La Doctrina de la Elección

La justicia de la elección y la soberana gracia de Dios

Una exposición de por qué la elección no es injusticia sino gracia soberana, y cómo la salvación depende enteramente del libre don de Dios.

3. La justicia de la elección

En toda época ha habido quienes han argüido que la doctrina de la elección acusa a Dios de injusticia. Dicen que no es justo que Él destaque a ciertos para vida eterna y permita que el resto sea eternamente condenado. Pero tal acusación evidencia una ignorancia grosera y pervierte los principios fundamentales del Evangelio. La salvación no es cuestión de justicia, sino de gracia. Si el asunto ha de resolverse sobre la base de la pura justicia, entonces todo hijo de Adán debe perecer, porque: "todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23). Decir que Dios no tiene derecho a destacar solo a ciertos para ser conformados a la imagen de su Hijo, es repudiar el hecho cardinal del Evangelio. La salvación no es un salario que debamos ganar, ni una recompensa que debamos merecer. Es un don gratuito otorgado a los indignos. Pero en el momento en que concedemos que la salvación es don de Dios, estamos lógicamente obligados a aceptar el principio de la elección. ¿Acaso no tiene Dios perfecto derecho a dispensar su don como le place? Ciertamente que sí. Y no solo es este su prerrogativa, sino que la ejerce: "Porque a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca" (Romanos 9:15). Dios no le debe nada a nadie. No está obligado a salvar a nadie. Si Él libra a alguno de la ira venidera, es debido únicamente a su gracia. No está bajo constricción de salvar a todos si salvara a alguno. Si Él escoge pasar por algunos, reteniendo el don de la salvación, entonces no hay motivo para queja. En el último gran día cada hombre recibirá toda la misericordia a la cual tiene derecho. ¿No hará justicia el Juez de toda la tierra? Ciertamente que sí. La sentencia pronunciada sobre los de la mano izquierda será una perfectamente justa. "Con respecto a esta prerrogativa [su soberanía], podemos decir, primero, que a Dios pertenece el derecho de ejercerla. Este derecho surge, primero, de ser nuestro Creador. Él dice: 'todas las almas son mías' (Ezequiel 18:4). Tiene un derecho absoluto de hacer con nosotros como le place, ya que 'él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos' (Salmo 100:3). Los hombres olvidan lo que son, y se jactan de grandes cosas; pero en verdad no son más que barro sobre la rueda del alfarero, y Él puede formarlos o quebrarlos como le plazca. Ellos no lo piensan así, pero Él conoce sus pensamientos, que son vanidad. ¡Oh, la dignidad del hombre! ¡Qué tema para un discurso sarcástico!

Como la rana de la fábula se hinchó hasta reventar, así el hombre en su orgullo y envidia contra su Hacedor, quien no obstante está sentado sobre el círculo de los cielos, y tiene a los hombres como si fueran saltamontes, y considera a naciones enteras de ellos como el polvo menudo de la balanza. La prerrogativa del Señor de la creación se manifiesta ampliada moralmente por nuestra pérdida de cualquier consideración que pudiera haber surgido de la obediencia y rectitud si las hubiéramos poseído. Nuestra falta ha implicado la pérdida de cualesquiera derechos de la criatura, cualesquiera que estos hayan sido. Todos somos reos de alta traición, y cada uno ha sido culpable de rebelión personal; por tanto, no tenemos los derechos de ciudadanos, sino que yacemos bajo sentencia de condenación. ¿Qué dice la infalible voz de Dios? "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley para hacerlas" (Gálatas 3:10). Hemos venido bajo esta maldición; la justicia nos ha declarado culpables, y por naturaleza permanecemos bajo condenación. Si entonces al Señor le place librarnos de la muerte, depende de Él hacerlo; pero no tenemos derecho a tal liberación, ni podemos alegar argumento alguno que valga en los tribunales de justicia para la reversión de la sentencia o suspensión de la ejecución. Ante el tribunal de la justicia nuestro caso debe ir mal si planteamos cualquier pleito de derecho. Seremos rechazados con el desdén del Juez imparcial si instamos nuestra demanda por esa vía. Nuestro más sabio curso es apelar a su misericordia y a su soberana gracia, porque allí solamente está nuestra esperanza. Entiéndame claramente: si el Señor nos permite a todos perecer, solo recibiremos nuestro merecido, y ninguno de nosotros tiene una sombra de reclamo sobre su misericordia—estamos, por tanto, absolutamente en sus manos, y a Él pertenecen las salidas de la muerte". (C.H. Spurgeon, La Prerrogativa Real—Salmo 68:20-21). Finalmente, recuérdese que Dios nunca niega misericordia a quienes la buscan con honestidad. Es verdad que los no elegidos se perderán, hagan lo que hagan. Al pecador se le dice: "Gusta y ve que el Señor es bueno" (Salmo 34:8). Es libremente invitado a ser huésped en el banquete del Evangelio. La promesa es amplia y clara—"al que a mí viene, no le echo fuera" (Juan 6:37). Pero si el pecador no viene a Cristo para que tenga vida, entonces su sangre está sobre su propia cabeza. Si no quiere creer, entonces es su propia voluntad la que lo condena.

Fuente y atribución

Autor original: Arthur Pink

Título original: La Doctrina de la Elección — 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Arthur Pink, publicado originalmente en Grace Gems.

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