El evangelio es «la perfecta ley de la libertad», y por tanto la misma perfección de la libertad, enteramente libre de la menor mancha de servidumbre. Esta libertad perfecta lo distingue de la ley que «produce ira» y «engendra esclavitud». Es una libertad del pecado: de su culpa, por tener «el corazón rociado y limpio de mala conciencia»; de su inmundicia, por «el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo»; de su amor, mediante «el amor de Dios derramado en el corazón por el Espíritu Santo»; de su dominio, pues «no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia»; y de su práctica, haciéndonos «siervos de Dios» para tener «fruto para santidad y, al fin, vida eterna».
¿Cómo, pues, puede este evangelio puro y santo ser condenado como conductor al libertinaje? Es porque su poder, su preciosidad y su santa libertad celestial nunca han sido conocidos experimentalmente por algunos que, como los gálatas, hacen todo lo posible por «frustrar la gracia de Dios», volviendo «de nuevo a los débiles y pobres elementos» bajo los cuales desean ser esclavos; mientras que otros pervierten y abusan de la libertad del evangelio hasta el libertinaje, «prometiendo libertad a otros cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción». La libertad del evangelio, tal como se revela en las Escrituras y se da a conocer al alma, navega entre estos dos extremos, tan libre de la menor mezcla de esclavitud legal como de la menor mancha de libertinaje antinomiano. Es esta santa libertad y poder celestial lo que hace al evangelio tan adecuado para nuestro estado cuando, convencidos de pecado, somos lanzados a la cárcel bajo culpa y condenación.
¿Qué liberación sino una liberación perfecta convendría a nuestro caso deplorable como prisioneros en el pozo sin agua, encerrados bajo ira y temor culpable por una ley condenatoria y una conciencia acusadora? Este evangelio puro y precioso desciende a nuestro miserable estado como un mensaje de pura misericordia, revelando perdón y paz por la sangre de un Salvador; y cuando, por gracia, lo recibimos y abrazamos como palabra de Dios para nosotros, proclama libertad como con trompeta de jubileo por todo el alma. ¿Qué éramos antes de que este evangelio alcanzara nuestros oídos y corazones? Esclavos del pecado, sirviendo a diversos deseos y placeres, cautivos de Satanás a su voluntad; y mientras hablábamos de disfrutar la vida, estábamos, por el temor a la muerte, sujetos a esclavitud. Creíamos que los santos eran los esclavos y nosotros los libres, sin saber que «a quien os presentáis por siervos para obedecer, su siervo sois», y que nuestra libertad presumida era verdadera servidumbre, mientras que su aparente esclavitud era verdadera libertad; pues tenían parte en aquella declaración: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 20
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.