No es obra del Espíritu producir dudas y temores, sino vencerlos. Y, con todo, estamos continuamente sujetos a ellos. Pensamientos incrédulos cruzan la mente; dudas y cuestionamientos se insinúan; Satanás se afana en presentar sus argumentos; una conciencia culpable cae con demasiada facilidad bajo sus acusaciones; los recuerdos dolorosos de deslices, caídas y retrocesos pasados fortalecen el poder de la incredulidad, de modo que llegar a un punto donde no haya la menor sombra de duda de las realidades divinas, y lo que es mucho más, del propio interés salvador en ellas, es una circunstancia rara, y solo alcanzable en aquellos momentos privilegiados en que el Señor se complace en resplandecer en el alma y arreglar el asunto entre él y nuestra conciencia.
Pero esas mismas dudas, esos mismos cuestionamientos, esos temores cortantes y mortificantes, esas ansiosas sospechas, obran juntamente para bien y son misericordiosamente ordenadas para nuestro provecho espiritual. ¿Qué otra cosa nos ha traído a este punto en que nada menos que la demostración satisfará al alma verdaderamente nacida y enseñada de Dios? Ha de tener demostración; nada más le basta. No podemos vivir y morir sobre incertidumbres. No basta estar siempre en un estado en que no sabemos si vamos al cielo o al infierno; ser arrojados de un lado a otro en un mar de incertidumbre, apenas sabiendo quién gobierna la nave, cuál es nuestro destino, cuál nuestro rumbo presente o cuál será el fin del viaje.
Toda sabiduría humana nos deja en este mar de incertidumbre. Es útil en la naturaleza, pero inútil en la gracia. Sería necio y absurdo despreciar toda sabiduría, ciencia y conocimiento humanos. Sin ellos seríamos una horda de salvajes vagabundos. Pero es peor que necio hacer de la sabiduría humana nuestra guía hacia la eternidad, y hacer de la razón el fundamento de nuestra fe o esperanza. Lo que así crees hoy, lo negarás mañana. Queremos, pues, demostración que disipe todos estos ansiosos cuestionamientos y asiente firmemente el asunto entero en nuestro corazón y conciencia; y esto nada puede darlo sino el Espíritu, revelando a Cristo, tomando de lo que es de Cristo y mostrándolo, aplicando la palabra con poder a nuestros corazones, y trayendo la dulzura, la realidad y la bienaventuranza de las cosas divinas a nuestra alma. Solo así vence él toda incredulidad e infidelidad, toda duda y temor, y nos asegura con dulzura que todo está bien entre Dios y el alma.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: September 11
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.