LA EXALTACIÓN DE LA HUMANIDAD
LA EXALTACIÓN DE LA HUMANIDAD
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? Y el hijo del hombre, para que lo visites? Pues lo has hecho un poco menor que los ángeles, y lo has coronado de gloria y de honra.» —Salmo 8:4, 5
Este Salmo, como muchos otros, tiene una doble aplicación. Ningún lector sencillo habrá dejado de impresionarse al recorrerlo por la mezcla que se da en todo él de referencias al «hombre» y a alguien infinitamente superior. En el primer versículo de nuestro texto, el sagrado escritor aparta la mirada de las maravillas de Dios en los cielos estrellados para fijarlo en el ser favorecido de la tierra, sobre quien ha derramado muestras tan distinguibles de su amor. Y, sin embargo, inmediatamente después, parece, por inspiración profética, mezclar su contemplación de la humanidad en la criatura con la contemplación de la humanidad en el futuro Verbo encarnado. Sería superfluo detenerse en demostrar que el pasaje no puede aplicarse al hombre por sí solo, y cómo las expresiones «lo has coronado de gloria y de honra», «lo pusiste sobre las obras de tus manos», «todas las cosas las sometiste debajo de sus pies» tienen una significación más alta y divina. Cualquier prueba de esto es innecesaria, pues contamos con comentario y autoridad inspirados, en el segundo capítulo de Hebreos, que lo aplican a Cristo.
Al discurrir, pues, con la bendición de Dios, sobre estas palabras, quisiera que tuvieran presente, como rasgo más interesante, esta doble referencia en cierto modo notable; la identificación, por así decirlo, de las dos humanidades. Venid, y meditemos con reverente devoción sobre el tema que así se abre ante nosotros; porque es el que hoy se habrá de poner delante en el visible memorial sacramental: «el gran misterio de la piedad, Dios manifestado en carne».
Dirijamos nuestros pensamientos a estas sucesivas visiones de la exaltación de la humanidad —
I. En el propósito divino.
II. En la encarnación del Hijo de Dios.
III. En la ascensión de Cristo.
IV. En el día del juicio.
V. Por toda la eternidad.
I. La exaltación de la humanidad en el PROPÓSITO DIVINO.
Formaba el gran designio divino, por así decirlo, antes de que la tierra fuera hecha, cuando Dios moraba solo en las soledades del espacio infinito.
En medio de los innumerables mundos que en lo futuro poblarían su universo, hubo uno escogido para convertirse en escenario de una manifestación de amor sin igual: el mismo Creador todopoderoso, condescendiendo a asumir la naturaleza humana en unión con la divina, a fin de exaltar esa naturaleza, caída y degradada, a gloria y honra. Tenemos en la Escritura oscuras y vagas insinuaciones de este sublime designio. Hay destellos de luz que irrumpen aquí y allá desde los repliegues de la eternidad, desplegando la grandeza del destino humano tal como fue contemplado antes del nacimiento del tiempo.
Sin que en modo alguno defendamos tal interpretación con afirmaciones categóricas, ha sido considerada, al menos, por los expositores como posible que, en un conocido capítulo de la Biblia, bajo la personificación de la Sabiduría, Cristo mismo pueda entenderse declarando que «desde la eternidad, antes que la tierra fuese, sus delicias estaban con los hijos de los hombres», como si descendiera, mientras nuestro globo aún era informe y vacío, a visitar el gran teatro del padecimiento de su alma y de la salvación del hombre (Prov. 8:23-31).
En una Escritura aún más antigua, la Bienaventurada Trinidad, en sus inefables consejos, parece intimar el desarrollo de algún magnífico plan en conexión con la creación del mundo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen», palabras que tienen una referencia primaria a la formación de aquel en estado de pureza e inocencia, y por tanto un reflejo del Original divino, el Dios incriado; pero que en su plena significación complementaria solo pueden aplicarse a Jesús, el gran Ideal de la humanidad, el Hombre perfecto, aquel que por preeminencia distintiva es «LA Imagen del Invisible». Si tenemos razón para creer que la recién nacida Tierra detuvo la contemplación interesada de otros órdenes de seres inteligentes —poco al menos sospecharían ellos de honor tan sobresaliente que le aguardaba— cómo el primer destello de luz recién nacida que apareció, atravesando el caos, cayó sobre el reino que un Dios encarnado había de redimir, en el cual habría de asumir la naturaleza de una criatura finita y en ella albergar al Infinito. A medida que se fue tornando más luminosa, disipándose las tinieblas que la cubrían, luciendo el sol sobre su fresco verdor, ¡bien podían las Estrellas de la Mañana, con jubilosas notas de júbilo, cantar a una, y todos los Hijos de Dios dar gritos de alegría!
Contemplemos —
II. La exaltación de la humanidad en la ENCARNACIÓN del Hijo de Dios.
«¡Manifestado en carne!» ¡Cuán magnífica aparece la naturaleza caída, aun en sus ruinas, al convertirse en el mismo santuario y morada de la Deidad! El viajero recorre con emoción los lugares consagrados como morada de los grandes muertos. Se detiene reverentemente entre las columnas rotas y los capiteles de la antigüedad, asociando su misma desolación con ilustres sabios y héroes, nombres trazados de manera imperecedera en las tablas de la historia. ¡Cuán sublime, podemos casi decir, imponente, el pensamiento de que cada hombre tiene dentro de sí un Templo con asociaciones, no, con realidades, incomparablemente más grandiosas: que el espíritu humano, destrozado por el pecado, es la misma morada en que la Deidad habitó durante tres y treinta años de humillación en la tierra! «Destruid este Templo —dijo Cristo— y en tres días lo levantaré. Hablaba del Templo de su cuerpo».
¡Su cuerpo! Era una tienda de carne como la suya y la mía, con esta característica excepcional: que estaba «aún sin pecado». Por él, la humanidad fue ennoblecida, santificada, consagrada, en cada una de sus fases y condiciones. Él consagró la infancia, al hacerse él mismo el Niño de Belén. Consagró la pobreza, al ser él mismo por antonomasia «el que no tenía hogar», «sin tener dónde reclinar su cabeza». Consagró el luto, con las lágrimas derramadas junto al sepulcro de Betania, y las palabras de consuelo pronunciadas en aquella casa de Betania oscurecida. Consagró el sufrimiento, el dolor y la prueba, con las olas que tras olas se abatieron sobre su propia cabeza inocente, hasta que su cuerpo despedazado quedó como un náufrago en la orilla del desierto. Consagró incluso la muerte, cuando las paredes del Templo se derrumbaron, en el cual moraba el siempre bendito Dios. Sí, consagró el último descanso de la humanidad: la misma tumba no puede separarse de la tienda terrenal que el gran Señor del cielo condescendió a habitar. ¡Honor inefable el vestir la naturaleza de un ser caído!
Gloriosa, en verdad, habría sido la exaltación de la humanidad si Adán hubiera permanecido firme en su lealtad, y la naturaleza que recibió pura y sin mancha de su Hacedor se hubiera transmitido incontaminada a su posteridad. Habría sido el hermoso espectáculo de un mundo habitado por criaturas sin pecado, con cada pecho rebosante de amor a su Creador, y sin lugar para que una sombra lo oscureciera ni entenebreciera. Pero mucho más gloriosa y admirable es esa exaltación cuando «verdadero Dios de verdadero Dios» se dignó convertir una ruina en su propia cámara de presencia, y transformarla en algo divino. Si la condescendencia es un término relativo que crece en proporción a la distancia y disparidad entre sus objetos, ¿dónde hay condescendencia igual a esta?
Hemos leído de reyes en la tierra que visitan la choza del mendigo: hay condescendencia ahí. Pero ¿qué es tal cosa al fin y al cabo? Un ser finito visitando a otro ser finito, un mortal visitando a otro mortal. Mas en nuestra presente contemplación se nos presenta al Dios sentado en el trono del universo, que desciende hasta el desterrado y el perecedero. Hermanos, no podemos estimar las maravillas de tal condescendencia, porque no hay escala con que medirla. Existen ciertas relaciones entre todo lo demás de la creación. Hay cierta relación y proporción entre la montaña gigante y el grano de arena. Hay cierta relación y proporción entre la gota de agua y el océano sin orillas. Hay cierta relación y proporción entre el sol y la pequeña vela que se desvanece en nada entre sus rayos. Hay incluso una relación y proporción concebible entre el serafín ante el trono y el insecto cuya vida dura una breve hora, pues ambos son criaturas, aunque en los extremos opuestos del ser.
Pero no puede haber relación ni proporción medible, ni posible, entre el gran Dios y el vil pecador, entre la Deidad y el polvo. Cuando pienso que en una estructura corporal como la mía, solo sin mancha del mal, habitó el Adorable Jehová, «el Alto y Sublime que habita la eternidad»; que «no tomó para sí la naturaleza de los ángeles», que escogió, no la forma ni la condición angélica para ennoblecer y exaltar, sino «la simiente de Abraham», bien puedo exclamar con el Salmista en devoto asombro: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? Y el hijo del hombre, para que lo visites. ¡Lo has hecho un poco menor que los ángeles, lo has coronado de gloria y de honra!»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE EXALTATION OF THE HUMANITY — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.