Mañana y noche

La grandeza del pecado y la mayor grandeza de la expiación

La magnitud del pecado del pueblo de Dios solo se comprende por la grandeza del remedio: la sangre de Cristo, una expiación inconmensurablemente mayor.

¿Has sopesado y considerado alguna vez de veras cuán grande es el pecado del pueblo de Dios? Piensa en cuán atroz es tu propia transgresión, y comprobarás que no solo un pecado de vez en cuando se alza como un monte, sino que tus iniquidades se amontonan unas sobre otras, como en la vieja fábula de los gigantes que apilaban montaña sobre montaña. ¡Qué cúmulo de pecado hay en la vida de uno de los más santificados hijos de Dios! Intenta multiplicar este pecado de uno solo por la multitud de los redimidos, «un número que nadie puede contar», y tendrás alguna idea de la gran masa de culpa del pueblo por el cual Jesús derramó su sangre.

Pero llegamos a una idea más cabal de la magnitud del pecado por la grandeza del remedio provisto. Es la sangre de Jesucristo, el unigénito y muy amado Hijo de Dios. ¡El Hijo de Dios! Los ángeles echan sus coronas ante Él. Todas las sinfonías corales del cielo rodean su trono glorioso. «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén». Y, sin embargo, Él toma sobre sí la forma de siervo, y es azotado y traspasado, magullado y desgarrado, y al fin muerto, pues nada sino la sangre del Hijo encarnado de Dios podía hacer expiación por nuestras ofensas.

Ninguna mente humana puede estimar adecuadamente el valor infinito de aquel sacrificio divino, porque por grande que sea el pecado del pueblo de Dios, ¡la expiación que lo quita es inconmensurablemente mayor! Por eso, el creyente, aun cuando el pecado ruede como un torrente negro y el recuerdo del pasado sea amargo, puede con todo comparecer ante el trono resplandeciente del Dios grande y santo, y clamar: «¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que resucitó».

Mientras el recuerdo de su pecado le llena de vergüenza y dolor, al mismo tiempo lo convierte en un fondo oscuro para mostrar el brillo de la misericordia. Nuestra culpa es la noche oscura en la que la hermosa estrella del amor divino resplandece con sereno esplendor.

Fuente y atribución

Autor original: Charles Spurgeon

Título original: July 6 — Evening

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.

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