La mente de Jesús

La fuerza de no responder con venganza

Una meditación sobre cómo Cristo no respondió al insulto ni al agravio con represalias, y el llamado a imitar su corazón sin resentimiento.

¡Qué dictado tan común del corazón caído y no regenerado: resentir y reprochar! ¡Cuán ajeno al sentimiento natural: responder a burlas hirientes y afrontar el agravio inmerecido con el método divino que prescribe el Evangelio: «¡Vence el mal con el bien!» Fue en las escenas finales de la humillación del Salvador, cuando, silencioso y sin resentimiento, estuvo «mudo delante de los que le trasquilan», que esta hermosa cualidad de su carácter se manifestó de modo más admirable; pero resplandece también para nuestra imitación en los incidentes ordinarios y menos prominentes de su peregrinación.

Cuando encontró a Natanael de Caná de Galilea, lo halló aferrado a un prejuicio irrazonable: «¿Puede algo bueno salir de Nazaret?» La severa observación se deja pasar inadvertida. Pasando por alto la insinuación poco amable, el Salvador se fija en el rasgo favorable de su carácter: «¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño!»

Después de su resurrección, se aparece a sus discípulos. Se hallaban acobardados de vergüenza, medio temerosos de enfrentar la mirada de la bondad agraviada. Él sopla sobre ellos y les dice: «¡La paz sea con vosotros!» Pedro era, entre todos, el que más razón tenía para temer miradas distantes y palabras de reproche; pero se envía un mensaje especial para reconfortar a aquel discípulo tembloroso, para asegurarle que no había alienación en el Corazón sin resentimiento que él había herido en secreto: «Ve y di a los discípulos... ¡y a Pedro!»

Aun cuando Judas se descubrió por primera vez ante su Señor como el traidor, creemos que no fue con amarga ironía ni reprensión, sino en la plenitud de la tierna compasión, que Jesús se dirigió a él: «Amigo, ¿a qué vienes?»

Lágrimas y oraciones fueron su única venganza contra Jerusalén, la ciudad y escenario de su asesinato. «Comenzando en Jerusalén» fue la postrera ilustración de un espíritu «que no es de este mundo», un testimonio final y significativo de que en el seno que lo pronunció, la retaliación no tenía cabida.

Más de uno de los discípulos parece haber asimilado mucho de esta «mente» de su Señor. «Apedrearon a Esteban. Entonces él cayó de rodillas y clamó: ¡Señor, no les imputes este pecado!»

Tomemos otro ejemplo: el gran apóstol de los gentiles se sintió bajo la dolorosa necesidad de reprender fielmente a Pedro en presencia de toda la iglesia. Registró además aquella reprensión en una de sus epístolas. Así habría de transmitirse a cada generación como evidencia permanente y humillante de la vacilante inconstancia de su colaborador. Pedro, sin duda, debió sentir agudamente la severidad del castigo. ¿La resentirá? Él también consigna, mucho tiempo después, en una de sus propias epístolas, una frase acerca de quien le reprendió; pero es esta: «¡Nuestro amado hermano Pablo!»

¡Lector! Cuando seas tentado a proferir la palabra áspera, o a dar la respuesta cortante o apresurada, procura refrenarte con la pregunta: «¿Es esta la respuesta que mi Salvador habría dado?» Si tus semejantes te resultan crueles, inconsiderados, ingratos, sea tuyo remitir la causa a Dios. Habla de las faltas ajenas solo en oración; manifestando más pesar por su pecado que por el mal que te hayan infligido. ¡Retaliar! Tal palabra no debería tener cabida en el vocabulario del cristiano. ¡Retaliar! Si abrigo tal espíritu hacia mi hermano, ¿cómo puedo encontrar a ese hermano en el cielo? «Pero vosotros no habéis aprendido así a Cristo.»

«Armaos asimismo con la misma mente.»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: NOT RETALIATING

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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