Horas devocionales con la Biblia — volumen 5

La fe persistente que abre las puertas del cielo

Una madre gentil acude a Jesús por su hija afligida y, ante su silencio aparente, persevera con fe humilde hasta recibir la respuesta que necesita para su hogar.

Gran parte de la vida pública de Jesús se dedicó a cuidar a los que sufrían.

La hijita del médico le dijo al mensajero dónde creía que podía encontrar a su padre, pues lo necesitaban con urgencia: «No lo sé, señor; pero lo encontrará en alguna parte, ayudando a alguien». Cuando la gente buscaba a Jesús y no podía hallarlo, Él solía estar con alguien necesitado, haciendo el bien, ayudando a alguien. En esta ocasión, sin embargo, intentaba apartarse de la multitud. Ciertamente no trataba de esconderse de sus enemigos, pues nunca tuvo miedo a los hombres. Probablemente necesitaba descanso para Sí mismo y para sus discípulos. Al menos se nos dice que «entró en una casa y no quería que nadie lo supiera». Estamos seguros de que Jesús nunca se esconde de quienes lo necesitan en su angustia. Nunca es cierto que no pueda ser hallado. Nunca cierra la puerta a quienes oran a Él, ni a quienes acuden a Él en medio de sus problemas y desean encontrarlo, negándose a recibirlos. Nunca lo encontraremos ausente ni escondido cuando vamos a Él con cualquier pregunta o cualquier necesidad.

Por mucho que lo intentara, Jesús no lograba apartarse de la gente. Sus esfuerzos por descansar un poco eran siempre frustrados. Aquí se nos dice que, aunque deseaba permanecer en retiro, no podía permanecer oculto. No podemos esconder las flores: su fragancia delata dónde están. Jesús no podía esconderse de la necesidad humana: había algo en su amor que lo revelaba a todos los que tenían alguna necesidad. En este caso fue una madre con un gran dolor quien lo buscaba. Su hijita tenía un espíritu inmundo. No podemos comprender cómo un niño podía estar poseído por un demonio, pero en este caso se trataba de una niña. Muy grande era la angustia de la madre. Esta mujer había oído de algún modo de Jesús y de cómo expulsaba a los espíritus malignos en su propia tierra. Nunca había esperado que Él llegara a su vecindario, pues ella era gentil y vivía fuera de los límites de su país. Pero cuando se enteró por algunos de sus vecinos de que el Gran Sanador había llegado al pueblo y se hallaba en una determinada casa, no perdió tiempo en abrirse camino hasta Él. Vino con fe firme. Estaba segura de que Jesús podía librar a su niña de aquel terrible sufrimiento. Se postró a sus pies, en actitud de la más profunda humildad.

Las madres pueden aprender una lección de esta mujer gentil. Si sus hijos están enfermos, deben acudir presurosas a Cristo con ellos. Si están bajo el poder de cualquier forma de mal, deben buscar de manera especial la ayuda de Aquel que solo puede socorrer en tales casos. Hay espíritus malignos además de los demonios que poseían a la gente en los días del Señor. Todo niño está expuesto a tentaciones constantes y puede recibir daño. En todo niño hay naturales malos genios y disposiciones que, si no son echados fuera, pondrán en gran peligro la vida.

La primera dificultad que enfrentaba esta mujer era el hecho de ser gentil. Cristo no había sido enviado a ella, pero ahora el evangelio es para todo el mundo. Ninguna nación tiene sobre él ningún reclamo exclusivo. Es para el mundo. Pero Jesús se dedicó únicamente a su propio pueblo. Solo después de haber muerto y resucitado fueron enviados sus discípulos a todas las naciones. La nacionalidad de la mujer era una barrera. Jesús no había sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Mateo nos dice que cuando la mujer empezó a rogar a Jesús, «Él no le respondió palabra» (15:23). Este es uno de los incidentes más extraños en toda la vida del Señor. Por lo general, Él respondía con prontitud a todo clamor de auxilio. Su corazón respondía al instante y con amor a todo el que se acercaba a Él. Un Cristo silencioso ante el clamor de una madre que pide por su hijo parece tan contrario a lo que conocemos del Cristo compasivo y ayudador, que el relato parece casi increíble. Él nunca fue insensible, ni falto de amor, ni indiferente, ni frío. Podemos estar seguros, sin embargo, de que su silencio en este caso no demostraba falta de interés en la mujer. Su corazón no le era frío. Todo lo que podemos decir es que aún no había llegado el tiempo de que Él hablara. La fe de la mujer necesitaba todavía mayor desarrollo y disciplina para alcanzar su mejor punto.

La gente piensa a veces hoy que Cristo guarda silencio ante ellos cuando lo invocan en sus problemas. No llega ninguna respuesta a sus clamores. Parece que Él no acude a su angustia. Pero siempre pueden saber que el silencio no es indicio de indiferencia. Las demoras de Cristo no son negativas. Cuando Él no habla para responder a nuestras súplicas, es porque está esperando el momento oportuno para hablar.

Mateo nos cuenta también que los discípulos intervinieron, rogándole que despidiera a la mujer. Parecían haberse molestado por que ella los siguiera y por su constante súplica. El hecho de que fuera gentil puede explicar esto. Los judíos no tenían simpatía por los gentiles. A los discípulos les costó mucho tiempo, incluso después del día de Pentecostés, estar dispuestos a llevar el evangelio a un hogar gentil. Aquí querían que Jesús despidiera a la mujer e hiciera callar sus clamores molestos. Así es como algunas personas tratan de librarse de los llamados de la necesidad humana, incluso en estos días cristianos. No soportan los clamores de los que sufren. No soportan ver a los que llegan con ruegos de angustia. Apartan de sus puertas a los que vienen pidiendo ayuda. No saben que están apartando al mismo Cristo, pues Él dice que en los necesitados que están ante nosotros pidiendo auxilio, Él mismo está, hambriento, sediento y enfermo, como forastero. «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a Mí lo hicisteis» (Mateo 25:45).

Cuando Jesús por fin habló a esta mujer, fue una palabra muy desalentadora la que dijo. «Dejad primero que se sacien los hijos, porque no es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos». Los hijos eran el pueblo judío. Estaban, en un sentido peculiar, la familia de Dios. Parece muy extraño oír la palabra «perritos» caer de los labios de Jesucristo, aplicada a los gentiles. No parece propio de Él. No habría sido sorprendente oír a los discípulos usar esta designación ofensiva, pues todavía estaban llenos del estrecho espíritu judío. Era común que los judíos llamaran a los gentiles con ese nombre. Sin embargo, Jesús era diferente. Nunca hubo en su corazón ni una sombra de desprecio por ningún ser humano. Sin duda había algo en el tono de voz que Jesús usó, o en la mirada de sus ojos mientras hablaba a la mujer, que quitaba a sus palabras toda ofensa.

Ciertamente ella no se sintió insultada por lo que Él dijo. Tal vez se animó con la palabra «primero»: «Dejad primero que se sacien los hijos». Un primero implicaba un segundo. O quizá detectó en su lenguaje un juego de palabras que le dio esperanza. Había perritos en el hogar además de hijos. Ella no era más que un perrito, pero los perritos tenían su porción. Se echaban debajo de la mesa y recibían lo que los hijos dejaban. La mujer, con su agudo ingenio, se aferró a la imagen que las palabras del Maestro sugerían. Estaba contenta con ser un perrito y tener la porción del perrito. Aun las migajas de aquella mesa serían suficientes para ella.

Hay una fe fuerte en su respuesta. Al fin había obtenido su victoria. Jesús le dijo: «Por esta palabra, vete; el demonio ha salido de tu hija». En todo el Nuevo Testamento no hay otra ilustración tan sorprendente de la persistencia de la fe. Un obstáculo tras otro fue enfrentado y vencido. La mujer creyó desde el principio que Jesús tenía poder para sanar a su pobre niña, y se determinó a no irse sin obtener de Él la ayuda que tanto necesitaba.

La lección para nosotros es que nunca debemos desanimarnos por las demoras en la respuesta a nuestras oraciones. Aun el silencio de Dios hacia nosotros no debería desalentarnos. Aquel ante quien estamos puede hacer por nosotros todo lo que necesitamos que se haga. Nada le es imposible. Él espera para sacar de la fe hasta que alcance su plenitud de poder y gane su victoria.

Si esta mujer se hubiera apartado en algún momento, desanimada por el aparente rechazo de Cristo, por su silencio o por sus palabras que parecían desdeñosas, habría perdido la bendición que al fin le llegó con tanta riqueza. Sin duda muchas personas no obtienen respuestas a sus oraciones porque no son importunas. Un hombre gastó miles de dólares perforando en busca de petróleo. Al fin se cansó y abandonó la empresa, vendiendo su pozo por una bagatela. El comprador, dos horas después de empezar el trabajo, dio con uno de los pozos de petróleo más ricos del país. El primer hombre había perdido el ánimo apenas dos horas antes de tiempo. Esta misma falta de persistencia causa, sin duda, fracaso con frecuencia en la oración. Jesús dice que debemos orar siempre y no desmayar; es decir, no rendirnos.

Podemos imaginar el gozo de esta madre cuando por fin volvió a su casa y halló a su niña sana. Su hogar ya no estaba oscurecido por aquella antigua tristeza. La niña ya no estaba bajo el poder del demonio, sino feliz, sana y hermosa. Cualquiera que sea el problema con sus hijos, las madres deben siempre hallar el camino a Cristo y suplicarle con paciencia, persistencia y fe, hasta que sus hijos sean bendecidos y felices.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Mission to the Gentiles

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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