Extractos escogidos de John Newton

La lengua, prueba infalble de la gracia en el corazón

El tenor general de nuestro habla revela la realidad de la obra de gracia en el corazón: la verdad, el amor y la pureza frenan la lengua del creyente.

Si es mentiroso, calumniador, maldiciente, adulador o bufón.

Acaso no hay ninguna prueba o evidencia de la realidad de una obra de gracia sobre el corazón, más sencilla, clara e infalible, que el tenor general de nuestro habla; pues la sentencia de nuestro Señor es de aplicación cierta y universal: que «de la abundancia del corazón habla la boca.» Con el mismo propósito, el apóstol Santiago propone a todos los que profesan el evangelio un criterio escrutador de su sinceridad, cuando dice: «Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.» Santiago supone que la gracia de Dios en un verdadero creyente frenará los males del corazón e impedirá que se desborden por la lengua. La gracia de Dios influirá y gobernará necesariamente las lenguas de quienes participan de ella, en lo que dicen cuando hablan de Dios, de sí mismos y de o hacia sus semejantes.

Habiendo tenido un vislumbre de la santidad y la majestad, la gloria y la gracia del gran Dios con quien tienen que ver, sus corazones están impresionados de reverencia, y por tanto hay una seriedad en su lenguaje. No pueden hablar a la ligera de Dios ni de sus caminos. Uno supondría que ninguna persona, aun la que sólo parece piadosa, puede profanar directa y expresamente su glorioso nombre. Pero hay una manera descuidada y frívola de hablar del gran Dios, que es muy desagradable y muy sospechosa. Asimismo, los corazones de los creyentes enseñan a sus bocas a hablar con honor de Dios en todas sus aflicciones y pruebas, reconociendo la sabiduría y la misericordia de sus dolorosas dispensaciones. Y, si se les escapa una palabra impaciente, les aflige y humilla, como del todo impropia de su situación como criaturas suyas, y especialmente como criaturas pecadoras, que siempre tienen razón para reconocer que es sólo por la misericordia del Señor que no son del todo consumidos.

Cuando hablan de sí mismos, sus lenguas están frenadas y refrenadas de la jactancia. Hablan como conviene a criaturas pobres e indignas, porque se sienten tales. En lo que dicen, ya sea de sus consuelos o de sus pesares, la sinceridad dicta una sencillez que no puede ser fácilmente falsificada. En lo que dicen de o hacia otros, las lenguas de los creyentes están frenadas por una consideración sincera del corazón hacia la verdad, el amor y la pureza.

Donde hay gracia salvadora en el corazón, la lengua será frenada por la ley de la VERDAD. Es penoso ver cuán cerca y cuán fácilmente algunos profesantes se aventuran en las fronteras de la mentira, ya sea para defender su propia conducta, para evitar algún inconveniente, para procurar una supuesta ventaja, o a veces simplemente para adornar una historia. Cuando los casos de este tipo son frecuentes, apenas conozco una mancha más sucia en la profesión, ni que pueda dar un motivo más justo para temer que tales profesantes no conocen nada correctamente, ni de Dios ni de sí mismos. El Señor es un Dios de verdad; y enseña a sus siervos a odiar y aborrecer la mentira, y a hablar la verdad desde el corazón. Puedo añadir también, con respecto a las promesas, que la persona cuya simple palabra no pueda dependerse con seguridad apenas merece el nombre de cristiano.

Donde la gracia está en el corazón, la lengua será asimismo frenada por la ley del AMOR. Si amamos a nuestro prójimo, ¿podemos hablar a la ligera mal de él, magnificar sus faltas, o usar un lenguaje provocativo o insultante hacia él? El amor no piensa el mal, sino que soporta, espera y aguanta. El amor actúa según la regla de oro: «Haced a los demás lo que quisierais que ellos hiciesen con vosotros.» Quienes están bajo la influencia del amor cristiano serán amables y compasivos, dispuestos a hacer las concesiones más favorables, y por supuesto sus lenguas estarán refrenadas del lenguaje de la malevolencia, la censura áspera y la calumnia, que nos son tan familiares como nuestra lengua materna, hasta que seamos hechos partícipes de la gracia de Dios.

La lengua está también frenada por una consideración a la PUREZA, conforme a los preceptos: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca.» «Ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías.» Efesios 4:29, 5:4. La gracia ha enseñado a los creyentes a odiar estas cosas. ¿Cómo, pues, pueden sus lenguas hablar de ellas? Hay, en verdad, falsos profesantes, que pueden adaptar su lenguaje a su compañía. Cuando están con el pueblo de Dios hablan muy seriamente. Pero en otras ocasiones, se complacen en unirse a conversaciones vanas, frívolas y malas. Pero esta doblez de ánimo es por sí misma suficiente para desacreditar todas sus pretensiones de un carácter piadoso.

En conjunto, aunque no se haya de esperar la perfección, aunque los verdaderos creyentes pueden, en algunas ocasiones, hablar con precipitación, y tengan gran causa de humillación, vigilancia y oración en lo que respecta al gobierno de sus lenguas; sin embargo, la Escritura autoriza esta conclusión: que, si la lengua carece frecuentemente de freno; si puede observarse que una persona habla con frecuencia a la ligera de Dios y de las cosas divinas, con orgullo de sí misma y con dureza de sus semejantes; si es mentiroso, calumniador, maldiciente, adulador o bufón, entonces, cualesquiera otras buenas cualidades que parezca poseer, su habla lo delata. Se engaña a sí mismo, y su religión es vana.

Pensemos en estas cosas, y roguemos al Señor que eche la sal de su gracia en la fuente de nuestros corazones, para que las corrientes de nuestra conversación sean sanas.

Fuente y atribución

Autor original: John Newton

Título original: John Newton choice excerpts — 180

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Newton, publicado originalmente en Grace Gems.

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