Pensamientos vespertinos

La dulce soledad del creyente que nunca está solo

Cristo recorrió un camino solitario, pero nunca estuvo abandonado. Así también el creyente descubre en su soledad la presencia cercana del Padre, que acompaña, consuela y sostiene cada paso del camino.

Nuestro Señor vivió una vida solitaria. Cierto que se mezcló con los hombres, trabajó por ellos, los amó y se acercó a ellos; pero pisó el lagar solo, y de los pueblos nadie hubo con Él. Y, sin embargo, no estaba completamente solo. Las criaturas, una a una, habían desertado de su lado dejándolo sin hogar, sin amigos, solo; pero había Uno cuya presencia, siempre cercana, siempre luminosa, siempre consoladora, suplía con creces toda ausencia. Por eso pudo decir: «El Padre no me ha dejado solo».

Los discípulos de Cristo, como su Maestro, se sienten a menudo solos. La enfermedad, el duelo, la prueba suelen traer consigo una tristeza más profunda por la conciencia de estar atravesándolos en soledad. El camino celestial es, en gran medida, un camino solitario. Apenas encontramos compañeros; es un rebaño pequeño, y solo de vez en cuando topamos con un caminante que, como nosotros, marcha hacia la Sión de Dios. Pero la soledad del cristiano tiene su dulzura. Cristo la probó, y durante todo el camino solitario se apoyó en su Padre.

Tú tampoco estás realmente solo. Cristo y tú son uno; por su Espíritu habita en tu corazón y participa de cada circunstancia en que te halles. No puedes estar sin amigo, pues Cristo es tu amigo; no puedes estar sin familia, pues Cristo es tu hermano; no puedes estar desprotegido, pues Cristo es tu escudo. ¿Necesitas un brazo donde apoyarte? Él lo extiende. ¿Un corazón donde reposar? Él te invita a su confianza. Oh, dulce soledad, endulzada por un Salvador así, siempre presente para consolar, aconsejar y proteger.

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - January 31

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura