El cielo abierto

La gracia que cumple la ley y llama a la acción

Conclusión del pacto de gracia: Dios lo ha provisto todo para la salvación, y aun así nos llama a buscarle, obedecer y vivir con temor y temblor.

de todo este asunto. Dios ha hecho un pacto con su pueblo, se ha dado a sí mismo por su porción, a su Hijo por su precio, a su Espíritu por su guía en el camino, a su tierra por su acomodo durante el camino, a sus ángeles por su guardia, a las potestades de las tinieblas y de la muerte por su despojo, y a la gloria eterna por su corona. Y porque su camino es difícil y su obra les es contraria, les ha dado toda aquella gracia necesaria para llevarlos a la gloria. En general, un corazón nuevo, en todo adecuado a su camino y plenamente provisto para toda buena obra. En particular, conocimiento para guiar, unidad para fijar e intender, ternura para someterse y ceder, amor para constreñir y avanzar, temor para guardar y refrenar, obediencia para obrar y dar fruto, y perseverancia para recorrer y resistir hasta el fin; y allí se encuentran la gracia y la gloria. Este es el pacto de gracia, esta es la palabra que por el evangelio os es predicada.

¿Se dirá acaso: «Pero si Dios ha emprendido todo esto por nosotros, ¿qué nos queda entonces por hacer a nosotros? He aquí una doctrina conforme al corazón de los pecadores: si esto es evangelio, entonces, alma, toma tu reposo, toma tu libertad, echa fuera la preocupación, cuida mucho de tu cuerpo; Dios cuidará del resto»?

Pero ¿no se nos requiere nada? Dejen hablar a las Escrituras: «Aun por esto seré buscado por la casa de Israel» (Ezequiel 36:37); de otro modo, que no esperen tales cosas. El que no pida con fe, «no piense tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor» (Santiago 1:7). ¿Y puede pensar recibir algo quien ni cree ni ora; quien ni ora con fe, ni ora en absoluto? «Es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer» (Filipenses 2:12, 13). ¿Qué, pues? ¿Por eso te sientas quieto y no haces nada? De ninguna manera: por tanto, «ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor», dice el apóstol. La promesa de Dios nunca fue dada para anular el mandamiento de Dios. Dios, al prometer gracia, promete una capacidad para el deber; y así como él no da en vano, así tampoco debemos recibir en vano esa capacidad o gracia de Dios. Mientras él da lo que requiere, sigue requiriendo lo que da. Aquella promesa de Dios, «Vosotros seréis mi pueblo», aunque él se comprometa a cumplirla, es también materia de nuestra obligación. Y en esta promesa, en la que el Señor nos asegura lo que seremos, va incluido un precepto, en el cual podemos entender lo que debiéramos ser.

Al comprometerse a darnos un corazón nuevo, un corazón tierno y obediente, un corazón perseverante, el Señor promete tanto hacernos lo que debiéramos ser como ayudarnos en lo que estamos obligados a hacer, y nos da a la vez una clara indicación tanto de nuestra misericordia como de nuestro deber. Este es el sentido y la suma de aquella promesa: el Señor obrará todo eso en nosotros, y nos ayudará y hará que cumplamos todo aquello que se requiere para la salvación; y así la promesa, por parte de Dios, no anula, sino que confirma la obligación por nuestra parte. ¿Luego deshacemos la ley por la fe? De ninguna manera, antes confirmamos la ley.

Aunque es cierto en cuanto al evento, que todo lo necesario para la salvación se cumplirá en nosotros, puesto que Dios lo ha emprendido, es igualmente cierto que Dios ha hecho nuestro amarle, temerle, obedecer toda su voluntad, y nuestra sinceridad y perseverancia en ello, tan necesarios que de otro modo no podemos ser salvos.

Cristianos, no se engañen ni abusen de la gracia del evangelio. El Señor nunca quiso que vuestra misericordia anulara vuestra obligación al deber. La redención del pecado nunca fue pensada como una tolerancia del pecado. Él no da su Espíritu en favor de la carne. Lo que él se compromete a obrar en vosotros nunca fue con el propósito de manteneros en la ociosidad. La gracia de Dios que trae salvación nos enseña «que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente» (Tito 2:11, 12).

Aunque sois salvos por gracia, sois aún, en cierto sentido, deudores a toda la ley. La obediencia perfecta a toda la ley, aun hasta la última jota, sigue siendo debida por vosotros; y si no está en vuestros corazones pagar todo lo que debéis —es decir, si hay algún deber mandado en todo el libro de Dios que vosotros dispensáis, que no os proponéis observar y obedecer de corazón; si hay algún pecado en el que debáis ser excusados y no queréis apartar; si hay alguno, aun el más alto grado de santo cuidado, actividad, diligencia, celo por Dios y por la santidad, tras el cual no os dejaréis persuadir a esforzaros—, esto es evidencia de un corazón tan enfermo que no tiene parte en el evangelio ni en su salvación. La perfección sigue siendo debida, aunque la sinceridad será aceptada. La sinceridad será aceptada; pero ¿qué es la sinceridad sino una dispuesta voluntad de ser perfecto, atestiguada por un esfuerzo y un avanzar hacia la meta que nos ha sido puesta delante?

Oh, admirad y bendecid al Señor por su gracia, pero no convirtáis la gracia de Dios en libertinaje. ¿Continuaremos en el pecado, porque la gracia ha abundado? ¿Así pagaréis al Señor? ¿Así os engañaréis a vosotros mismos, oh pueblo necio e insensato? ¿Lo menospreciaréis, porque os ha amado; lo patearéis, porque os ha cuidado; sacudiréis su yugo, porque os ha asegurado la corona? ¿Serviréis a sus enemigos, porque os ha salvado de ellos? ¿Alimentaréis vuestras enfermedades, porque ha dicho que os sanará? ¿Viviréis, y no comeréis; segaréis, y no araréis? ¿No comeréis, porque os ha dado comida? ¿No correréis, porque os ha dado piernas; ni trabajaréis, porque os ha dado manos; ni velaréis, porque os ha dado ojos? ¿O tentaréis al Señor, y lo llamaréis vuestra confianza en él? Despertad de tal locura.

Cristianos, no digáis: Si Dios quiere, yo seré; cuidándome o no, creyendo o no, arrepintiéndome o no, siendo obediente o rebelde, velando o durmiendo, trabajando o estando ocioso, mi incredulidad, mi desobediencia, mi negligencia no anularán la fe de Dios. Sino más bien, puesto que Dios ha dicho: Seréis, dejad que vuestro corazón responda: Caminaré en sus estatutos; levántate, oh alma mía, arriba y actúa; obrad vuestra salvación, porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer. Sacudid vuestra pereza, poneos a vuestra obra, corred vuestra carrera, puesto que Dios ha dicho: No correréis ni trabajaréis en vano. Y miradlo bien, porque por mucha que sea vuestra ociosidad o vuestra mayor infidelidad, no anularán el pacto de Dios, pero sí pondrán de manifiesto que no tenéis parte ni herencia en él.

Pero a todas estas cosas gloriosas que se han dicho, posiblemente alguno responderá: «Oh, si todo esto es así, ¡cuán dichosos los santos en verdad! «Dichoso el pueblo que está en tal estado; sí, bendito el pueblo cuyo Dios es el Señor.» Pero ¿hará el Señor en verdad todas estas cosas por los mortales? ¿Tomará nota de los gusanos? ¿Vivirán tales huesos secos? ¿Pondrá el polvo más vil como a la niña de su ojo? ¿No es esto demasiado bueno para ser cierto, demasiado grande para ser creído? ¡Oh, si estuviera seguro de que la mitad fuera como se me ha dicho!» ¡Demasiado grande para ser creído! Como si hubiera que cuestionar si el sol es luz porque deslumbra nuestros ojos. Pero ¿qué certeza queréis? ¿Es todo esto demasiado grande para que lo haga el gran y Todopoderoso Dios, que ha dicho: «Como los cielos son más altos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:9)? ¿No puede hacerlo aquel que lo puede todo? ¿No lo hará, cuando ha dicho que lo hará? ¿Se burlará el Señor? ¿Puede Dios engañar? ¿Su palabra, sí, y también su juramento, aquellas dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, pueden estas fallar? Si oyerais al Señor mismo hablandoos desde el cielo con voz audible: Mi pacto hago con vosotros, y es mi intención y propósito cumplir cada palabra que está escrita en él, conforme al claro sentido y significado de la misma; no faltará ni una tilde, ni alteraré lo que ha salido de mis labios. El cielo y la tierra fallarán, pero mi palabra no fallará; confiad en ella, confiad en la verdad eterna, confiad en el poder eterno. No temáis, porque no faltará una sola palabra de todo lo que he hablado por todos mis siervos los profetas.

Si oyerais al Señor hablandoos así desde el cielo, ¿qué diríais? ¿no os satisfaría esto? Pues bien, escudriñad las Escrituras, aquella «palabra profética más segura» (2 Pedro 1:19). Leedlas con diligencia, entended lo que leéis, y entonces decid si no encontráis allí al Señor hablandoos plenamente las palabras de los dos capítulos siguientes.

Fuente y atribución

Autor original: Richard Alleine

Título original: CONCLUSION

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Richard Alleine, publicado originalmente en Grace Gems.

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