En la persona del Hijo de Dios se encuentran, en misteriosa pero estrecha y eterna unión, los dos extremos del ser: lo infinito y lo finito. Lo divino descendió hasta lo humano; la Deidad se humilló a sí misma hasta la humanidad. No fue la criatura la que descendió en la escala, sino el Creador quien se inclinó hacia la criatura. «Dios fue manifestado en la carne.» ¡Verdad admirable! Tan infinitamente grande era Él, que pudo así descender sin comprometer su dignidad ni menguar su gloria.
Y si cabe, descendió aún un escalón más bajo: «Yo soy un gusano, y no un hombre.» Aquí el Dios-hombre se hundía, por decirlo así, en lo más profundo de la abyección. En la humildad de su apariencia, en la estimación de los hombres, en el trato despreciativo de sus enemigos y en el aplastamiento de su persona en la cruz, parecería haber sido despojado no solo de su gloria como Dios, sino aun de su dignidad como hombre. ¡Oh, aquí hay gloria, gloria que supera toda imaginación! El que recorrió este camino pedregoso era Jehová, el Dios fuerte, el Padre eterno, el Príncipe de paz.
Al asumir nuestra naturaleza en su condición caída, abrazó nuestras debilidades sin pecado. Fue «santo, sin mancha, apartado de los pecadores», y porque presentó a Dios una obediencia perfecta, nosotros, que creemos, somos hechos «justicia de Dios en Él.» Al verlo inclinado por el dolor y entrando personalmente en nuestras humillaciones, contemplamos al Dios encarnado tomando nuestras debilidades, llevando nuestras enfermedades, llorando cuando lloramos y siendo tentado en todo como nosotros, sin pecado.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - October 11
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.