Palabras diarias para los peregrinos de Sion

La lluvia soberana de la gracia

Así como la tierra reseca clama en silencio por la lluvia, el alma marchita y estéril suplica, aunque sin palabras, la bendición de Dios sobre su palabra; y el Dios que ve la necesidad envía la lluvia espiritual.

¡Cuán impotentes somos en cuanto a la lluvia que cae del cielo! ¿Quién puede salir cuando el sol brilla en todo su resplandor y mandar que la lluvia caiga? O cuando la lluvia está cayendo, ¿quién puede salir y detener los odres de los cielos? Aquel que nos da lluvia del cielo y tiempos fructíferos, llenando nuestros corazones de comida y de alegría, convierte también una tierra fructífera en sequedad por la maldad de los que la habitan.

Igualmente soberana es la bendición que Dios da al evangelio predicado. Él retiene la bendición en su propia mano; suya es darla y suya es retenerla. Si bendice, es porque lo ha prometido; pero cuándo, dónde y a quién ha de venir queda a su propia disposición soberana. Sin embargo, ¿qué deseamos naturalmente cuando la tierra está resecada por falta de lluvia? Sabiendo que hay lluvia almacenada en las nubes arriba, y que cuando llegue producirá efectos beneficiosos, nuestros deseos, si no nuestras oraciones, se elevan para que caiga. De hecho, la tierra misma, resecada y marchitada por el calor, el suelo mismo, mediante las hendiduras y grietas que el sol ardiente abre, clama silenciosa, muda, pero implorante, para que la lluvia caiga. Cada grieta que se ve en el mes de julio es una boca muda pidiendo que la lluvia venga. La hierba marchitada, el ganado mugiendo en el campo, los estanques y arroyos secos, todo implora, aunque no se pronuncie una palabra, que la lluvia caiga.

Así es en la gracia. Los sentimientos resecos, marchitos y agostados del alma son otras tantas bocas mudas que imploran que la bendición de Dios descienda. Más aún, la misma dureza, esterilidad y aridez que se siente en el corazón cuando la bendición de Dios no reposa sobre la palabra son otros tantos ruegos mudos al Dios de toda gracia para que su bendición acompañe la palabra a nuestra conciencia. Digo esto porque a veces puedes pensar que no estás orando por la bendición de Dios sobre la palabra, porque quizá no uses la oración vocal, o no seas favorecido con un espíritu de gracia y de súplica. Dios ve tus necesidades, y a esas necesidades él tiene un tierno regard. El bebé no necesita, y en verdad no puede, pedir con tantas palabras la comida. El llanto del hambre basta. O aun si es demasiado débil para llorar, la madre sabe que el niño tiene hambre por sus movimientos inquietos; y se complace tanto en darle el alimento nutritivo como el bebé en recibirlo.

Así que no debes medir siempre la fuerza de tus oraciones por la mera expresión vocal que les des. El Dios que escudriña los corazones lee tus necesidades, conoce tu caso desolado y ve tu condición estéril. Así como en el reino de su providencia contempla desde su santo trono la tierra resecada y envía lluvias porque ve su necesidad, así también en el reino de su gracia mira la condición reseca de su pueblo y da la lluvia espiritual porque sabe que la necesitan.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: May 15

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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