La santidad cristiana

La iglesia que Cristo edifica permanece firme para siempre

Cristo mismo construye su iglesia sobre la roca de su persona y su obra, y ni las puertas del Hades podrán prevalecer contra ella. Una invitación a pertenecer al único redil seguro.

«Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Mateo 16:18

¿Pertenecemos a la iglesia que está edificada sobre la roca? ¿Somos miembros de la única iglesia en la cual nuestras almas pueden ser salvas? Estas son preguntas serias. Merecen una consideración seria. Pido la atención de todos los que leen este mensaje, mientras intento mostrar la única iglesia verdadera, santa y universal, y guiar los pies de los hombres hacia el único redil seguro. ¿Qué es esta iglesia? ¿Cómo es? ¿Cuáles son sus marcas? ¿Dónde puede encontrarse? Sobre todos estos puntos tengo algo que decir. Voy a desplegar las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que están al inicio de esta página. Él declara: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella».

Consideremos esto con más detalle:

1. En primer lugar, tenemos un EDIFICIO mencionado en el texto. El Señor Jesucristo habla de «mi iglesia».

Ahora bien, ¿qué es esta iglesia? Pocas investigaciones pueden ser de mayor importancia que esta. Por falta de la debida atención a este tema, los errores que se han introducido en el mundo no son pocos ni pequeños.

La iglesia de nuestro texto no es ningún edificio material. No es un templo hecho con manos de madera, ladrillo, piedra o mármol. Es una compañía de hombres y mujeres. No es ninguna iglesia visible particular sobre la tierra. No es la iglesia de Oriente ni la de Occidente. No es la iglesia de Inglaterra ni la iglesia de Escocia. Y, sobre todo, ciertamente no es la iglesia de Roma. La iglesia de nuestro texto es una que hace mucha menos ostentación que cualquier iglesia visible ante los ojos de los hombres, pero que es de mucha mayor importancia ante los ojos de Dios.

La iglesia de nuestro texto está formada por todos los verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo, por todos los que son realmente santos y convertidos. La componen todos los que se han arrepentido del pecado, todos los que han huido a Cristo por la fe, todos los que han sido hechas nuevas criaturas en Él, todos los elegidos de Dios, todos los que han recibido la gracia de Dios, todos los que han sido lavados en la sangre de Cristo, todos los que han sido vestidos con la justicia de Cristo, todos los que han nacido de nuevo y sido santificados por el Espíritu de Cristo.

Todos estos, de todo nombre, rango, nación, pueblo y lengua, componen la iglesia de nuestro texto. Este es el cuerpo de Cristo. Este es el rebaño de Cristo. Esta es la esposa. Esta es la esposa del Cordero. Esta es la iglesia sobre la roca.

Los miembros de esta iglesia no adoran todos a Dios de la misma manera ni usan la misma forma de gobierno. Algunos son gobernados por obispos, y otros por ancianos. Algunos usan un libro de oración cuando se reúnen para el culto público, y otros no usan ninguno.

Pero los miembros de esta iglesia acuden todos a un mismo trono de gracia. Todos adoran con un mismo corazón. Todos son guiados por un mismo Espíritu. Todos son realmente y verdaderamente santos. Todos pueden decir «Aleluya», y todos pueden responder «Amén».

Esta es aquella iglesia, de la cual todas las iglesias visibles sobre la tierra son siervas y doncellas. Sean episcopales, independientes o presbiterianas, todas sirven a los intereses de la única iglesia verdadera. Son el andamiaje detrás del cual se lleva adelante el gran edificio. Son la cáscara bajo la cual crece el grano vivo. Tienen sus diversos grados de utilidad. La mejor y más digna de ellas es la que forma más miembros para la iglesia verdadera de Cristo. Pero ninguna iglesia visible tiene derecho a decir: «Nosotros somos la única iglesia verdadera. Nosotros somos los hombres, y la sabiduría morirá con nosotros». Ninguna iglesia visible debería atreverse jamás a decir: «Permaneceremos para siempre. Las puertas del Hades no prevalecerán contra mí».

Esta es aquella iglesia a la que pertenecen las bondadosas promesas del Señor de preservación, continuidad, protección y gloria final. «Todo cuanto», dice Hooker, «leemos en la Escritura acerca del amor sin fin y la misericordia salvadora que Dios muestra hacia sus iglesias, el único sujeto propio de ello es esta iglesia, que propiamente llamamos el cuerpo místico de Cristo». Pequeña y despreciada como pueda ser la iglesia verdadera en este mundo, es preciosa y honorable ante los ojos de Dios. El templo de Salomón en todo su esplendor era mezquino y despreciable en comparación con aquella iglesia que está edificada sobre la roca.

Confío en que las cosas que acabo de decir calen en la mente de todos los que leen este mensaje. Vean que sostienen sana doctrina acerca del tema «la iglesia». Un error aquí puede conducir a errores peligrosos y destructores del alma. La iglesia formada por verdaderos creyentes es la iglesia para la cual nosotros, los ministros, somos ordenados especialmente para predicar. La iglesia que comprende a todos los que se arrepienten y creen el evangelio es la iglesia a la que deseamos que pertenezcan. Nuestra obra no está terminada, y nuestros corazones no están satisfechos, hasta que seáis hechos nueva criatura y miembros de la única iglesia verdadera. Fuera de la iglesia que está «edificada sobre la roca» no puede haber salvación.

2. Nuestro texto contiene no solo un edificio, sino un CONSTRUCTOR. El Señor Jesucristo declara: «Yo edificaré mi iglesia». La iglesia verdadera de Cristo es tiernamente cuidada por las tres Personas de la bendita Trinidad. En el plan de salvación revelado en la Biblia, Dios el Padre elige, Dios el Hijo redime y Dios el Espíritu Santo santifica a cada miembro del cuerpo místico de Cristo. Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios, cooperan para la salvación de cada alma salva. Esta es una verdad que nunca debería olvidarse. No obstante, hay un sentido peculiar en el que la obra de la iglesia recae sobre el Señor Jesucristo. Él es peculiar y preeminentemente el Redentor y Salvador de la iglesia. Por eso le encontramos diciendo en nuestro texto: «Yo edificaré; la obra de edificar es mi obra especial».

Es Cristo quien llama a los miembros de la iglesia a su debido tiempo. Son «los llamados de Jesucristo» (Romanos 1:6).

Es Cristo quien les da vida. «El Hijo da vida a quien quiere» (Juan 5:21).

Es Cristo quien lava sus pecados. Él «nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre» (Apocalipsis 1:5).

Es Cristo quien les da paz. «La paz os dejo, mi paz os doy» (Juan 14:27).

Es Cristo quien les da vida eterna. «Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás» (Juan 10:28).

Es Cristo quien les concede arrepentimiento. «A este, Dios ha exaltado… para ser Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento» (Hechos 5:31).

Es Cristo quien los capacita para llegar a ser hijos de Dios. «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).

Es Cristo quien lleva adelante la obra en ellos una vez comenzada. «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Juan 14:19).

En resumen, «al Padre le agradó que en Cristo habitase toda la plenitud» (Colosenses 1:19). Él es el Autor y Consumador de la fe. Él es la vida. Él es la cabeza. De Él cada coyuntura y miembro del cuerpo místico de cristianos es provisto. Por Él son fortalecidos para el deber. Por Él son guardados de caer. Él los preservará hasta el fin y los presentará irreprensibles ante el trono del Padre con sumo gozo. Él es todas las cosas en todos los creyentes.

El poderoso agente por el cual el Señor Jesucristo lleva a cabo esta obra en los miembros de su iglesia es, sin duda, el Espíritu Santo. Él es quien aplica a Cristo y sus beneficios al alma. Él es quien está siempre renovando, despertando, convenciendo, conduciendo a la cruz, transformando, sacando del mundo piedra tras piedra y añadiéndola al edificio místico. Pero el gran Constructor principal, que ha emprendido ejecutar la obra de redención y llevarla a su consumación, es el Hijo de Dios, el «Verbo que fue hecho carne». Es Jesucristo quien «edifica».

Al edificar la iglesia verdadera, el Señor Jesús se digna usar muchos instrumentos subordinados: el ministerio del evangelio, la circulación de las Escrituras, la reprensión amistosa, la palabra dicha a tiempo, la influencia atrayente de las aflicciones; todo, todo son medios e instrumentos por los cuales su obra se lleva adelante, y el Espíritu transmite vida a las almas. Pero Cristo es el gran Arquitecto supervisor, ordenando, guiando y dirigiendo todo lo que se hace. Pablo puede plantar y Apolos regar, pero Dios da el crecimiento (1 Corintios 3:6). Los ministros pueden predicar, y los escritores escribir, pero solo el Señor Jesucristo puede edificar. Y a menos que Él edifique, la obra se detiene.

¡Grande es la sabiduría con la cual el Señor Jesucristo edifica su iglesia! Todo se hace en el tiempo justo y de la manera correcta. Cada piedra, a su turno, es puesta en su lugar correcto. A veces Él elige grandes piedras, y a veces piedras pequeñas. A veces la obra avanza rápido, y a veces avanza lentamente. El hombre con frecuencia se impacienta y piensa que nada está sucediendo. Pero el tiempo del hombre no es el tiempo de Dios. Mil años delante de sus ojos son como un solo día. El gran Constructor no comete errores. Sabe lo que está haciendo. Ve el fin desde el principio. Obra según un plan perfecto, inalterable y cierto. Las concepciones más poderosas de los arquitectos, como Miguel Ángel y Wren, son simples trivialidades y juegos de niños en comparación con los sabios consejos de Cristo respecto a su iglesia.

¡Grande es la condescendencia y la misericordia que Cristo muestra al edificar su iglesia! A menudo elige las piedras más improbables y más toscas, y las ajusta en una obra excelentísima. No desprecia a nadie, ni rechaza a nadie, a causa de pecados anteriores y transgresiones pasadas. A menudo hace de fariseos y publicanos pilares de su casa. Se deleita en mostrar misericordia. A menudo toma a los más irreflexivos e impíos y los transforma en esquinas pulidas de su templo espiritual.

¡Grande es el poder que Cristo muestra al edificar su iglesia! Lleva adelante su obra a pesar de la oposición del mundo, la carne y el diablo. En la tormenta, en la tempestad, a través de tiempos turbulentos, silenciosa, tranquilamente, sin ruido, sin agitación, sin alboroto, el edificio avanza, como el templo de Salomón. «Yo obraré», declara, «¿y quién lo estorbará?» (Isaías 43:13).

Los hijos de este mundo toman poco o ningún interés en la edificación de esta iglesia. No les importa la conversión de las almas. ¿Qué son para ellos los espíritus quebrantados y los corazones contritos? ¿Qué es para ellos la convicción del pecado o la fe en el Señor Jesús? Todo es «locura» a sus ojos. Pero mientras los hijos de este mundo no se preocupan, hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios. Por la preservación de la iglesia verdadera, las leyes de la naturaleza han sido muchas veces suspendidas. Por el bien de esa iglesia, todos los tratos providenciales de Dios en este mundo son ordenados y dispuestos. Por amor a los escogidos, las guerras llegan a su fin, y la paz se concede a una nación. Los estadistas, gobernantes, emperadores, reyes, presidentes y jefes de gobierno tienen sus esquemas y planes, y los consideran de inmensa importancia. Pero hay otra obra en marcha de momento infinitamente mayor, para la cual ellos son solo los «hachas y sierras» en las manos de Dios (Isaías 10:15). Esa obra es la erección del templo espiritual de Cristo, la reunión de piedras vivas en la única iglesia verdadera.

Deberíamos sentir profunda gratitud porque la edificación de la iglesia verdadera está puesta sobre los hombros de Uno que es poderoso. Si la obra dependiera del hombre, pronto se detendría. Pero, bendito sea Dios, la obra está en manos de un Constructor que nunca deja de cumplir sus designios. Cristo es el Constructor todopoderoso. Él llevará adelante su obra, aunque las naciones y las iglesias visibles no conozcan su deber. Cristo nunca fallará. Aquello que Él ha emprendido, ciertamente lo cumplirá.

3. El Señor Jesucristo nos dice: «Sobre esta ROCA edificaré mi iglesia». Este es el fundamento sobre el cual la iglesia es edificada. ¿Qué quiso decir el Señor Jesucristo cuando habló de este fundamento? ¿Quiso decir al apóstol Pedro, a quien estaba hablando? Creo que seguramente no. No veo ninguna razón, si Él se refería a Pedro, por la cual no dijo: «Sobre ti edificaré mi iglesia». Si hubiera querido decir a Pedro, seguramente habría dicho: «Edificaré mi iglesia sobre ti», con la misma claridad con que dijo: «A ti te daré las llaves». No, no era la persona del apóstol Pedro, sino la buena confesión que el apóstol acababa de hacer. No era Pedro, el hombre errante e inestable, sino la poderosa verdad que el Padre había revelado a Pedro. Era la verdad concerniente a Jesucristo mismo lo que era la roca. Era el mediador de Cristo, y el mesianismo de Cristo. Era la bendita verdad de que Jesús era el Salvador prometido, el fiador verdadero, el verdadero intercesor entre Dios y los hombres. Esta era la roca, y este el fundamento, sobre el cual la iglesia de Cristo sería edificada.

El fundamento de la iglesia verdadera fue puesto a un costo inmenso. Fue necesario que el Hijo de Dios tomara nuestra naturaleza sobre sí, y en esa naturaleza viviera, sufriera y muriera, no por sus propios pecados, sino por los nuestros. Fue necesario que en esa naturaleza Cristo bajara al sepulcro y resucitara. Fue necesario que en esa naturaleza Cristo subiera al cielo, para sentarse a la diestra de Dios, habiendo obtenido eterna redención para todo su pueblo. Ningún otro fundamento podría haber satisfecho las necesidades de pecadores perdidos, culpables, corrompidos, débiles e indefensos.

Ese fundamento, una vez obtenido, es muy fuerte. Puede soportar el peso de los pecados de todo el mundo. Ha soportado el peso de todos los pecados de todos los creyentes que se han edificado sobre él.

Pecados de pensamiento, pecados de la imaginación, pecados del corazón, pecados de la mente, pecados que todos han visto, y pecados que ningún hombre conoce, pecados contra Dios y pecados contra el hombre, pecados de toda clase y descripción: aquella poderosa roca puede soportar el peso de todos estos pecados sin ceder. El oficio mediador de Cristo es un remedio suficiente para todos los pecados de todo el mundo.

A este único fundamento está unido todo miembro de la iglesia verdadera de Cristo. En muchas cosas los creyentes están desunidos y en desacuerdo. En cuanto al fundamento de su alma, todos son de una sola mente. Sean episcopales o presbiterianos, bautistas o metodistas, los creyentes todos se encuentran en un punto. Todos están edificados sobre la roca. Pregúntales de dónde obtienen su paz, su esperanza y su gozosa expectativa de los bienes venideros. Hallaréis que todo fluye de aquella única fuente poderosa, Cristo el Mediador entre Dios y los hombres, y el oficio que Cristo ejerce como Sumo Sacerdote y Fiador de los pecadores.

Examina tu fundamento, si quieres saber si eres o no miembro de la única iglesia verdadera. Es un punto que puedes conocer por ti mismo. Tu culto público nosotros podemos verlo; pero no podemos ver si estás personalmente edificado sobre la roca. Tu asistencia a la mesa del Señor nosotros podemos verla; pero no podemos ver si estás unido a Cristo, y eres uno con Cristo, y Cristo en ti. Cuídate de equivocarte acerca de tu propia salvación personal. Asegúrate de que tu propia alma está sobre la roca. Sin esto, todo lo demás no es nada. Sin esto, jamás permanecerás en el día del juicio. ¡Mil veces mejor en aquel día ser hallado en una cabaña «sobre la roca» que en un palacio sobre la arena!

4. Procedo, en cuarto lugar, a hablar de las PRUEBAS IMPLÍCITAS de la iglesia, a las cuales se refiere nuestro texto. Se hace mención de «las puertas del Hades». Por esa expresión se nos quiere dar a entender el poder del príncipe del Hades, es decir, el diablo. (Comparad Salmos 9:13; 107:18; Isaías 38:10).

La historia de la iglesia verdadera de Cristo siempre ha sido una de conflicto y guerra. Ha sido constantemente asediada por un enemigo mortal, Satanás, el príncipe de este mundo. El diablo odia a la iglesia verdadera de Cristo con un odio que no muere. Está siempre suscitando oposición contra todos sus miembros. Está siempre incitando a los hijos de este mundo a hacer su voluntad, y a dañar y acosar al pueblo de Dios. Si no puede herir la cabeza, herirá el calcañar. Si no puede robar a los creyentes el cielo, los molestará por el camino.

La guerra contra los poderes del Hades ha sido la experiencia de todo el cuerpo de Cristo durante seis mil años. Siempre ha sido una zarza ardiendo, pero no consumida; una mujer huyendo al desierto, pero no tragada (Éxodo 3:2; Apocalipsis 12:6, 16). Las iglesias visibles tienen sus tiempos de prosperidad y sus estaciones de paz, pero nunca ha habido un tiempo de paz para la iglesia verdadera. Su conflicto es perpetuo. Su batalla nunca termina.

La guerra contra los poderes del Hades es la experiencia de cada miembro individual de la iglesia verdadera. Cada uno tiene que pelear. ¿Qué son las vidas de todos los santos sino registros de batallas? ¿Qué fueron hombres como Pablo, Santiago, Pedro, Juan, Policarpo, Crisóstomo, Agustín, Lutero, Calvino, Latimer y Baxter sino soldados empeñados en una guerra constante? A veces las personas de los santos han sido asaltadas, y a veces sus bienes. A veces han sido acosados por calumnias y difamaciones, y a veces por persecución abierta. Pero de una manera u otra el diablo ha estado guerreando continuamente contra la iglesia. Las «puertas del Hades» han estado asaltando continuamente al pueblo de Cristo.

Nosotros que predicamos el evangelio podemos ofrecer a todos los que vienen a Cristo «grandes y preciosas promesas» (2 Pedro 1:4). Podemos ofreceros con audacia, en nombre de nuestro Maestro, la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. Misericordia, gracia libre y plena salvación se ofrecen a todos los que vengan a Cristo y crean en Él. Pero no os prometemos paz con el mundo ni con el diablo. Por el contrario, os advertimos que habrá guerra mientras estéis en el cuerpo. No os detendríamos ni os disuadiríamos del servicio de Cristo. Pero quisiéramos que «calculaseis el costo» y comprendierais plenamente lo que el servicio de Cristo entraña (Lucas 14:28).

a. No os maravilléis de la enemistad de las puertas del Hades. «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo» (Juan 15:19). Mientras el mundo sea el mundo, y el diablo el diablo, habrá guerra, y los creyentes en Cristo deben ser soldados. El mundo aborreció a Cristo, y el mundo aborrecerá a los verdaderos cristianos, mientras la tierra permanezca. Como dijo el gran Reformador Lutero: «Caín seguirá asesinando a Abel mientras la iglesia esté sobre la tierra».

b. Estad preparados para la enemistad de las puertas del Hades. Revestíos con toda la armadura de Dios. La torre de David contiene mil escudos, todos listos para el uso del pueblo de Dios. Las armas de nuestra guerra han sido probadas por millones de pobres pecadores como nosotros, y nunca se ha hallado que fallen.

c. Estad pacientes bajo la enemistad de las puertas del Hades.

Todo ello obra conjuntamente para vuestro bien.

Tiende a santificaros.

Os mantendrá despiertos.

Os hará humildes.

Os acercará más al Señor Jesucristo.

Os desapegará del mundo.

Os ayudará a orar más.

Y sobre todo, os hará anhelar el cielo.

Os enseñará a decir con el corazón tanto como con los labios: «Ven, Señor Jesús. Venga tu reino».

d. No os desaniméis por la enemistad del Hades. La guerra del verdadero hijo de Dios es una marca de gracia tanto como la paz interior que disfruta. ¡Sin cruz, no hay corona! ¡Sin conflicto, no hay cristianismo que salve! «Bienaventurados sois», dijo nuestro Señor Jesucristo, «cuando os injurien, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo». Si nunca sois perseguidos por causa de la religión, y todos hablan bien de vosotros, entonces podéis bien dudar si pertenecéis a «la iglesia sobre la roca» (Mateo 5:11; Lucas 6:26).

5. Resta una cosa más por considerar: la SEGURIDAD de la iglesia verdadera de Cristo. Hay una promesa gloriosa dada por el Constructor: «Las puertas del Hades no prevalecerán».

Él, que no puede mentir, ha empeñado su palabra en que todos los poderes del Hades nunca derribarán su iglesia. Ella continuará y permanecerá, a pesar de todo asalto. Jamás será vencida. Todas las demás cosas creadas perecen y pasan, pero no la iglesia que está edificada sobre la roca.

Los imperios han surgido y caído en rápida sucesión. Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Tiro, Cartago, Roma, Grecia, Venecia, ¿dónde están todos ellos ahora? Fueron creaciones de la mano del hombre, y han pasado. Pero la iglesia verdadera de Cristo vive.

Las ciudades más poderosas se han convertido en montones de ruinas. Los anchos muros de Babilonia se han hundido en el suelo. Los palacios de Nínive están cubiertos de montículos de polvo. Las cien puertas de Tebas son solo asunto de historia. Tiro es un lugar donde los pescadores tienden sus redes. Cartago es una desolación. Sin embargo, todo este tiempo la iglesia verdadera permanece. Las puertas del Hades no prevalecen contra ella.

Las iglesias visibles más antiguas en muchos casos se han decaydo y perecido. ¿Dónde está la iglesia de Éfeso y la iglesia de Antioquía? ¿Dónde la iglesia de Alejandría y la iglesia de Constantinopla? ¿Dónde están las iglesias de Corinto, Filipos y Tesalónica? ¿Dónde, en efecto, están todas ellas? Se apartaron de la Palabra de Dios. Se enorgullecieron de sus obispos, sínodos, ceremonias, erudición y antigüedad. No se gloriaran en la verdadera cruz de Cristo. No retuvieron el evangelio. No dieron a Jesucristo su oficio debido, ni a la fe su lugar debido. Ahora están entre las cosas que han dejado de ser. Su candelero ha sido quitado. Pero todo este tiempo, la iglesia verdadera ha vivido.

¿Ha sido oprimida la iglesia verdadera en un país? Ha huido a otro. ¿Ha sido pisoteada y oprimida en un suelo? Ha echado raíces y florecido en otro clima. Fuego, espada, prisiones, multas y penas nunca han podido destruir su vitalidad. Sus perseguidores han muerto y han ido a su propio lugar, pero la Palabra de Dios ha vivido, crecido y se ha multiplicado. Por débil que parezca esta iglesia verdadera a los ojos del hombre, es un yunque que ha roto muchos martillos en tiempos pasados, y quizás romperá muchos más antes del fin. Quien ponga sus manos sobre ella, toca la niña de su ojo (Zacarías 2:8).

La promesa de nuestro texto es verdadera para todo el cuerpo de la iglesia verdadera. Cristo nunca estará sin un testigo en el mundo. Ha tenido un pueblo en los peores tiempos. Tuvo siete mil en Israel aun en los días de Acab. Hay algunos ahora, creo, en los lugares oscuros de las iglesias romana y griega que, a pesar de mucha debilidad, sirven a Cristo. El diablo puede enfurecerse horriblemente. La iglesia en algunos países puede ser reducida a lo sumo. Pero las puertas del Hades nunca prevalecerán del todo.

La promesa de nuestro texto es verdadera para cada miembro individual de la iglesia. Algunos del pueblo de Dios han sido tan abatidos y perturbados que han desesperado de su seguridad. Algunos han caído lamentablemente, como David y Pedro. Algunos se han apartado de la fe por un tiempo, como Cranmer y Jewell. Muchos han sido probados por crueles dudas y temores. Pero todos han llegado sanos y salvos a casa al final, los más jóvenes así como los más ancianos, los más débiles así como los más fuertes. Y así será hasta el fin. ¿Puedes impedir que el sol de mañana salga? ¿Puedes impedir que la marea del canal de Bristol suba y baje? ¿Puedes impedir que los planetas se muevan en sus respectivas órbitas? Entonces, y solo entonces, podrás impedir la salvación de cualquier creyente, por más débil que sea, la seguridad final de cualquier piedra viva en aquella iglesia que está edificada sobre la roca, por muy pequeña o insignificante que parezca esa piedra.

La iglesia verdadera es el cuerpo de Cristo. No un solo hueso de aquel cuerpo místico será jamás quebrado.

La iglesia verdadera es la esposa de Cristo. A los que Dios ha unido en pacto eterno, nunca serán separados.

La iglesia verdadera es el rebaño de Cristo. Cuando el león vino y tomó un cordero del rebaño de David, David se levantó y arrebató el cordero de su boca. Cristo hará lo mismo. Él es el hijo mayor de David. Ni un solo cordero enfermo del rebaño de Cristo perecerá. Él dirá a su Padre en el día final: «De los que me diste, ninguno perdí» (Juan 18:9).

La iglesia verdadera es el trigo de la tierra. Puede ser zarandeada, aventada, maltratada, sacudida de un lado a otro. Pero ni un solo grano se perderá. La cizaña y la paja serán quemadas. El trigo será recogido en el granero.

La iglesia verdadera es el ejército de Cristo. El Capitán de nuestra salvación no pierde a ninguno de sus soldados. Sus planes nunca son derrotados. Sus provisiones nunca fallan. Su lista de revista es la misma al fin que al principio. ¡De los hombres que marcharon gallardamente de Inglaterra hace unos años en la guerra de Crimea, cuántos no regresaron jamás! Regimientos que salieron fuertes y alegres, con bandas tocando y banderas ondeando, dejaron sus huesos en tierra extranjera, y nunca volvieron a su país natal. Pero no es así con el ejército de Cristo. Ni uno solo de sus soldados faltará al final. Él mismo declara: «¡No perecerán jamás!» (Juan 10:28).

El diablo puede echar a algunos de los miembros de la iglesia verdadera en la cárcel. Puede matar, quemar, torturar y colgar. Pero después de haber matado el cuerpo, no hay nada más que pueda hacer. No puede dañar el alma. Cuando las tropas francesas tomaron Roma hace unos años, encontraron en las paredes de una celda de una prisión, bajo la Inquisición, las palabras de un prisionero. Quién fue, no lo sabemos. Pero sus palabras son dignas de recuerdo. «Aunque muerto, aún habla». Había escrito en las paredes, muy probablemente después de un juicio injusto y de una excomunión aún más injusta, las siguientes palabras conmovedoras: «Bendito Jesús, no pueden echarme de tu iglesia verdadera». ¡Ese registro es verdadero! ¡No todo el poder de Satanás puede echar a un solo creyente de la iglesia verdadera de Cristo!

Confío en que ningún lector de este mensaje permita jamás que el temor le impida comenzar a servir a Cristo. Aquel a quien encomiendas tu alma tiene todo poder en el cielo y en la tierra, y Él te guardará. Nunca permitirá que seas desechado. Los parientes pueden oponerse. Los vecinos pueden burlarse. El mundo puede calumniar, ridiculizar, bromear y mofarse. ¡No temáis! ¡No temáis! Los poderes del Hades nunca prevalecerán contra tu alma. Mayor es el que está por vosotros que todos los que están contra vosotros.

No temáis por la iglesia de Cristo cuando mueran los ministros y sean quitados los santos. Cristo puede siempre sostener su propia causa. Él levantará mejores siervos y estrellas más brillantes. Las estrellas están todas en su diestra. Dejad todo pensamiento ansioso acerca del futuro. Dejad de abatiréis por las medidas de los estadistas o por las tramas de los lobos con piel de oveja. Cristo proveerá siempre para su propia iglesia. Cristo cuidará que «las puertas del Hades no prevalezcan contra ella». Todo va bien, aunque nuestros ojos no lo vean. Los reinos de este mundo vendrán a ser los reinos de nuestro Dios y de su Cristo.

Concluiré ahora este mensaje con unas palabras de APLICACIÓN PRÁCTICA.

1. Mi primera palabra de aplicación será una PREGUNTA. ¿Cuál será esa pregunta? ¿Qué preguntaré? Volveré al punto con el que comencé. Volveré a la primera frase con la que abrí mi mensaje. Os pregunto: ¿sois miembros de la única iglesia verdadera de Cristo? ¿Sois, en el sentido más alto y mejor, «hombres de iglesia» ante los ojos de Dios? Ya sabéis ahora a qué me refiero. Miro mucho más allá de la iglesia de Inglaterra. No estoy hablando de iglesia ni de capilla. Hablo de «la iglesia edificada sobre la roca». Os pregunto, con toda solemnidad: ¿Sois miembros de esa iglesia? ¿Estáis unidos al gran Fundamento? ¿Estáis sobre la roca? ¿Habéis recibido el Espíritu Santo? ¿Da testimonio el Espíritu con vuestro espíritu de que sois uno con Cristo, y Cristo con vosotros? Os ruego, en el nombre de Dios, que toméis a pecho estas preguntas y las ponderéis bien. Si no estáis convertidos, aún no pertenecéis a la «iglesia sobre la roca».

Que cada lector de este mensaje se cuide a sí mismo, si no puede dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta. Cuidaos, cuidaos, de no hacer naufragar vuestra alma para toda la eternidad. Cuidaos, no sea que al final las puertas del Hades prevalezcan contra vosotros, el diablo os reclame como suyo, y seáis echados para siempre. Cuidaos, no sea que bajéis al abismo desde la tierra de las Biblias, y a plena luz del evangelio de Cristo. Cuidaos, no sea que seáis hallados a la izquierda de Cristo al final, un episcopal perdido o un presbiteriano perdido, un bautista perdido o un metodista perdido, perdidos porque, con todo vuestro celo por vuestro propio partido y por vuestra propia mesa de comunión, nunca os unisteis a la única iglesia verdadera.

2. Mi segunda palabra de aplicación será una INVITACIÓN. La dirijo a todos los que aún no son verdaderos creyentes. Os digo: venid y uníos a la única iglesia verdadera sin demora. Venid y uníos al Señor Jesucristo en un pacto eterno que no será olvidado.

Considerad bien lo que digo. Os encargo solemnemente que no erréis el sentido de mi invitación. No os mando dejar la iglesia visible a la que pertenecéis. Aborrezco toda idolatría de denominaciones y partidos. Detesto un espíritu proselitista. Pero sí os mando venir a Cristo y ser salvos. El día de la decisión tiene que llegar en algún momento. ¿Por qué no esta misma hora? ¿Por qué no hoy, mientras se llama hoy? ¿Por qué no esta misma noche, antes de que el sol salga mañana por la mañana? Venid a Aquel que murió por los pecadores en la cruz, e invita a todos los pecadores a venir a Él por la fe y ser salvos. Venid a mi Maestro, Jesucristo. Venid, os digo, porque todo está ya listo. La misericordia está lista para vosotros. El cielo está listo para vosotros. Los ángeles están listos para regocijarse por vosotros. Cristo está listo para recibiros. Cristo os recibirá con gozo, y os acogerá entre sus hijos. Entrad en el arca. El diluvio de la ira de Dios pronto se desatará sobre la tierra. ¡Entrad en el arca y estad seguros!

Entrad en el bote salvavidas de la única iglesia verdadera. ¡Este viejo mundo pronto se hará pedazos! ¿No oís sus temblores? El mundo es solo un naufragio sobre un banco de arena. La noche está muy avanzada, las olas comienzan a crecer, el viento se levanta, la tormenta pronto destrozará el viejo naufragio. Pero el bote salvavidas ha sido lanzado, y nosotros, los ministros del evangelio, os suplicamos que entréis en el bote salvavidas y seáis salvos. Os suplicamos que os levantéis de una vez y vengáis a Cristo.

¿Preguntáis: «¿Cómo puedo venir? Mis pecados son demasiados. Aún soy demasiado malo. No me atrevo a venir»? ¡Fuera ese pensamiento! Es una tentación de Satanás. Venid a Cristo como pecador. Venid tal como sois. Escuchad las palabras de aquel hermoso himno:

«Cual soy, sin un ruego, salvo el que tu sangre por mí vertió, y el que me mandas venir a ti, Cordero de Dios, vengo».

Esta es la manera de venir a Cristo. Deberíais venir, sin esperar nada, sin deteneros en nada. Deberíais venir como un pecador hambriento para ser saciado; como un pecador pobre para ser enriquecido; como un pecador indigno para ser vestido de justicia.

Viniendo así, Cristo os recibiría. «Al que viene» a Cristo, Él «no echará fuera». Oh, venid, venid a Jesucristo. Entrad en la iglesia verdadera por la fe y sed salvos.

3. Por último, dejadme dar una palabra de EXHORTACIÓN a todos los creyentes en cuyas manos caiga este mensaje.

Procurad vivir una vida santa. Andad de manera digna de la iglesia a la que pertenecéis. Vivid como ciudadanos del cielo. Dejad que vuestra luz brille ante los hombres, de modo que el mundo se beneficie de vuestra conducta. Que sepan de quién sois y a quién servís. Sed cartas de Cristo, conocidas y leídas por todos los hombres, escritas con letras tan claras que nadie pueda decir de vosotros: «No sé si este hombre es miembro de Cristo o no». El que no sabe nada de santidad real y práctica, no es miembro de la iglesia sobre la roca.

Procurad vivir una vida valiente. Confesad a Cristo ante los hombres. Sea cual fuere la posición que ocupéis, en esa estación confesad a Cristo. ¿Por qué habéis de avergonzaros de Él? Él no se avergonzó de vosotros en la cruz. Está listo para confesaros ahora ante su Padre en el cielo. ¿Por qué habéis de avergonzaros de Él? Sed valientes. Sed muy valientes. El buen soldado no se avergüenza de su uniforme. El verdadero creyente nunca debería avergonzarse de Cristo.

Procurad vivir una vida gozosa. Vivid como hombres que esperan aquella bendita esperanza, la segunda venida de Jesucristo. Esta es la perspectiva a la cual todos deberíamos mirar. No es tanto el pensamiento de ir al cielo como el del cielo que viene a nosotros lo que debería llenar nuestras mentes. «Viene un buen tiempo» para todo el pueblo de Dios, un buen tiempo para toda la iglesia de Cristo, un buen tiempo para todos los creyentes, un mal tiempo para los impenitentes e incrédulos, pero un buen tiempo para los verdaderos cristianos. Por ese buen tiempo, esperemos, velemos y oremos.

El andamiaje pronto será retirado. La última piedra pronto será sacada. La piedra final será colocada sobre el edificio. ¡Aún un poco de tiempo, y la hermosura plena de la iglesia que Cristo está edificando será vista con claridad!

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — The Church Which Christ Builds

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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