¡Cuán interesante ha de ser todo personaje que el Salvador aprueba! Él, que será el juez de cada uno de nosotros, nos ha mostrado de antemano qué clase de personas aprueba. Este centurión fue muy elogiado por el Redentor que escudriña los corazones. Y sin embargo no habríamos esperado hallar compasión en un centurión. En primer lugar, era soldado, y una vida guerrera es un gran obstáculo para el alma. En segundo lugar, era un hombre de rango, y el rango, lo sabemos, es una tentación al orgullo. Estaba al mando de cien soldados, hombres ellos mismos de cierta consideración, de modo que este centurión era quizá tan importante como un general en nuestros ejércitos. En tercer lugar, era gentil, y por nacimiento, pagano. Había sido enviado por los romanos, que habían conquistado a los judíos, a residir en Canaán. Allí debió oír el Antiguo Testamento, conocer al Dios verdadero y creer la promesa de un Salvador. El rumor de los milagros del Señor llegó hasta él y le convenció de que Jesús era el Hijo de Dios. Así, aunque soldado, hombre de rango y gentil, era un verdadero creyente.
Examinemos el carácter de quien fue tan altamente commended por el Señor. Observemos su compasión: se interesaba profundamente en la enfermedad de su pobre siervo, porque le era querido. La verdadera religión une los corazones de amos y siervos y los hace hermanos amados en el Señor (Flm. 16). Observemos también su amor al pueblo de Dios: amaba a los judíos porque eran el pueblo peculiar de Dios, y no los amaba de palabra sino de hecho y en verdad, pues les había edificado una sinagoga. Observemos su humildad: lejos de envanecerse por haber edificado una sinagoga, se consideraba indigno de acercarse al Salvador o de recibirle bajo su techo. Su conducta respetuosa fue tanto más notable porque Jesús era pobre y despreciado; mas ante este honorable soldado, el humilde nazareno era mayor que el mayor de los hijos de los hombres. Siendo gentil, pensaba que era menos aceptable a Cristo que los judíos, descendientes del amado Abraham, el amigo de Dios. En esto se equivocaba, pues Cristo no hace acepción de personas y siempre amó a los hijos de Abraham según el espíritu más que a los hijos según la carne. Este gentil se asemejaba al Padre de los fieles y era su hijo en espíritu.
Consideremos, por último, su fe. Fue en la fe que se asemejó a Abraham. Tenía una fe tal que creía que si Jesús sólo hablaba la palabra, todas las criaturas le obedecerían, así como sus soldados y siervos le obedecían a él. Pensaba que el poder de Cristo era igual al de Dios, que dijo: «Sea la luz», y fue la luz. No se equivocaba; pues todas las cosas fueron creadas por Jesucristo y son sostenidas por la palabra de su poder. Esta fe agradó sobremanera al Salvador. Jesús ama la fe; la planta en el corazón como raíz de toda otra gracia. ¡He aquí cómo recompensó la fe del centurión: sanó a su siervo! Qué paz disfrutaríamos si, en todas nuestras dificultades, sintiéramos que Jesús puede librarnos. Cuando nuestros seres queridos enferman, creamos que le basta hablar la palabra para que sanen. Cualquier ansiedad que oprima nuestros corazones, llevémosla toda a él, pongámosla delante de él y confiemos en que hará lo mejor para nosotros. Si así actuamos, experimentaremos misericordias que nos abrumarán de gratitud.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The believing Centurion
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.