La vida de Cristo para cada día

La luz que no debe esconderse bajo el almud

Cristo anima a sus discípulos a no esconder la luz recibida, sino a sembrar la palabra con paciencia, confiando el crecimiento a la soberana gracia de Dios.

Esto es parte de una conversación privada entre nuestro Señor y sus apóstoles. Si nuestra mente estuviera en un estado recto, ¡cuánto más profundamente nos interesaríamos en tales escenas que en las frivolidades mundanas que nos rodean!

¿Qué dijo nuestro Salvador en estos momentos confidenciales? Comparó a sus discípulos con una lámpara que él había encendido con sus instrucciones, y que iba a hacer arder con mayor claridad mediante su explicación de las parábolas que había relatado en público. ¿Para qué les dio luz? ¿Para que la escondieran? ¡No! sino para que la pusieran sobre el candelero, y proclamaran en público las comunicaciones secretas de su Señor. Jesús dijo: "No hay nada escondido que no haya de ser manifestado." Él ocultó muchas santas verdades bajo parábolas, pero estas verdades habían de ser manifestadas por la predicación de los apóstoles. Este mandato se cumplió después de su ascensión. Entonces los apóstoles pudieron decir que su sonido había salido hasta los confines del mundo. Entonces se cumplió la profecía: "¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas!" Oímos estos secretos gloriosos: están contenidos en las epístolas, donde el consejo secreto de Dios es revelado. ¿Atendemos a estas cosas? ¿Indagamos en ellas, como los ángeles? ¿O somos indiferentes? ¿Necesitamos el mandato estimulante de nuestro Salvador? "Si alguno tiene oídos para oír, oiga."

El Señor animó a sus discípulos a predicar la verdad, diciendo: "Con la medida con que medís, os será vuelto a medir." Si medían, es decir, daban abundantemente a otros la verdad que habían recibido, ellos mismos recibirían abundantemente de Cristo, bendiciones espirituales. Y así es ahora: "El que riega a otros, también él será regado." Al procurar hacer bien a otros, ganamos bendición para nuestras propias almas.

Nuestro Salvador relató entonces una breve parábola para animar aún más a sus discípulos a sembrar la semilla de la palabra. Habló de un hombre que sembró la semilla, y que dormía y se levantaba noche y día; es decir, que, después de sembrar, siguió con sus ocupaciones habituales, durmiendo de noche y levantándose de día; y que, al cabo de un tiempo, halló que la semilla había brotado, pero no por su propio poder, pues ni siquiera podía decir cómo había brotado. Dios, que la hizo brotar, la hizo crecer también sin su ayuda, hasta que estuvo madura y lista para ser segada. Así un ministro, después de sembrar la semilla de la palabra, está obligado a dejar el éxito en manos de Dios; pues no puede hacerla brotar en el corazón, ni siquiera entender cómo las almas se convierten; porque el modo en que los hombres nacen del Espíritu es aún mayor misterio que la manera en que la semilla es vivificada en la tierra. Sin embargo, los corazones de los ministros se regocijan a menudo al ver los efectos de las palabras que han hablado. A veces, empero, la semilla que sembraron no brota sino después de su muerte; con todo, en la cosecha del último día, las almas que oyeron sus palabras serán su corona y gozo. Ahora es el tiempo de sembrar, aunque sea con lágrimas, sabiendo que segaremos con gozo.

Que todos los que conocen la palabra procuren sembrarla también, aunque sea sólo en el corazón de un niño pequeño; pues los sembradores en la tierra serán ciertamente segadores en el cielo. Pero recordemos que la semilla sembrada no llega a su perfección inmediatamente: primero aparece la hoja, luego la espiga, al fin el grano lleno en la espiga. Debemos, por tanto, ser pacientes con los jóvenes convertidos. Si nosotros mismos conocemos algo de Cristo ahora, ¿no sentimos que hemos crecido muy lentamente? Es refrescante contemplar a un cristiano que es como el grano lleno en la espiga. Acaso hayamos tenido el privilegio de ver a tal persona. Puede que alguna criatura pobre y desvalida, alojada en un desván, haya respirado un espíritu que anhelábamos recibir, y hayamos sentido, al escuchar sus palabras celestiales: "Bueno es estar aquí." ¿Deseamos crecer en gracia? Es un buen deseo. El Señor responderá la oración, y nos dará más fe y amor, y toda gracia celestial, y entonces nos atesorará en su granero eterno.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Jesus encourages his disciples to communicate the word

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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