la tierra. Y así era, en verdad, pues la cruz fue el lugar de encuentro de dos eternidades: una eternidad pasada de gracia y esperanza, y una eternidad futura de fe, gratitud, amor y devoción. También es el centro de la tierra porque hacia ella vuelven los ojos de todos los creyentes en busca de perdón, consuelo, luz, gozo y esperanza. Así como desde todos los rincones del antiguo campamento los heridos por las serpientes miraban a la serpiente de bronce levantada en el centro del campamento, así desde todas las tierras los afligidos por el pecado miran en su arrepentimiento, y los heridos por el dolor miran en su angustia, hacia la cruz.
«Y él, cargando su propia cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota». La primera escena que contemplamos es la de Jesús saliendo del pretorio de Pilato llevando su cruz. La costumbre era que un condenado cargara hasta el lugar de la ejecución la cruz en la que habría de ser clavado. La cruz era pesada. Sin embargo, por pesada que fuera, la cruz de madera no era toda la carga que Jesús llevó aquel día. Sabemos que había otra todavía más pesada, pues Él llevó el peso del pecado del mundo. El antiguo profeta dijo: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas... y el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). Parece que ninguno de los apóstoles acompañaba a Jesús cuando salió hacia el Calvario. Juan cuidaba de María, a quien Jesús le había encomendado. Ella, con Juan y otros amigos, estaban poco después junto a la cruz. Otras mujeres se hallaban entre la gente, lamentándose con Jesús. A ellas Él las consoló aun en medio de su propio y profundo dolor.
Cuando tropezaba bajo el peso de su cruz, un transeúnte fue obligado a cargar su carga. Habría sido una extraña ironía que el hombre que llevó la cruz hubiera perdido la salvación, de la cual ella es instrumento y símbolo.
La siguiente escena nos muestra a Jesús siendo clavado en la cruz. No estaba solo, pues otros dos fueron crucificados con Él, aunque esto era contrario a la ley judía. Eran criminales, hombres que sufrían justamente por su pecado. Así fue «contado con los transgresores» (Marcos 15:28; cf. Is. 53:12). Pusieron a Jesús en la cruz del medio, como si hubiera sido el mayor de los criminales. Aquel era el lugar de la más profunda deshonra. Mientras colgaba allí, se hallaba en el punto más bajo de vergüenza del mundo, en el lugar del peor de los pecadores. Esto nos enseña que no hay etapa conocida de pecado o de culpa posible en la tierra, por baja que sea, a la cual Jesús no pueda y no quiera descender como Salvador.
Uno de los criminales que estaban a su lado fue salvo aquel día, levantado por Él de su culpa y de su pecado, y llevado en sus brazos al Paraíso. Esto nos muestra que ningún pecador está tan bajo en degradación o condenación que Jesús no pueda levantarlo hasta la gloria.
Pero mientras contemplamos a este pecador que fue salvo aquel Viernes Santo, no debemos dejar de mirar con tristeza a su compañero. Tuvo la misma oportunidad de salvación que el otro, pues estaba igualmente cerca de Jesús, podía oír sus palabras llenas de gracia, ver la sangre que caía de sus heridas y contemplar su paciencia y compasión. Sin embargo, este hombre no fue salvo. Permaneció impenitente, aunque tan cerca del Redentor moribundo. Cuando la gente dice que aceptará la oportunidad del ladrón moribundo en la cruz, arrepintiéndose a última hora, debe recordar que hubo dos ladrones moribundos, igualmente cerca de la cruz de Cristo, y que uno de ellos se perdió.
La siguiente escena nos muestra a Jesucristo en su cruz. «Pilato hizo un cartel y lo puso sobre la cruz. En él estaba escrito: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS». Jesús era en verdad el Rey de los judíos, su propio Mesías. Era también el Rey del mundo. Después de resucitar, dijo que toda autoridad le había sido dada en el cielo y en la tierra. En las visiones del Apocalipsis lo vemos en gloria como Rey de reyes. No parecía tener aspecto real aquella hora en la cruz. Era un trono extraño para un rey. Sin embargo, era su trono, y la crucifixión fue el punto de su más alta honra terrenal. Allí su gloria resplandeció como en ningún otro momento de toda su vida. El amor de Dios brilló desde la cruz. ¡Es el poder de la cruz el que hoy está transformando el mundo y atrayendo las vidas al Salvador!
Los gobernantes pidieron a Pilato que cambiara el título que había puesto sobre la cruz. Querían que escribiera solamente que Jesús había dicho ser el Rey de los judíos. Ellos mismos no querían que se sugiriera que Él era, en algún sentido, su rey. Pero Pilato se negó a hacer cualquier cambio en la inscripción. «Lo que he escrito, he escrito», declaró. Pronunció una verdad más profunda de lo que él sabía. Estaba haciendo un registro que permanecería para siempre, y que, a pesar de toda la injusticia y deshonor de aquel día, era verdadero.
Así también nosotros estamos escribiendo, todo el tiempo, de manera imborrable. Lo que hemos escrito, lo hemos escrito. Cada acto que realizamos, cada palabra que pronunciamos, cada pensamiento que concebimos y cada influencia que emitimos queda registrado para siempre. Esto es bueno cuando las cosas que hacemos son buenas, rectas y hermosas; pero es igualmente cierto cuando son cosas pecaminosas e impías. Debemos grabar esta verdad en el corazón y vivir de tal manera que escribamos en el registro imborrable de nuestras vidas únicamente cosas que estaremos gustosos de encontrar dentro de mil años. Nunca tenemos la oportunidad de repasar nuestros registros para corregir los errores que hemos cometido. Tal como escribimos las palabras, así quedarán.
La siguiente escena nos muestra a los soldados repartiéndose entre sí las vestiduras de Jesús. Podemos imaginar a estos hombres yendo luego por su deber, vistiendo las prendas que Jesús había usado durante su vida hermosa y santa. Podemos llevar la ilustración más lejos y pensar en nosotros mismos y en todos los redimidos como vestidos con las vestiduras que Jesús nos preparó aquel día en la cruz.
La escena de los soldados jugando a los dados por las escasas posesiones de Jesús, mientras se realizaba encima de sus cabezas el acontecimiento más trascendental de todos los tiempos, nos sugiere cuán indiferente es el mundo a la gloria de Dios y a las cosas gloriosas que Dios hace. Los hombres son irreverentes y permanecen sin conmoverse aun ante las cosas más santas.
La siguiente escena nos muestra un pequeño grupo de los amigos más queridos de Jesús, de pie cerca de la cruz, mientras Él soportaba sus dolores insondables. Allí estaban su madre y Juan, el discípulo amado. Cuando Jesús vio a su madre, su corazón se conmovió de compasión por ella, y la encomendó al discípulo amado, quien desde aquel momento fue como un hijo para ella, llevándola a su propia casa. En esta escena tenemos un hermoso comentario del quinto mandamiento.
Aun en su cruz, en medio de la angustia de aquella hora terrible, no olvidó a aquella que lo había engendrado, que había bendecido su tierna infancia y su indefensa niñez con su amor rico y abnegado. Todo joven, o toda persona mayor con padres vivos, que lea este fragmento de la historia de la cruz, debería recordar la lección y rendir el más alto honor de amor al padre o a la madre a quienes tanto debe.
La siguiente escena nos muestra a Jesús en su angustia de sed. En respuesta a su clamor: «¡Tengo sed!», uno de los soldados empapó una esponja en el vinagre agrio que se había provisto para los guardias y la alzó con una caña para que humedeciera sus labios. Esta es la única de las siete palabras de la cruz en la cual Jesús se refirió a su propio sufrimiento. Es grato pensar que uno de los soldados dio una respuesta amable a su clamor. Es el único destello de humanidad en toda la oscura historia de crueldad y dureza representada alrededor de la cruz. Es un consuelo para nosotros saber que aun una pequeña bondad fue hecha por Aquel que ha llenado el mundo con la fragancia de su amor, bendiciendo a tantos millones de sufrientes.
Para nosotros la lección es que debemos entrenarnos en obras de amable consideración hacia todos los que están en aflicción. Recordamos aquella hermosa palabra de nuestro Señor, de que dar aun un vaso de agua fría a un discípulo en su nombre no quedará sin recompensa (véase Mateo 10:42). Continuamente vienen a nosotros personas sedientas, e innumerables son las oportunidades de hacerles el bien en el nombre de Cristo. No debemos dejar de acercar el vaso a los labios que arden con la fiebre de la vida. Puesto que Jesús tuvo sed en la cruz y fue refrescado, aun siquiera por la humedad de una esponja llena de vinagre agrio, Él es rápido en reconocer y recompensar cualquier bondad a uno de los suyos que tiene sed.
La última escena nos muestra a Jesús muriendo. Él dijo: «¡Consumado es!». Entonces inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Fue un grito de victoria el que brotó de sus labios. Su obra estaba terminada. Había hecho cada día la obra que se le había dado para hacer aquel día, y cuando llegó la última hora del día no había nada que hubiera dejado sin hacer. Debemos aprender la lección y vivir como Él vivió, de modo que toda parte de nuestra obra esté terminada cuando llegue nuestro fin.
Pero ¿qué fue lo que se terminó cuando Jesús inclinó la cabeza en la cruz? Un cuadro famoso representa a Cristo levantado en alto, y debajo de Él una innumerable procesión de santos que avanzan saliendo de las tinieblas y entrando en la luz de su cruz. No cabe duda de que Él tuvo una visión tal de la redención mientras colgaba allí, pues se nos dice que Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, por el gozo puesto delante de Él. «¡Consumado es!» fue, por tanto, un grito de victoria al completar la obra de sufrimiento y sacrificio para que el mundo fuera salvo.
«¡Consumado es!»
Juan 19:30
Las tres horas de tinieblas estaban llegando a su fin. La luz comenzaba a abrirse paso. La Escritura nos dice que entonces Jesús clamó a gran voz. No fue el clamor del agotamiento y del desmayo; fue el grito de un vencedor. La cruz parecía derrota. Quienes no entendían nada del significado de la vida y de la muerte de Cristo pensarían en Él como un hombre que había fracasado, cuyos sueños y esperanzas habían perecido todos. Pero nosotros, que entendemos al menos algo del significado de su misión y del gran propósito de su vida, sabemos que nada fracasó. «Consumado es» fue el grito de un vencedor en la hora de su glorioso éxito. Anunciaba la terminación de su obra. Todo había sido cumplido aquello que Él se había propuesto hacer. Su obra estaba hecha. No le quedaba nada más por hacer. No había razón para que viviera una hora más, pues la última tarea ya estaba cumplida. Poco antes, en su oración en el aposento alto, había dicho: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese». Al decir en su muerte: «¡Consumado es!», quería decir que no quedaba absolutamente nada por hacer.
Sus amigos no pensaban así. Creían que su obra apenas comenzaba. Tenía solamente treinta y tres años, y a los treinta y tres consideramos que la vida no es más que un comienzo. Había estado apenas tres años en su ministerio público. Pensemos, además, en lo que habían sido esos años, cuán llenos de bendición para aquellos a quienes había tocado con su vida. Podemos imaginar a José y a Nicodemo tomando reverentemente su cuerpo de la cruz y preparándolo para la sepultura, lamentando su muerte prematura, hablando de lo que Él podría haber hecho si tan solo le hubieran concedido más tiempo. Sus discípulos también, en su angustia y su pérdida, hablarían entre sí de la terrible pérdida que habían sufrido. Él apenas había comenzado a vivir. Había recorrido pueblos y aldeas haciendo el bien durante tres años, sanando, consolando, ayudando, bendiciendo. ¡Qué habrían significado para el mundo cincuenta años de tal ministerio!
Hablamos del mismo modo de nuestros amigos humanos que son arrebatados en sus años tempranos. Sus vidas estaban llenas de promesa. Apenas habían comenzado a hacer cosas hermosas. Habían mostrado un poco del poder que había en ellos, para ser fortaleza de otros, consuelo de los afligidos, inspiradores de cosas nobles. Nuestros sueños para ellos apenas comenzaban a realizarse. Entonces, de pronto, se nos fueron, y todo terminó. Decimos que no podían ser sustituidos, que el mundo los necesitaba por más tiempo. Sobre sus tumbas levantamos la columna rota, símbolo de lo incompleto. Es entonces un gran consuelo recordar que la vida no se mide por el número de sus años, sino por lo que pone en los años, pocos o muchos, que se viven.
Vivimos en pensamientos, no en respiraciones. Vivimos en hechos, no en años.
Debiéramos contar el tiempo por latidos del corazón. Vive más el que más piensa, siente lo más noble y obra lo mejor.
Un millonario, hace poco, al morir mandó llamar a un clérigo y le dijo: «Doctor, he fracasado, pues he vivido arrastrándome». No había vivido deshonestamente; no había ganado su dinero tratando injustamente a otros, oprimiendo a los pobres, ni de manera alguna que los hombres llamaran mala. Los hombres decían que había vivido bien. Había fracasado, según su propio pensar, porque había vivido arrastrándose, viviendo como si fuera un gusano. Ochenta años de tal vida, con Dios, el cielo y el amor dejados fuera, por más descomunal que sea el éxito terrenal, no contarán tanto en la eternidad como un solo día de vida abnegada de amor, como la que Jesús vivió. Jesús, muriendo a los treinta y tres, había vivido más que cualquier hombre que hubiera alcanzado los ochenta años de egoísmo, de arrastre, de búsqueda de fama. Cuando un amigo muere temprano, con apenas unos años de vida, pero con esos años llenos de utilidad, de ayuda, de desinterés y de fiel cumplimiento del deber, no digamos que no había hecho su obra.
Otra verdad consoladora que surge de las palabras moribundas de Jesús es que Dios nos asigna nuestra obra, poca o mucha, y el tiempo en que debe hacerse. Jesús hablaba a menudo de su hora. Una y otra vez leemos que su hora aún no había llegado, queriendo decir la hora en que su obra estaría terminada y su vida terrenal concluida. «Su hora aún no había llegado». Entonces, al fin, dijo que su hora había llegado. El tiempo de su muerte no fue accidental. Él hablaba también de su obra como lo que el Padre le había dado a hacer. No era algo casual cuánta obra debía hacer, ni qué obra en particular debía ser. Todo le fue dado por su Padre. Cuando dijo en sus últimos momentos: «¡Consumado es!», quiso decir que todo lo que había venido al mundo a hacer, todo lo que el Padre le había dado a hacer, lo había hecho, y que ahora solo le restaba entregar su vida en las manos de Aquel que se la había dado.
Lo que fue verdad de Él, también lo es de nosotros. Hay un tiempo señalado para el hombre sobre la tierra, y cada uno tiene su misión, su obra que hacer. Sea breve o de muchos años, no importa; nuestro único cuidado debe ser hacer lo que se nos ha dado a hacer y llenar nuestros días señalados, cortos o largos, con el deber bien cumplido. No necesitamos afligirnos, entonces, si nuestro tiempo es corto, si solo se nos dan unos pocos años para trabajar. La fidelidad mientras dure el día es lo único con lo que debemos preocuparnos. Las cosas que queríamos hacer y anhelábamos hacer pero no pudimos, no eran parte de nuestra obra en absoluto; pertenecían a algún otro que vendría después de nosotros.
«¡Consumado es!» quería decir plenamente cumplido, hecho a la perfección. Ni una palabra quedó sin decir que fuera suya el decir. Nada, por pequeño que fuera, quedó sin hacer de lo que el Padre le había dado a hacer. Esto nunca puede ser verdad de nosotros. No hacemos nada a la perfección. Nuestra mejor obra está estropeada y llena de imperfecciones. Recibimos de Dios las páginas en blanco día tras día, y las devolvemos manchadas y tachadas. Nuestras vidas están llenas de vacíos, de descuidos, de deberes no cumplidos, de cosas dejadas sin hacer que debiéramos haber hecho. Pero toda la obra de Cristo fue completa. Nunca omitió una bondad que fuera suya el hacer, nunca pasó de largo al otro lado para evitarse un servicio de amor. Nunca estamos del todo seguros de la pureza de nuestros motivos, ni aun en las obras más sagradas y dignas que hacemos. «¿Quién de vosotros me convence de pecado?», podía decir Jesús mirando a los hombres a la cara. Pero ¿podemos nosotros decirlo siempre? ¿Por qué hacemos nuestras cosas buenas, nuestras cosas santas? ¿Es realmente por amor a Dios y, por tanto, por amor a los hombres, o es a veces por deseo de alabanza? Todo en nuestras vidas está salpicado de imperfección. Tenemos que pedir perdón divino aun por nuestros mejores actos, palabras y pensamientos.
Pero cuando Jesús dijo: «¡Consumado es!», miró hacia atrás sobre una obra de vida sin una sola falla, sin una omisión, sin el más leve desacierto en pensamiento, motivo u obra. Su vida fue sometida a la luz más escrutadora por los gobernantes en su afán de encontrar algo de qué acusarlo cuando buscaban justificación para crucificarlo. Pero, con todos sus esfuerzos por hallar una falla, en el resplandor de la luz más deslumbrante, no encontraron nada. Herodes lo devolvió a Pilato con el testimonio de que no había hallado en Él ninguna falta. Pilate declaró lo mismo después de examinarlo. Luego tenemos el testimonio del Padre, que mirándolo desde las nubes de gloria dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». La obra de Cristo no solo terminó cuando inclinó la cabeza en la cruz y dijo: «¡Consumado es!»; fue completada. Su vida fue perfecta.
«¡Consumado es!» En cierto sentido, nada de lo que Él había hecho estaba terminado; toda su obra apenas comenzaba. Lucas hablaba del tratado que había escrito como un relato solamente de «todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar». Todo continuaría para siempre. Esto es verdad de todo lo que nosotros mismos hacemos. Nos dicen que cada palabra pronunciada en el aire sigue vibrando a través del tiempo para siempre; que si arrojas una piedrecilla en el mar, comienza onditas que seguirán ondulando y ondulando hasta romper en toda orilla. Así es con cada palabra que pronunciamos, con todo lo que hacemos, con cada influencia que sale de nuestras vidas. Estamos iniciando cosas cada día que continuarán hasta la eternidad. Nada de lo que hacemos está jamás terminado. No podemos conocer el fin de ningún acto, de ninguna palabra.
Lo mismo fue verdad de la vida y la obra de Cristo. Él solo comenzó la redención del mundo. Vive para siempre a la diestra de Dios, intercediendo por su iglesia, bendiciendo y salvando al hombre. Su vida pareció un fracaso el día que pronunció esta palabra. Apenas había hecho una leve impresión en el gran mundo. Había reunido solo a unos pocos amigos, y eran hombres sin distinción, sin poder ni rango entre los hombres. Había estado enseñando durante tres años, pronunciando palabras de sabiduría divina, pero no habían sido escritas, y parecían ahora completamente perdidas. Había miles de comienzos de bendición, pero eran solo los más tenues comienzos, como semillas arrojadas en el suelo.
Sabemos lo que es el cristianismo hoy. Las palabras que Jesús pronunció, que parecían del todo perdidas el día de su muerte, han estado llenando el mundo con sus bendiciones. La influencia de su vida, que entonces solo había tocado a unas pocas vidas humildes, ha tocado desde entonces a naciones y generaciones, y ha transformado al mundo entero, ha transformado a millones de vidas, y está levantando a las naciones desde el paganismo hacia la santidad y la felicidad. Los comienzos de aquel primer Viernes Santo se han desarrollado hasta convertirse en un reino glorioso de luz y de amor.
«¡Consumado es!» Cuando Jesús dijo esto, había llegado al fin de sus sufrimientos. Toda su vida había sido un sufriente. Vino al mundo para redimir al mundo mediante el dolor y el sufrimiento. Fue el Varón de dolores, conocedor del quebranto. Quizá estemos hoy en peligro de perder de vista el lugar que tiene el quebranto de Cristo en la redención del mundo. En el libro de G. Campbell Morgan, «Las crisis del Cristo», hay un capítulo titulado «El Dios herido». El título es sobrecogedor. El doctor Morgan nos recuerda que es imposible omitir del Cristo ascendido y reinante las heridas que Él lleva. Son parte de su personalidad. En gloria aparece como un Cordero que ha sido inmolado. Él fue nuestro Salvador sufriente.
Recordamos cuán vívidamente esto está retratado aun en el Antiguo Testamento. Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Cuando dijo: «¡Consumado es!», acababa de pasar por las tres terribles horas de tinieblas. Lo que tuvo lugar en su experiencia durante esas horas, ningún mortal podrá jamás saberlo. Solo sabemos esto: que en las profundidades misteriosas de aquellas horas, la redención humana fue consumada. Fue entonces cuando Él nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición. Fue entonces cuando Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él.
Al oír su palabra de alivio: «¡Consumado es!», sabemos que la obra del amor redentor había sido consumada. El significado infinito de los sufrimientos que Él soportó en aquellas horas no podemos sondearlo; la tierra no tiene cuerda suficientemente larga para medir aquellas profundidades santas; pero sabemos que de lo que se hizo en el Calvario en aquellas horas provienen todas las esperanzas de nuestras vidas. Cada uno de nosotros tuvo parte en aquellos dolores suyos. De algún modo misterioso, nuestros pecados le fueron imputados, parte de la oscuridad espantosa que oscureció el sol y que también, por un tiempo, escondió el rostro del Padre del Santo Sufriente. De algún modo, lo que allí aconteció nos libertó de la maldición del pecado.
«¡Consumado es!» fue el primer anuncio de la consumación de la redención. Fue la primera proclamación del evangelio después de que el precio había sido pagado. El Redentor mismo hizo el anuncio. Oigámoslo hoy. La redención está consumada. Podemos estar seguros de la vida eterna si recibimos a este Salvador como nuestro Salvador. Nada quedó sin hacer en aquellas horas que necesitara hacerse para abrirnos el camino hacia Dios, para quitar el pecado y para proveer salvación eterna a todo aquel que la acepte.
«¡Consumado es!» Pensemos un momento en estas palabras como palabras que nosotros mismos debemos pronunciar, cada uno de nosotros. Siempre estamos terminando algo. Una a una, los deberes vienen a nosotros, y debemos terminarlos pronto y dejarlos. ¿Cómo los estamos terminando? ¿Los hacemos lo mejor que podemos, o con negligencia? Uno a uno los días nos llegan, blancos y hermosos, de parte de Dios. ¿Qué estamos haciendo con ellos? ¿Qué estamos escribiendo en sus páginas limpias? Uno a uno, en rápida sucesión, las oportunidades nos llegan, oportunidades de ser amables, de ser pacientes, de perdonar, de ayudar a otros, de honrar a Cristo, de testificar de Él, de sembrar una semilla de verdad en un corazón, y debemos atenderlas con prontitud, porque un momento después ya habrán pasado. ¿Qué estamos haciendo con nuestras oportunidades?
Estamos terminando cien cosas cada día. ¿Qué estamos terminando? ¿Cómo estamos terminando las cosas que hacemos? Pronto llegaremos al fin de todo nuestro vivir, haciendo nuestra última tarea, diciendo nuestra última palabra. Cuando lleguemos al fin de todo nuestro vivir y hacer, ¿qué estará terminado? ¿Qué dejaremos atrás? ¿Será algo que haga al mundo para siempre mejor, más puro, más santo? Cuando tú y yo digamos: «Consumado es», ¿qué habrá terminado?
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Crucifixion of Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.