Pocas cosas tienen tanta importancia vital para los jóvenes—como el carácter de sus amigos de los primeros años. Los turistas que recorren los Alpes escalan las montañas atados unos a otros con cuerdas, para que puedan ayudarse mutuamente. ¡Pero a veces uno cae y arrastra consigo a los demás! Así los amigos a quienes los jóvenes se unen los ayudarán a subir hacia una belleza más pura y una excelencia más sublime—o los arrastrarán hacia un carácter manchado, y acaso hacia una pureza empañada.
Un amigo debe ser alguien en quien podamos confiar plenamente. Es la prueba más verdadera de la amistad que puedas expresar las confidencias más inviolables, viviendo como una vida transparente en presencia de tu amigo, sin temer por un instante que traicione o maluse las intimidades que le has descubierto. Semejante confianza es imposible sin un trasfondo de integridad y de carácter cabal.
Si tienes la menor duda de la verdad y el honor de un hombre, si lo crees capaz de ser desleal aun en el pensamiento, no puedes llevarlo a la sagrada relación de la amistad. La historia conocida de Alejandro y su médico ilustra bien la confianza que la amistad debe poder dar. El rey estaba enfermo, y recibió una nota que le decía que su médico intentaba darle veneno bajo la apariencia de medicina. La leyó y la puso bajo su almohada, y cuando el médico entró—tomó la copa que se le ofrecía y, mirándole tranquilamente a la cara, bebió la poción. Entonces sacó la nota y se la dio a su amigo. Es imposible concebir una confianza más perfecta que esta. Semejante confianza no podría ejercerse jamás en alguien de cuya integridad pudiéramos tener la más leve sospecha. La primera cualidad esencial en un amigo es, por tanto, un alma de verdad sin mancha.
Además, un amigo debe ser alguien que no se canse de nosotros—cuando descubra las faltas e imperfecciones que hay en nosotros. Conocemos a la gente en sociedad, y nos ve a través del encanto de la distancia—que presta encanto, ocultando nuestras cualidades desagradables o extendiendo sobre ellas un colorido engañoso. Algunos rostros que parecen muy atractivos cuando están velados—revelan muchas manchas cuando se ven al descubierto. Hay pocos caracteres que no muestren rasgos desagradables en el trato íntimo, que no eran evidentes en la interacción ordinaria de la vida social. Caminamos ante nuestros amigos más íntimos—y ellos ven a menudo mucha nimiedad, orgullo y vanidad bajo el delgado barniz de nuestros modales sociales. Aun en lo mejor de nosotros—hay rasgos desagradables que la intimidad cercana pone al descubierto.
Al elegir amigos queremos aquellos que no se aparten cuando conozcan nuestras faltas. La verdadera amistad ha de ser una armadura contra todos tales descubrimientos. Ha de tomarnos para bien—o para mal. No queremos amigos en cuya presencia debamos llevar una máscara de reserva—sino aquellos que, viéndonos y conociéndonos tal como somos, nos amen a pesar de las manchas, procurando sabiamente, aunque no entrometidamente, la remoción de nuestras faltas y la elevación de nuestro carácter. Solo una grandeza de corazón es suficiente para esta necesidad esencial.
Entonces debemos elegir amigos que nos sean provechosos. Toda amistad deja su impresión en nosotros. Hay toques que marchitan, y hay toques que son bendición. Un corazón joven e inocente es tan delicado en su belleza—que un soplo de maldad lo deja manchado. No podemos permitirnos llevar a nuestra vida, ni siquiera por un breve tiempo—una compañía impura. Dejará un recuerdo que dará dolor—aun en los años más santos posteriores.
Hay comprendido en la idea de la amistad el elemento de la ayuda mutua. Crece entre dos amigos una especie de comunión sagrada. Lo que uno tiene—el otro debe compartirlo—sea tristeza o gozo. Cualquier experiencia que pase sobre las cuerdas de un corazón—se hace eco también desde el otro. Cuando hay una copa de alegría, dos corazones beben de ella. Cuando hay una carga, hay dos hombros bajo ella. La amistad no conoce límite en el dar. Su gozo no está en recibir—sino en impartir. No es, por tanto, exigente en sus demandas ni pronta a quejarse de un aparente descuido. Queremos amigos desinteresados, que nos cuiden por nosotros mismos. Queremos aquellos que nunca se cansen de llevar nuestras cargas. Podemos tener tristeza y adversidad. Podemos llegar a ser una gran carga en el futuro, incapaces de dar nada a cambio salvo un amor agradecido. Quien se hace nuestro amigo toma sobre sí muchas posibilidades de sacrificio y de servicio desinteresado. Puede costarle mucho. Debe ser alguien que no se canse de estas cargas, si llegan a imponérsele. Debe estar listo para compartir nuestras flaquezas, y no cansarse de ayudarnos.
Hay amistades que hacen esto. La más santa de todas—es la paternal. He visto a un niño crecer deforme, o ciego, o sordo, o acaso deficiente mental, de modo que siempre fue una carga y un cuidado, nunca un orgullo ni un gozo. Y sin embargo, a través de los años, los corazones paternales se aferraron a él con el más tierno afecto, sin cansarse jamás de la carga, ministrando con una paciencia y una dulzura casi divinas todo el tiempo. Luego he visto a inválidos que nunca podrían ser sino inválidos, a quienes había que trabajar por ellos y vigilarlos, año tras año; que había que llevar de una habitación a otra y subir y bajar escaleras como niños indefensos. No había ni la sombra de una esperanza de que jamás pudieran recompensar el trabajo que costaban, ni aun aliviar la carga que exigían de quienes los amaban.
Aun fuera del hogar y de los lazos familiares he visto amistades que nunca vacilaron bajo cargas que eran pesadas, y que nunca podrían disminuir.
No sabemos qué puede sobrevenirnos en los años no revelados, y necesitamos amigos que nunca se cansen de nosotros, aun si llegara lo peor. Queremos amigos en la prosperidad y la riqueza, que se apeguen a nosotros aún más lealmente si la desgracia y la pobreza nos despojaran de todo. Tales amigos son raros. Solo el desinterés más puro está a la altura de tales pruebas.
Además, al elegir amigos, debemos tomar solo a aquellos con quienes podamos esperar camar más allá de la muerte. ¿Por qué formar aquí lazos cercanos y tiernos—para que se rompan para siempre en la muerte? ¿Por qué uncir yugo desigual con los incrédulos? La amistad alcanza su significado más alto y verdadero—solo cuando une dos vidas en todo punto—no en la naturaleza inferior solamente—sino también en la superior, y con miras al futuro eterno. Debemos buscar, pues, para nuestros amigos íntimos, solo a los que son hijos de Dios. Entonces la trama que tejemos en nuestros años de amor, jamás será rasgada ni rota.
Habiendo elegido a unos cuantos amigos así, no debemos dejarlos salir jamás de nuestras vidas si de algún modo podemos retenerlos. La verdadera amistad es un tesoro demasiado raro y sagrado para echarlo a la ligera. Y, con todo, muchas personas no se cuidan de retener a sus amigos. Algunos los pierden por inatención, al descuidar aquellas pequeñas atenciones, cortesías y amabilidades que tan poco cuestan, y que sin embargo son garfios de acero para asir y retener a nuestros amigos. Algunos abandonan a los viejos amigos por nuevos. Algunos se ofenden con facilidad por imaginedos agravios o descuidos, y rompen despiadadamente los lazos más sagrados. Algunos se impacientan ante pequeñas faltas, y descartan aun la amistad más verdadera.
Algunos son incapaces de ningún afecto profundo ni permanente, y vuelan de amistad en amistad como aves inquietas de rama en rama, sin hacer nido en su corazón en ninguna. Entonces, las bellas amistades son a menudo destruidas, no por ninguna riña aguda y repentina—sino por un lento e imperceptible alejamiento hasta que se abre un gran abismo entre dos vidas que una vez estuvieron sagradamente entretejidas.
Hay muchísimas maneras de perder amigos. Pero cuando una vez hemos tomado almas verdaderas en el abrazo de nuestros corazones, debemos acariciarlas como las más raras joyas. No hay riqueza en el mundo como una noble amistad, y nada debería inducirnos a sacrificar tal tesoro. Si se dan agravios—que se pasen por alto. Si surgen malentendidos—que se arreglen pronto. No dejen que el orgullo, ni el genio vivo, ni el egoísmo frío, arrojen con desdeño una amistad por cualquier causa trivial. No es difícil perder a un amigo—¡pero la pérdida es del todo irreparable!
Que no se pase por alto que nosotros, como amigos, debemos estar listos para ser y para hacer—todo lo que esperamos que nuestros amigos sean y hagan. Si fijamos para ellos un alto nivel, ese nivel debe ser también el nuestro. No se puede dar guijarros—y pedir diamantes a cambio.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: On the Choice of FRIENDS
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.