La tierra prometida

La herencia eterna que nada puede arrebatar

Una reflexión sobre la fragilidad de lo terrenal y la seguridad de la herencia eterna, pura e incontaminada, reservada en el cielo para el creyente.

«Para que los llamados reciban la herencia eterna prometida.» Hebreos 9:15

Todo lo terrenal posee, por su propia naturaleza, un carácter de inestabilidad. ¿Qué es, en realidad, toda la historia del mundo sino un registro de continuos cambios? En el surgimiento y la caída de los grandes imperios de la antigüedad —el babilónico, el persa, el griego y el romano— contemplamos un poder establecido, en rápida sucesión, sobre las ruinas de otro. Los que gobernaban en aquellas lejanas épocas solían hablar, con orgullo y arrogancia, de sus ciudades eternas; pero, aunque sus cimientos fueran tan profundos y sus palacios tan suntuosos, hoy hemos de preguntar: ¿qué ha sido de ellos? Que responda la cabaña del pastor, que ahora se alza donde antes se alzaban ellas. Que responda el búho del desierto, sentado en triunfo sobre las ruinas de toda su antigua magnificencia, y la serpiente que silba entre sus columnas mientras se desmoronan en la ya casi intransitada soledad. Que responda el arado inconsciente, al pasar por los mismos lugares donde otrora se sentaban sus poderosos senados y donde se reunían sus espléndidas cortes. Sí, que responda el eco mismo, como si fuera sobresaltado por el pie que rompe el silencio de los siglos, donde todo era regocijo, banquete y canto. Todo su esplendor se ha desvanecido como un sueño que se aleja —débil y tenue. Sí, la mutabilidad está inscrita sobre la tierra y sobre todo cuanto ella contiene. Su apariencia pasa.

Construyen, pues, demasiado bajo los que construyen debajo de los cielos. Aquí en la tierra no hay ciudad permanente. Solo son sabios, y solo son felices, los que buscan una que ha de venir, aquella ciudad que tiene cimientos, cuyo constructor y hacedor es Dios. Al fijar nuestro afecto en las cosas de arriba, tenemos la consoladora seguridad de que son cosas que perdurarán; que ningún tiempo puede menoscabarlas, y ninguna desgracia arrebatárnoslas.

«Un día —cuenta John Newton— visité a una familia que había sufrido un incendio, el cual había destruido toda la casa y los enseres. Encontré a la piadosa señora en lágrimas. Le dije: "Señora, la felicito." Sorprendida y a punto de ofenderse, me respondió: "¿Cómo, me felicita de que toda mi propiedad se haya consumido?" "La felicito de que usted tenga tanta propiedad que ningún fuego puede tocar." Esto detuvo al instante su pesar; ella enjugó sus lágrimas y sonrió como el sol que brilla tras un aguacero de abril.»

«Tenemos una herencia inestimable —una herencia reservada en el cielo—, pura e incontaminada, fuera del alcance del cambio y la decadencia.» ¡Oh, herencia gloriosa! Y tan segura como gloriosa. Está reservada para el creyente, por un lado, y él es guardado para ella, por otro. Él es conservado como en una guarnición bien defendida, desde la cual puede desafiar a todos sus enemigos. Al estar constantemente bajo una doble guardia —el poder de Dios por fuera y la paz de Dios por dentro— le es imposible fracasar. Con verdad puede decirse: «Dichoso el pueblo que está en tal caso; sí, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.»

Tú, lector, si eres hijo de Dios, no tienes nada que temer. Puedes aventurarte a decir: que las riquezas tomen alas y huyan; que los consuelos humanos se desvanezcan, y que parientes y amigos se vuelvan traidores; que la tierra y las obras que en ella hay sean consumidas, y que toda la naturaleza se hunda en una vasta y universal ruina — ¡mi porción no está allí! El Señor es mi porción, dice mi alma, por tanto esperaré en Él. Mi corazón y mi carne fallan; todos los apoyos y todas las confianzas de las criaturas me fallan; pero Dios, el Dios eterno, es la fortaleza de mi corazón, y será mi porción para siempre.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Eternal Inheritance!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura