La vida de Cristo para cada día

La espada de Pedro y la copa del Padre

Pedro creyó defender a su Maestro con la espada, pero Jesús le revela que su entrega cumplía las Escrituras. El cántaro amargo que el Padre le dio a beber fue cargado por amor a los suyos.

¡Cuál no sería el consternación de los apóstoles al ver a su Maestro en manos de sus enemigos! No debe extrañarnos que uno de ellos desenvainara la espada para atacar al siervo del sumo sacerdote. Podríamos haber conjeturado que fue Pedro quien cometió aquel acto temerario, pero no estamos dejados a la incertidumbre. Juan nos informa que fue Pedro. Quizá los demás evangelistas, al escribir sus evangelios durante la vida de aquel apóstol, temieron exponerlo al peligro revelando su nombre; en cambio Juan, que se supone escribió su relato después de la muerte de Pedro, no tenía motivo para ocultarlo.

Es evidente que Pedro había malentendido a su Señor cuando, en la mesa de la cena, le oyó decir: «El que no tiene espada, venda su manto y compre una». Si Jesús hubiera querido que sus discípulos pelearan, no habría reprendido la temeridad de Pedro con las palabras: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán». Estas palabras contenían no sólo una reprensión, sino también una profecía de las terribles calamidades que vendrían sobre los impíos que ahora blandían espadas contra su legítimo Rey, el Hijo de Dios. Sin duda Pedro se asombró al descubrir que su conducta era desaprobada por su Maestro. Debió pensar que Jesús se complacería al ver que, en vez de abandonarlo y negarlo, él estaba dispuesto a pelear por él contra una multitud armada. Cuando había jactado de su fidelidad, poco imaginaba en qué forma vendría la tentación sobre él. La vista de la banda asesina no lo aterró tanto como las palabras de la criada en el palacio del sumo sacerdote. Solo Dios sabe qué circunstancias resultarían las más difíciles para cada uno de nosotros, pues solo Él conoce lo que hay en cada uno de nuestros corazones. Podemos haber superado algunas tentaciones que parecen muy grandes, y sin embargo ser vencidos por otras que parecen menos formidables. Nadie está seguro sino aquel que, sin poner confianza en su propio corazón, espera continuamente en el Señor para luz y fortaleza.

¡Cuán inútiles fueron los intentos de Pedro por defender a su Señor! Si Jesús hubiera tan solo pronunciado la palabra, cada uno de sus enemigos habría quedado cautivo de un poderoso ángel, y Él mismo habría vuelto a sentarse en su trono de luz. Si hubiera llamado a su Padre, más de setenta mil ángeles habrían venido volando en su rescate. Sin embargo, se abstuvo de pronunciar la palabra. ¿Y por qué? Él mismo dio la razón: «¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras, de que es necesario que así se haga?». Su Padre, desde el principio, había declarado que proveería un sacrificio por los pecados de los hombres. Cumplir cada palabra que su Padre había hablado era la gloriosa obra del Hijo de Dios. Juan registra una expresión conmovedora que Él usó en esta ocasión: «La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la beberé?». ¿Seremos capacitados, en el día de nuestra angustia, para pronunciar estas palabras? Mas si somos sus hijos, el Padre nunca nos dará a beber una copa tan amarga como la que dio a su amado Hijo. Aquella copa fue amarga porque contenía su ira contra nuestros pecados. Pero toda copa que Dios da hoy a sus hijos está endulzada por su amor, pues Él ha dicho: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo». Ninguna mente humana puede concebir lo que contenía aquella copa que Jesús bebió por nosotros. Las almas perdidas conocen su sabor, pues de ellas está escrito: «Beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido derramado puro en el cáliz de su indignación» (Ap. 14:10). Pero los redimidos nunca lo probarán. ¿Nos ha perdonado Jesús nuestros pecados? Entonces nuestra copa podrá contener dolor, pobreza, pérdida, prisión o muerte, pero ni una gota de la ira de Dios. Tomémosla con gratitud de la mano de nuestro Padre; y aunque las lágrimas corran por nuestras mejillas y los sollozos casi ahoguen nuestra voz, digamos: «La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la beberé?».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Peter cuts off the ear of the high priest's servant

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura