La fe es una gracia divina, y la vida misma del alma aquí abajo. De aquí que se diga que «andamos por fe»; y si nuestras vidas son espirituales, es por la fe en el Hijo de Dios que vivimos la vida espiritual.
Es una extraña definición de fe la que da el apóstol a los hebreos, pero divinamente verdadera: «Ahora bien, la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven.» Esto es, aunque solo podemos esperar aquellas felicidades y glorias que son futuras, la fe, en sus actos gloriosos, puede extraer la miel y la médula de ellas, de modo que suministra al alma aun en el tiempo presente la sustancia de aquello que aún es futuro; y mediante refrescantes anticipo de gozo, trae las más brillantes evidencias de las excelencias celestiales, que no son visibles a la carne y la sangre. Así, por las primicias de la gloria, el alma se asegura de entrar en la tierra de promisión. La fe es visión comenzada, o ver las cosas a distancia y a través de un espejo; la visión es fe terminada o perfeccionada, y ver las cosas de cerca y a ojo desnudo. La fe es el vínculo de unión entre Dios y el alma, que jamás podrá ser roto por todo lo que pueda sobrevenirnos en el mundo; «porque esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.» El que cree en Dios todo lo soporta, como viendo al que es invisible, y espera las visiones más luminosas y divinas de la gloria.
La fe es una mutua habitación. Es Cristo en el alma; de ahí dice el apóstol: «Vivo, ya no yo, sino Cristo vive en mí.» La fe es también el alma en Cristo; de aquí que se diga que nos «vestimos de Cristo», y, estando muertos al mundo y al pecado, que nuestra vida espiritual está escondida con Cristo en Dios. La fe trae a Dios el mayor honor y al alma la mayor felicidad; así como la incredulidad hace lo opuesto de ambos. La fe tiene por fiel al que promete, y compone todo el ser interior. Mientras que la incredulidad hace al Dios de verdad mentiroso, y pone a toda el alma, con todas sus potencias y facultades, en alboroto. La fe ha ganado sus victorias, obrado sus milagros y hecho maravillas en el mundo; «porque al que cree, todo le es posible.»
Una «fe justificada» jamás se quedó corta de su expectativa; sí, muchas veces la bondad de Dios ha ido más allá de la fe de sus santos. Todo aquello por lo que oro con fe me será concedido, y los montes se convertirán en llanura, y las imposibilidades aparentes desaparecerán. Sin embargo, no debo orar por imposibilidades; pues aunque para Dios todo es posible, yo no podría orar con fe (y todo lo que no proviene de fe es pecado) por cosas que estoy convencido no tengo garantía en la palabra de Dios para buscar ni esperar; tales como que el sol se detenga, que el agua brote de una roca, que los mares se dividan y que los ríos se separen; aunque todas estas cosas se han hecho.
De nuevo, no debo orar ni esperar que las cosas se hagan de manera milagrosa por mí, cuando en el curso común de la providencia todo lo que necesito puede serme otorgado. No debo esperar que los cielos dejen caer maná para suplir mi necesidad diaria, ni que mis vestidos duren cuarenta años sin envejecer; sino que debo creer, en medio de mis necesidades, que seré suplido cada día en mayor o menor medida, según le parezca bien a Dios, por la misma mano liberal que llovió el maná en el desierto; y quizá de un modo que me convenza de su cuidado especial y confirme mi creencia en su singular favor, tanto como si las gotas de lluvia se convirtieran en pan para mí. El ejercicio de su providencia al proveerme vestido debería serme tan entrañable como si ejerciera su poder conservando lo que tengo sin envejecer. Pero, si estoy encerrado en circunstancias en las que, hasta donde puedo ver, nada menos que un milagro puede librar, entonces la fe ha de creer el milagro, antes que dudar de la promesa o desconfiar del poder de Dios, como si algo le fuera demasiado difícil.
¡Pero cuán consolador es que, cuando oro, con sumisión al divino disponer, solo por cosas justificadas, con fe, entonces puedo estar seguro de que seré tanto oído como respondido! Pero si dudo, entonces la incredulidad lo trastorna todo, y esta es la razón por la cual no puedo prevalecer. ¡Cuán terrible, en medio de mis peticiones, dudar si Dios es capaz y dispuesto a cumplir mi ruego, cuando él se ha declarado afirmativamente en ambos! Al hacerlo así, convierto al gran Dios en una mera criatura débil, negando su poder, y (¡oh horror!) en un mentiroso, pensando que no tiene intención de cumplir su promesa. Veo, pues, que debo hacer mis peticiones con sumisión, dejando enteramente a Dios lo que él rehusará y lo que elegirá para mí. Pero que dudar de su amor, su poder, su fidelidad, es un pecado atroz: de su poder para cumplir hasta el alcance de la promesa, ya sea en cosas espirituales o temporales; de su fidelidad, que él cumplirá cuanto ha prometido; o de su amor, que, por así decirlo, espera y anhela las ocasiones más idóneas en que su gloria y mi bien puedan ser más promovidos al cumplir en mí la promesa. Ahora bien, así como su gloria se eleva, así debería elevarse mi felicidad, pues debería contar toda mi dicha en ver su gloria puesta en alto.
La fe, pues, es una gracia triunfante. Por la fe, el que luchaba, Jacob, prevaleció; y los hijos de Jacob que luchan aún prevalecen con Dios. La fe siempre gana la jornada, asegura la bendición y nunca es despedida vacía. La fe no quiere, no puede ser negada. Y por esta osadía y confianza de la fe, que es don de Dios, Dios es grandemente glorificado. La fe mira por encima de toda oposición creada, habita en la eternidad y se aferra al brazo omnipotente de Dios. Se envuelve en la promesa y no puede separarse de ella hasta que sea cumplida en todo respecto. La fe no se aterra con las tempestades ni se inquieta con las decepciones, sino que mira más allá de la tormenta, por encima de la decepción; descansa en la compasión de Dios y se asegura en la fidelidad de su glorioso Autor y Consumador.
La fe se extiende más allá de los estrechos límites del tiempo y toma amplias vistas del mundo venidero. La fe hace un recorrido por la tierra de la dicha, el Canaán de arriba, y conversa con las edades eternas. La fe, mirando al que promete, ve llano el camino del deber, mientras el temor clama: «¡Hay un león en las calles, seré muerto! ¡Hay peligro y dificultad en el camino, no puedo ir!» ¡Ciertamente, al que cree, todo le es posible! ¡Pero al que duda, un topo de tierra se le vuelve un monte! En las edades venideras, me avergonzaré de mis temores y de mi incredulidad, pero nunca de mi fe. De aquí en adelante, sea yo fuerte en la fe, con sumisión; haga mis peticiones con resignación; ore con la confianza de ser oído; ¡y crea todo con paciencia y compostura!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: FAITH
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.