Toda carne, y todo lo que brota de ella y se vincula con ella, es como la hierba, que por un tiempo se ve verde y floreciente, pero tocada por la guadaña del segador o abrasada por el sol del mediodía, pronto se seca y se marchita. Tal es toda carne, sin excepción, desde el más encumbrado hasta el más humilde. Como en la naturaleza, algunas hierbas crecen más espesas y largas que otras y forman, por un tiempo, un espectáculo más vistoso; sin embargo, la guadaña no hace distinción entre la cosecha ligera y la abundante. Así, la guadaña de la muerte siega con igual ademán al rico y al pobre, y reclina en una misma sepultura a todos los hijos de los hombres.
Habréis visto a veces, a comienzos de la primavera, la hierba en flor, y habréis advertido esos pequeños filamentos amarillentos que tiemblan a cada brisa. Esa es "la flor de la hierba"; y aunque tan poco visible que casi pasa inadvertida, es tan su flor como el tulipán o la rosa lo son de la planta que los lleva. Pues así como la hierba se seca, también su flor se cae. Nunca tuvo, ni en su mejor estado, mucha firmeza ni capacidad de perdurar, pues pendía como de un hilo, y bastaba un pequeño soplo de viento para llevarla y hacerla como si nunca hubiera existido. Tal es toda la soberbia de la carne y toda la gloria del hombre.
Pero ¿no hay nada que permanezca en medio de cuanto así se seca y cae? Sí, la palabra del Señor. "Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada." Ahora bien, el mismo evangelio que predicaron los apóstoles se nos predica en la palabra de verdad que tenemos en nuestras manos; y si hemos recibido ese evangelio en un corazón creyente, hemos recibido para nosotros esa palabra del Señor que permanece para siempre. Y así, aunque toda nuestra carne sea como la hierba, y todo aquello en lo que naturalmente pudiéramos gloriarnos sea solo como la flor de la hierba, y aunque esta hierba deba secarse en la muerte y su flor caerá cuando el lugar que hoy nos conoce ya no nos reconozca, con todo tenemos una sustancia perdurable en el evangelio de la gracia de Dios; y, en la medida en que hemos recibido ese evangelio y conocido que es poder de Dios para salvación, cuando nuestra casa terrenal de esta tienda se deshaga, tendremos un edificio de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: December 31
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.