LA GRACIOSA INVITACIÓN
LA GRACIOSA INVITACIÓN
"Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." Hebreos 4:16
"Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros." —Santiago 4:8
¡Cuánto estiman los hombres una invitación para acercarse al trono de un monarca terrenal! ¡con cuánto afán se solicita la influencia de los grandes y poderosos para asegurar este honor! ¡y con cuánta generosidad se conceden tiempo y riqueza para prepararse ante tan importante día! Y, sin embargo, después de todo, no es más que la invitación de un ser humano a otro, de un gusano de la tierra a su semejante, de un hijo manchado de pecado de Adán a su hermano pecaminoso y contaminado.
Aquí tenemos al "Alto y Sublime", al "Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra", al "Rey de reyes y Señor de señores", no solo permitiendo, sino invitando y animando a los hijos de los hombres a "acercarse" a su trono, a entrar en su sagrada presencia y a manifestarle todos sus anhelos y deseos. ¡Oh, asombrosa condescendencia! ¡Indecible gracia! ¡La majestad divina inclinándose ante la más profunda bajeza, la pureza infinita ante el pecado infinito, la omnipotencia celestial ante la debilidad terrenal! Bien podía el salmista exclamar: "¿Qué es el hombre, oh Señor, para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre, para que lo visites?"
Lector, es cosa solemne orar, "acercarse" a aquel que "escudriña el corazón y prueba los pensamientos de los hijos de los hombres", entrar en la cámara de presencia del Todopoderoso, estar como sobre el reluciente pavimento del cielo, morada de pureza, santidad y amor, tener audiencia con ese Dios ante quien los ángeles cubren sus rostros y a cuyo estrado se postran en humilde adoración. ¡Oh, alma mía! Procura darte cuenta, cuando ores, de que estás en suelo santo, de que cada deseo y cada palabra elevados al que oye y responde la oración están revestidos de indecible importancia, de que ante Él el mismo corazón queda al descubierto y cada secreto es escudriñado por su mirada penetrante. ¡Cuán terrible cosa debe ser a sus ojos cualquier ligereza con un privilegio tan grande! ¡Cualquier irreverencia de pensamiento o de conducta en su sagrada presencia! ¡Cualquier descuido al exponer ante su estrado las ansiedades que sentimos o las necesidades que deseamos ver satisfechas! Con sabiduría infalible puede discernir Él la adoración formal de la verdadera adoración; puede comparar lo externo y lo interno, las palabras audibles y los latidos del corazón que solo Él puede percibir. Puede, y lo hace, distinguir en las diversas peticiones ofrecidas a sus pies cuáles fueron expresión de un deseo sincero y ferviente, y cuáles el derramamiento despreocupado de una formalidad indiferente.
La oración es el acercamiento más íntimo a Dios y el más alto goce de Él que somos capaces de tener en esta vida. Entonces estamos en nuestro estado más elevado, en la cumbre de la grandeza humana, no ante reyes y príncipes, sino en la presencia y audiencia del Rey de todos los mundos, y no podemos estar más altos hasta que la muerte sea absorbida por la gloria.
Sí, orar a Dios es en verdad un privilegio bendito; ¡cuán bendito, dígalo aquella alma que se halla con más frecuencia ante Dios, luchando con una fe intrépida y una santa perseverancia! ¡Oh, cómo alivia la pesada carga! ¡Cómo eleva los afectos por encima de las cosas del mundo! ¡Cómo parece dar nueva vida al espíritu abatido! ¡Cómo infunde nuevo vigor a la fe, nuevo fervor al amor, nueva intensidad al celo, el estar mucho en comunión con Dios! Es el consuelo de los tristes, el gozo de los felices, el alimento del alma, la fuente y el salvaguardia de todo bien. La oración aparta la ira de Dios, obtiene el perdón del pecado, vence nuestros vicios, nos libra del peligro y nos inflama con el amor de Dios.
La oración es el gran medio designado por Dios para conservar la salud del alma. Es para la parte espiritual lo que el aire y el ejercicio son para la parte corporal. Hambrienta y sedienta, el alma en oración se alimenta de las promesas de Dios; oprimida por la pesada atmósfera del mundo, el alma en oración parece respirar el aire fresco y puro del cielo. Distraída, estorbada, llena de cosas terrenales, el alma puede remontarse como con alas de águila; asciende a una atmósfera de santidad y gozo, muy por encima de la tierra, hallando nuevo ejercicio para todas las potencias de su naturaleza regenerada: el ojo de la fe para ver, el oído de la obediencia para escuchar, la mano del amor para obrar, la lengua de la gratitud para alabar.
Tan grande es el privilegio, tan bendita la ocupación, que a primera vista podría parecer extraño que un deber como el de la oración necesite ser inculcado. Cuando criaturas pobres, débiles y pecaminosas, que merecen ser excluidas de la presencia de Dios, son invitadas, no obstante toda su culpa e imperfección, a entrar en la cámara de presencia y a acercarse al mismo trono del Rey de reyes, podríamos imaginar que ningún argumento muy apremiante sería necesario para persuadir de tal privilegio; podríamos suponer que, al igual que el agua para el sediento y la medicina para el moribundo, sería aprovechada con pronta avidez y recibida con el más vivo agradecimiento. Pero, ¡ay! somos corruptos y caídos, y nuestra misma corrupción nos hace insípido el medio para su remoción; nuestra misma caída ha hecho penoso el intento de levantarnos.
Y aun con el creyente, demasiado a menudo sucede que la debilidad de su fe proviene de la poca frecuencia y el tibieza de sus oraciones; pues, ciertamente, si hay declinación aquí, también la habrá en toda la obra del Espíritu en el alma. Es la oración la que mantiene en ejercicio activo, santo y saludable a cada gracia del Espíritu. Es, por decirlo así, la corriente que aporta vigor refrigerante y nutrición a todas las plantas de la gracia. Es verdad que el manantial de toda vida espiritual y de la "gracia para el oportuno socorro" es Cristo, pues "al Padre agradó que en él habitase toda plenitud"; pero el canal por el cual llega toda gracia es la oración, oración ardiente, fervorosa, importuna. Dejad que este canal se seque; permitid que algún objeto lo estreche o lo cierre, y el efecto será el marchitamiento y la decadencia de la vida de Dios en el alma. Toda planta se marchitará; toda flor se mustiará y perderá su fragancia.
¡Oh, cristiano! cuida, pues, de ser ferviente en la oración. No te desanimes porque no traiga una respuesta inmediata, sino sintiendo que sin la bendición que deseas debes continuar apagado y sin vigor, que tu camino será de sombra y de tristeza, que crecerás cada vez más débil y languido, deja que tu clamor ascienda sin cesar, hasta que plazca al Señor concederte tu petición, hasta que envíe una renovación de gracia y de fuerza, y llene tu alma de bendición celestial.
Recuerda la promesa: "Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros"; y si es necesaria una nueva seguridad, escucha estas palabras: "Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón." "Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos." "Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él, y él hará." "Clama a mí en el día de la angustia, y yo te responderé."
Así podrás pronto darte cuenta, como lo has hecho en tiempos pasados, de la eficacia de la oración creyente, y con el salmista dirás: "Ciertamente me ha oído Dios; ha atendido a la voz de mi oración." "Amo a Jehová, porque ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído, lo invocaré en tanto que viva."
Al acercarnos al trono de la gracia, deberíamos esforzarnos siempre por tener conciencia del poder soberano, la majestad y la graciosa condescendencia del Gran Ser en cuya presencia estamos. Su pureza sin mancha, su verdad inmaculada y su rectitud impoluta, su misericordia sin mezcla y su justicia inflexible demandan la adoración y reverencia aun de los más excelentes de la hueste celestial; ¡cuánto más debieran mover a todo hombre caído hacia Él el más profundo temor y el más humilde homenaje! Debemos recordar siempre lo que sintió el profeta cuando se le dio en visión una revelación de la majestad y gloria de Dios, cuando vio al Señor "sentado sobre un trono alto y sublime, y su regio manto llenaba el templo, y los serafines estaban, cubriendo sus rostros con sus alas, clamando unos a otros: Santo, santo, santo es el Señor, toda la tierra está llena de su gloria".
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: GRACIOUS INVITATION — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.