No nos sorprende que los apóstoles se agitaran al pensar que uno de ellos traicionaría a su amado Maestro. Pero nos sorprende que, al mismo tiempo, disputaran quién sería el mayor. Semejante contienda habría sido pecaminosa en cualquier momento, pero resultaba especialmente impropia en esta ocasión. Su Maestro iba a sufrir la vergüenza más profunda y el tormento más agudo; su espíritu estaba turbado y su alma sumamente angustiada. Todos sus seguidores debieran haber estado absortos en el deseo de consolarlo. En vez de disputar quién sería el mayor, debieran haberse exhortado mutuamente a permanecer unidos a su Señor en la hora de prueba.
¡Cuán fácil nos resulta percibir cómo debieron haberse conducido! Pero ¡cuán difícil nos es actuar como debiéramos! El deseo de ser grandes, y de ser más grandes que los demás, está profundamente arraigado en nuestra naturaleza pecaminosa. Aun después de habernos vuelto a Dios, esta mala propensión nos perturba. A menudo la traicionamos en nuestra conversación, sin advertir el espíritu que nos mueve. Nos deleita hablar de la estima que otros nos profesan, de los esfuerzos que hemos realizado, de los planes que hemos propuesto y de la influencia que hemos obtenido. Aun cuando guardamos silencio sobre estos asuntos, porque nos parece impropio alabarnos a nosotros mismos, con frecuencia abrigamos sentimientos de autocomplacencia y nos exaltamos cuando otros nos notan y nos elogian. No sería así con nosotros si estuviéramos absortos en la gloria de Cristo. Entonces desearíamos solo hablar de sus maravillas, de su poder y de la gloria de su reino. Si habláramos de nosotros mismos, sería con el fin de mostrar su paciencia y su fidelidad.
Debe haber dolido al Señor oír a sus discípulos disputar por el primer lugar en su reino. Pero no quiso pronunciar una reprensión severa mientras participaba con ellos de su última cena. Había procurado enseñarles humildad lavándoles los pies, y continuó con las persuasiones más suaves imprimiendo la lección en sus corazones. Pero sabía que las circunstancias pronto les enseñarían cuán indignos eran aun del último lugar en su reino. Aquella noche lo abandonarían todos. Cuando lo volvieron a ver después de su resurrección, no disputaron más quién sería el mayor; pues cada uno sintió que había perdido todo derecho aun al último lugar. Así obrará Jesús con nosotros si abrigamos orgullo en el corazón. Es admirable ver cómo él humilla a su pueblo ante sus propios ojos. A veces permite que tropiecen por un momento, para que no caigan en perdición eterna. Les ha reservado los más altos honores, lugares a su mesa y tronos en su reino, pero debe prepararlos para la exaltación mediante una profunda humillación. Sabe cuándo están en peligro de envanecerse, y a veces, en su misericordia, envía una aflicción para mantenerlos humildes.
Así obró con el apóstol Pablo. Estas son las propias palabras del apóstol: «Para que no me exalte demasiado por la grandeza de las revelaciones, me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me exalte demasiado» (1 Cor. 12:7).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The apostles dispute concerning which shall be greatest
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.