Horas devocionales con la Biblia — volumen 6

La lección de velar cuando el Señor vuelve sin aviso

Jesús nos llama a una vigilancia constante y diligente, viviendo cada día en paz con Dios y con la obra bien hecha, listos para su regreso repentino.

Era martes por la noche. Jesús había salido del templo, para no volver a él jamás. Sus últimas palabras al pueblo ya habían sido pronunciadas. En el camino, sus discípulos le llamaron la atención sobre el templo, quizá sugiriendo su magnificencia y su solidez. Era, en verdad, un edificio admirable. Pero Jesús dijo: «De cierto os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada».

El pequeño grupo se dirigió al monte de los Olivos y se sentó. Una profunda solemnidad llenaba sus corazones. Los discípulos le pidieron que les dijera cuándo habrían de cumplirse las cosas que Él había anunciado. Tenían en mente tres acontecimientos: la destrucción del templo, la venida final del Señor y el fin del mundo. Él les advirtió primero contra el dejarse llevar por los impostores. «Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán».

Les mandó estar preparados para cuanto pudiera venir. La parábola de la higuera les enseñaba a esperar tribulaciones. El día y la hora precisos: «Nadie lo sabe, ni aun los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino solo el Padre». Los acontecimientos portentosos vendrían sin previo aviso. Sería como en los días de Noé. «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre».

La gran lección que Jesús enseñó a sus discípulos quedó resumida en la palabra «¡Velad!», que resuena en su discurso con golpes reiterados como una gran campana. Las preguntas sobre cuándo o cómo llegará ese momento son desalentadas, pero ellos siempre deben velar. «Velad, pues, porque no sabéis qué día vuestro Señor vendrá». Mateo 24:42.

Debemos estar siempre velando: velando sobre nosotros mismos, no sea que hagamos lo malo; velando sobre nuestra Guía, para seguirle de cerca y con cuidado; velando sobre nuestro deber, para conocerlo siempre y cumplirlo; velando ante el peligro, pues a cada lado acecha el peligro. No es un mundo seguro para vivir; es decir, no es seguro a menos que vele, y a menos que estemos bajo el amparo divino. Satanás es tan vigilante, sus acercamientos son tan insidiosos y secretos, y el pecado es tan seductor y engañoso, que solo una vigilancia incansable puede asegurar nuestra seguridad.

En este pasaje, sin embargo, la vigilancia se dirige a la venida de Cristo, para la cual se nos manda estar siempre preparados. Él vendrá ciertamente, y su venida será repentina y sin anuncio. Habrá una gran venida final de Cristo, pero en realidad Él viene siempre. Por tanto, la única manera de estar preparados para Él en cualquier momento, por más repentino que sea, consiste en estar listos todo el tiempo. Si hay una hora en que aflojamos nuestra vigilancia y dejamos de velar, esa puede ser la hora en que Él venga.

Hay una antigua leyenda de un hombre que esperó mil años ante las puertas del paraíso, velando para que se abrieran y poder entrar. Al fin, cediendo al cansancio, durmió apenas una hora. Y durante esa hora las puertas se abrieron por unos instantes y volvieron a cerrarse. Así, por descuidar su guardia un breve momento, perdió su oportunidad. La venida de Cristo será tan repentina que ninguna preparación podrá hacerse después de que Él aparezca. Debemos aprender a vivir de tal modo que no haya un instante, de día o de noche, en que temamos o nos avergoncemos de que Él entre en nuestra casa o en nuestro lugar de trabajo y nos encuentre tal como somos. No hay día que no pueda ser nuestro último. Por ello, debemos mantener nuestra obra terminada hasta el momento, concluyéndola cada noche como si nunca hubiéramos de volver a ella.

Cristo ilustra su enseñanza para hacerla más enfática. «Si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche vendría el ladrón, velaría y no dejaría que su casa fuera asaltada». Los ladrones no envían aviso de la hora en que entrarán en la casa; procuran que su llegada sea lo más furtiva posible. Vienen cuando menos se les espera y cuando el dueño de la casa tiene menos probabilidad de estar velando. Si uno quiere estar preparado contra ellos cuando lleguen, debe estar siempre preparado. Cristo vendrá como ladrón en la noche. Esto significa que su venida será sin advertencia, sin señal alguna que indique su aproximación. Todos los esfuerzos de los sabios por calcular el tiempo y fijar un año o un día para su venida son inútiles, pues el mismo Jesús dijo: «Del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos».

¿Qué significa estar listo para la venida de Cristo? En primer lugar, significa estar en paz con Dios, reconciliado con Él, salvo. En cierto sentido, la muerte es una venida de Cristo al individuo, pues pone fin a su prueba y le introduce en la presencia de Dios. ¿Qué es estar preparado para la muerte? Nadie está preparado si no ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor, hallando en Él perdón de pecados, nueva vida y amor. Nada podría ser más terrible que la llegada repentina de la muerte a alguien cuyos pecados no han sido perdonados y que, por tanto, no está preparado para encontrarse con su Dios.

Pero el perdón no es lo único en la preparación para la muerte. La obra de uno debe estar bien hecha. Hay la historia de un hombre que había desperdiciado su vida y que al fin, cerca del final, halló paz en creer. Un amigo le preguntó: «¿Tienes miedo de morir?». Él respondió: «No, no tengo miedo de morir; pero me da vergüenza morir». Quería decir que, aunque su salvación estaba asegurada en Cristo, se avergonzaba de ir a su hogar, habiendo desperdiciado todos sus años y no haber hecho nada por el honor de su Maestro. Debemos hacer cada día la mejor obra posible, para no avergonzarnos nunca de que Cristo venga.

Jesús procuró dejar muy claro el sentido de sus palabras. «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente», preguntó, «a quien su señor ha puesto sobre su casa»? La respuesta está implícita en la forma misma de las palabras empleadas: es fiel y prudente a la vez. Luego viene la promesa del galardón: «Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, cuando venga, lo halle haciendo así». ¿Haciendo qué? Haciendo su obra con fidelidad. La vigilancia que Cristo quiere no es sentarse junto a la ventana a mirar hacia afuera para verle acercarse, sino la diligencia en todo deber. Si un hombre se ausentara, dejando a un siervo encargado de cierta obra sin fijar fecha para su regreso, ¿qué debería hacer el siervo? ¿Plantarse en la puerta, mirando por el camino, esperando divisar el primero el regreso del amo? No, esa no es la clase de vigilancia que agradaría a su señor. La manera de estar listo para la venida de Cristo no es sentarse ocioso a esperar y vigilar su aparición, sino perseverar en la propia obra con incansable diligencia, de modo que cuando Él venga no nos encuentre en medio de tareas inconclusas, muy atrasados en nuestro trabajo.

No puede haber mejor regla de vida que hacer completo cada día de la vida, que terminar cada noche todo antes de retirarse, de manera que si nunca volviéramos a nuestra obra, nada sufriera. Una cristiana fue advertida por su médico de que no podría vivir mucho tiempo y de que podía morir a cualquier hora. Sin embargo, no abandonó su trabajo ni se encerró para prepararse para la muerte. Continuó con todas sus tareas habituales, solo que con mayor earnestez y diligencia, sabiendo ahora que el tiempo debía ser corto. Algunos supondrían que en un caso así uno debería dejar toda labor activa y emplear el tiempo breve e incierto en orar y leer la Biblia; pero el camino de esta cristiana era el mejor camino. Mucho tiempo atrás había hecho su paz con Dios, y toda su vida había vivido preparada para la eternidad. Cuando llegó el aviso de que el tiempo se acortaba, no se turbó. Hasta entonces había cumplido su deber lo mejor que había podido, y todo lo que le quedaba por hacer ahora era la obra de los pocos días y horas restantes. Esta la hizo con amor y fe, y con diligencia, y cuando el Maestro vino, ella se fue tranquilamente a su hogar con Él.

«Pero si aquel siervo es malo y dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos, el señor de aquel siervo vendrá en día que no espera y a hora que no sabe, y lo castigará duramente y lo pondrá con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes». Mateo 24:48-51.

Si hay recompensa para el siervo fiel, hay castigo para el siervo malo que falta a su deber. El juicio vendrá sobre él de manera repentina. «El señor de aquel siervo vendrá en día que no espera y a hora que no sabe». Aquí se dicen varias cosas acerca de este siervo infiel. Es incrédulo. La demora de su señor le lleva a concluir que no va a regresar en absoluto. Su incredulidad le induce a abusar de su posición: se vuelve tiránico y despótico en el trato con quienes están bajo su cuidado. Luego sus propios hábitos se vuelven indignos; lo encontramos comiendo y bebiendo con borrachos. Estas son características de quienes rechazan a Cristo por incredulidad y se vuelven infieles.

El castigo del siervo infiel está descrito con viveza. Es cosa temible vivir sin tener en cuenta los sagrados encargos de la vida y sus solemnes responsabilidades. Es cosa terrible morir después de haber vivido así. Debemos comparar estos dos cuadros, el del siervo fiel y el del siervo infiel, y saber con certeza cuál de los dos es nuestro propio retrato.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Lesson of Watchfulness

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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