Necesidades suplidas por Dios

La deuda de amor que debemos al Señor Jesús

El creyente es el mayor deudor del universo; ante el amor de Cristo que lo rescató del infierno y lo elevó al cielo, toda la vida entera resulta poco para pagar.

No hay en el universo un deudor mayor que el creyente en Jesús. El hombre natural debe mucho a Dios, diez mil talentos; pero el hombre renovado le debe diez mil veces más: una deuda de amor, gratitud y servicio que ningún número puede computar ni la eternidad más larga pagar. Es muy saludable tener siempre presente nuestra deuda para con Cristo. Somos propensos a olvidarla y a imaginar que algún pequeño servicio, algún acto de obediencia o alguna temporada de sufrimiento ha cancelado en parte la inmensa obligación que tenemos con Dios; e incluso nos tienta la ilusión de que, con nuestros sacrificios, hemos hecho al Señor nuestro deudor.

Pero esto no será el reflejo de un corazón que ama de verdad a Cristo, de uno que, considerando lo que Jesús hizo por él, exclama: «Fuese toda la naturaleza mía, ofrenda sería demasiado breve; amor tan grande, tan divino, exige mi alma, mi vida, mi todo». Debemos a Jesús un amor supremo, obediente y abnegado. Si hay un ser en el universo a quien no sería exagerado amar con cada latido del corazón, ese es Jesús. Ese amor supremo no rompe ni menoscaba los demás afectos: el amor conyugal, el paternal y el filial pueden convivir en armonía con el amor supremo a Cristo, que los reconoce y los santifica, elevándose sobre ellos como el sol sobre los planetas.

Debemos a Jesús servicio incansable, porque la verdadera religión es práctica y el amor divino en el alma es siempre constreñidor. Le debemos también nuestros talentos, nuestro tiempo y nuestros bienes, pues no somos nuestros, sino de Cristo; y si le retenemos lo que es suyo, somos mayordomos infieles. ¿Podemos jamás hacer o sufrir demasiado por aquel que pagó toda nuestra gran deuda de obediencia, sufrimiento y muerte? ¡Oh no! Alma mía, ¿cuánto le debes a mi Señor? Le debo mis talentos, mi tiempo, mis bienes, mi todo: cuerpo, alma y espíritu, en el tiempo y en la eternidad.

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: THE LORD MY CREDITOR

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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