No cesemos, pues, de esgrimir el único instrumento de operación poderosa y positiva —el evangelio— para alejar de vosotros el amor al mundo. Procuremos todo método legítimo de hallar acceso a vuestros corazones para el amor de Aquel que es mayor que el mundo. Para este fin, despejemos, si nos es posible, aquel sudario de incredulidad que oculta y oscurece el rostro de la Deidad. Insistamos en sus derechos sobre vuestro afecto; y ya sea en forma de gratitud o ya en forma de estimación, jamás cesemos de afirmar que, en toda esa admirable economía cuyo propósito es reclamar para Sí a un mundo pecador, Él, el Dios de amor, se presenta con tales caracteres de ternura, que nada sino la fe y nada sino el entendimiento se requieren de vuestra parte para llamar de nuevo al amor de vuestros corazones.
Y aquí aludamos a la incredulidad del hombre mundano: cuando aplica su propia y sólida experiencia secular a las altas doctrinas del cristianismo; cuando mira la regeneración como cosa imposible; cuando, sintiendo como siente las obstinaciones de su propio corazón del lado de las cosas presentes, y lanzando una mirada inteligente —acaso muy ejercitada en la observación de la vida humana— sobre las iguales obstinaciones de cuantos le rodean, pronuncia que todo este asunto de la crucifixión del viejo hombre y la resurrección de un hombre nuevo en su lugar está en franco desacuerdo con cuanto se conoce y se constata de la real naturaleza de la humanidad.
Pensamos haber visto a tales hombres que, atrincherados firmemente en su propio vigoroso y doméstico buen juicio, y observando astutamente cuanto pasa ante ellos durante la semana y en las escenas del tráfico ordinario, miran esa transición del corazón por la que gradualmente muere al tiempo y despierta a toda la vida de un deseo recién sentido y siempre creciente hacia Dios como una mera especulación dominical; y que así, con toda su atención absorbida por los asuntos de la mundanalidad, permanecen impasibles hasta el fin de sus días entre los sentimientos, los apetitos y las ocupaciones de la mundanalidad. Si acaso les asalta el pensamiento de la muerte y de otro estado del ser tras ella, no es con un cambio tan radical como el de nacer de nuevo con el que asocian jamás la idea de preparación. Tienen alguna vaga concepción de que es bastante bueno que se desempeñen de manera decente y tolerable en sus obligaciones relativas; y que, sobre la base de algunas de esas moralidades sociales y domésticas que a menudo se cumplen en aquel en cuyo corazón el amor de Dios nunca ha entrado, serán transplantados sin riesgo desde este mundo —donde Dios es el Ser con quien casi puede decirse que nada han tenido que ver— a aquel mundo donde Dios es el Ser con quien principalmente e inmediatamente tendrán que ver durante toda la eternidad.
Admiten cuanto se dice de la absoluta vanidad del tiempo cuando se toma como lugar de reposo. Pero resisten toda aplicación hecha sobre el corazón del hombre con el fin de desviar de tal modo sus tendencias que no encuentre ya en lo sucesivo en los intereses del tiempo todo su descanso y todo su refrigerio. De hecho, consideran tal intento como una empresa del todo etérea; y con un tono de sabiduría secular, tomado de las familiaridades de la experiencia cotidiana, perciben un carácter visionario en todo cuanto se dice de poner nuestros afectos en las cosas de arriba, y de andar por fe, y de guardar nuestros corazones en tal amor de Dios que cierre en ellos el amor al mundo, y de no tener confianza en la carne, y de renunciar de tal modo a las cosas terrenales que nuestra conversación sea en los cielos.
El evangelio es locura para quienes lo miran con ojos mortales y razón.
Ahora bien, es del todo digno de notarse, respecto de esos hombres que así desabrochan el cristianismo espiritual y, de hecho, lo juzgan un logro impracticable, cuán unidas entre sí están su incredulidad respecto de las exigencias del cristianismo y su incredulidad respecto de las doctrinas del cristianismo. No es de extrañar que sientan la obra del Nuevo Testamento por encima de sus fuerzas, mientras estimen las palabras del Nuevo Testamento indignas de su atención. Ni ellos ni nadie pueden despojar al corazón de un afecto viejo sino por el poder expulsivo de uno nuevo; y, si ese nuevo afecto ha de ser el amor de Dios, ni ellos ni nadie pueden ser movidos a abrigarlo, sino mediante una representación de la Deidad que atraiga hacia Él el corazón del pecador.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Chalmers
Título original: The Expulsive Power of a New Affection — parte 8
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.