Pensamientos vespertinos

La gracia que preserva un mundo corrupto

Cristo llama a los suyos la sal de la tierra porque solo en ellos reside lo divino, lo santo y lo precioso. Un solo grano de gracia transforma el corazón más corrompido.

Cuando nuestro Señor recuerda a su pueblo que es «la sal de la tierra», describe el estado de gracia de todo verdadero creyente. La gracia de Dios es aquella «sal» sin la cual todo es corrupción moral y decadencia espiritual. Donde la gracia divina no existe, no hay nada que detenga el crecimiento, ni que frene el progreso, ni que refrene el poder de la depravación del alma. La fuente derrama sus arroyos de corrupción y muerte, desafiando todo esfuerzo humano por purificarla o contenerla. Pero deja caer un solo grano de la sal de la gracia de Dios en esa fuente corrompida, y se deposita un elemento transformador que de inmediato inicia un proceso de sanidad, purificación y salvación. Y lo que el freno paternal, los largos años de estudio y la ley humana no habían logrado, una hora de profundo arrepentimiento del pecado, una mirada de fe al Salvador crucificado y un momento de la realización del amor de Dios lo han efectuado plenamente. ¡Oh, la preciosidad intrínseca, el valor incalculable, la eficacia soberana de esta sal divina: la gracia convertidora y santificadora de Dios! Tomando posada en el corazón más abatido y corrompido, revoluciona toda el alma: cambia sus principios, purifica sus afectos y la asemeja a la santidad divina.

Así, todos los verdaderos creyentes en Jesús, por su carácter de gracia, son llamados «la sal de la tierra». ¿Y por qué? Porque todo lo que es divino, santo y precioso reside en ellos, y solo en ellos. Se halla en aquella naturaleza que el Espíritu Santo ha renovado, en aquel corazón que la gracia divina ha transformado, en aquella alma humillada en el polvo delante de Dios por el pecado, y que ahora, en el ejercicio de la fe que Él le ha dado, reposa sobre la obra expiatoria de Jesús, exclamando: «No tengo otro refugio; mi alma desvalida cuelga de ti».

Allí donde se siente el amor de Dios, allí donde se posee al Espíritu Santo, allí donde se recibe la expiación del Salvador y se refleja su imagen, allí se encuentra la preciosa «sal de la tierra». El mundo no la conoce, y aun la humilde gracia puede estar velada a los ojos de la Iglesia; pocos notan la lágrima silenciosa, ni ven la profunda postración del espíritu delante del Señor, ni se dan cuenta de su gozo escondido, ni miden el alcance de la santa influencia que silenciosa pero eficazmente se ejerce. Pero Dios, mirando desde su trono de gloria a través de las filas de los espíritus puros que le rodean, la contempla; y en aquella mente humilde y en aquel corazón creyente ve la divina y preciosa «sal» que embellece, santifica y preserva al mundo. No ve la verdadera santidad en ningún otro lugar; no reconoce su propia imagen moral en ningún otro. El cristiano es, enfáticamente, «la sal de la tierra».

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - February 15

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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